
El régimen de Miguel Alemán parecía tener todo para despegar hacia la prosperidad rotunda: su antecesor le había dejado encaminadas algunas buenas causas, como la construcción de escuelas —en 1942, un millón de niños se habían quedado sin primaria, por falta de planteles—, y en México había, en 1947, millón y medio menos de analfabetos que en 1944. Con sagacidad, el nuevo presidente, un civil, retomó ambas estrategias, que tendrían que llevar al país a vivir mejores días.
Esas aspiraciones se toparon con no pocas dificultades: si en los días de Manuel Ávila Camacho, la Liga de la Decencia se había anotado un tanto a su favor al conseguir “vestir”, en 1943, a la impúdica y espléndida “Flechadora de la Estrella del Norte”, la popular “Diana Cazadora”, proscribiendo —con muy poco éxito— las canciones de Agustín Lara e intentando imponer una peculiar escala de valores para determinar qué películas ver y cuáles no, las cosas no mejoraron con el paso del tiempo.
La negativa del arzobispo primado de México, Luis María Martínez, a bendecir una obra pública, el elegantísimo Hotel del Prado, porque en uno de sus salones estaba el mural del pintor Diego Rivera, donde un liberal del siglo XIX, Ignacio Ramírez, sostenía un pergamino con su célebre frase: “Dios no existe. La naturaleza se sostiene por sí sola”, detonó un escándalo nacional, en 1947, protagonizado por grupos de la derecha católica atacando el mural para borrar la “frase atea”, como la bautizó la feroz prensa anticomunista de la época —que era toda—, y grupos de intelectuales exaltados que custodiaban a Rivera mientras reponía la frase. El gobierno prefirió hacerse el desentendido y poner un cortinaje para disimular el Sueño de una tarde dominical en la Alameda, para acallar la polémica.
Pero al mismo tiempo, el pueblo se emocionaba, reía y lloraba con los grandes personajes del cine, se enamoraba o se apasionaba al ritmo de los boleros o de las rancheras más sentidas. El país se acicalaba para parecer sofisticado, habituado a las complejidades de la vida urbana, pero sin abandonar la sensiblería del México rural. Por eso, héroes de la pantalla plateada, como David Silva haciendo el papel de “mojado” o de boxeador en derrota, o Pedro Infante como el ranchero enamorado y atrabancado, o como el carpintero humilde y esforzado, se convertían en personajes queridos, como lo fue, a partir de 1948, la pareja formada por Pepe el Toro y La Chorreada, (Pedro Infante y Blanca Estela Pavón) protagonistas de Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, símbolo de ese pueblo que día a día se ganaba el pan con su esfuerzo, sin que ello les garantizara la felicidad.
Por eso, la muerte de Blanca Estela Pavón en un accidente aéreo, en septiembre de 1949, se convirtió en una tragedia nacional: el rescate de las víctimas,de la complicada ladera del Popocatépetl conocida como Pico del Fraile, fue seguida con inquietud; unas nueve mil personas hicieron fila para llorar delante del ataúd de la joven actriz. En aquel accidente murió también Gabriel Ramos Millán, secretario de Agricultura del gobierno alemanista, a quien apodaban
El apóstol del maíz.
El mundo cambiaba con rapidez y México no sería la excepción. Una palabra comenzaba a sonar: “televisión”. A fines de 1947, un curioso equipo formado por el inventor Guillermo González Camarena y el escritor, dramaturgo y cronista Salvador Novo, viajaban a Europa, por encargo presidencial, a fin de conocer los sistemas televisivos de Francia, el Reino Unido y Estados Unidos, para determinar cuál sería el perfil de la televisión mexicana.
Las primeras transmisiones, experimentales, comenzaron en 1948, y se hacían desde el Palacio de Minería de la ciudad de México; los primeros receptores se colocaron en escaparates comerciales y en vestíbulos de cines. El 1 de septiembre de 1950, se transmitió el primer programa: El Cuarto Informe del presidente Alemán y ya comenzaban a venderse en México los primeros aparatos de radio que también tenían televisión; la otra novedad eran los aparatos para reproducir discos de 45 revoluciones por minuto. Seguíamos cambiando, y con el salto tecnológico, la educación sentimental de los mexicanos iba a cambiar radicalmente.
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