
El primer día de 1972, el país entero dormía cobijado en el dulce silencio que nace después de los brindis de Año Nuevo. Dura jornada habían tenido los cuerpos policiacos capitalinos. Los números lo demostraban: 14 autos robados, 29 muertos, 628 heridos y 325 detenidos. La euforia, la emoción, la esperanza, alegaron algunos de los que habían terminado el año en el bote. Y por estar, digamos, ocupados en resolver su situación, se perdieron del primer festejo del Año de Juárez.
La noche de ese primer día, unas cien mil personas, con ganas de alargar las fiestas, habían asistido al Zócalo, donde los fuegos artificiales anunciaron que ese era el Año de Juárez, como disponía la iniciativa por el presidente Echeverría, enviada a fines de 1971.
¡Vaya que fue fiesta la de aquella primera noche del año! Una veintena de conjuntos de mariachis, dispersos por la gran plaza, ejecutaba lo mejor que tenían en el repertorio, mientras abundantes castillos se quemaban, revelando entre chispas y silbidos, el retrato clásico de Juárez.
Algún aguafiestas no habría dejado de notar que el año que comenzaba con tan estruendoso mitote, era el del centenario luctuoso del ilustre oaxaqueño.
Con un peculiar sentido de la precisión histórica, el gobierno federal y el Departamento del Distrito Federal no eligieron ni Palacio Nacional ni el famoso Panteón de San Fernando para rendirle homenaje a aquella sufrida mujer decimonónica. Prefirieron el cruce de las calles Serapio Rendón y Alfonso Herrera, donde alguna vez estuvo la casita de campo en la que Margarita Maza vivió sus últimos días. El terreno, convertido en una escuela primaria, llevaba el nombre de “Cuauhtémoc”. Desde entonces, el plantel se llama “Margarita Maza de Juárez”, y en su interior se resguarda un busto que la representa, develado aquella mañana de enero.
Tuvieron aquellas conmemoraciones una comisión organizadora tan movida como el presidente Echeverría: publicaron una serie, los Cuadernos Juaristas, en un tiraje respetable —quince mil ejemplares— que, además de contener efemérides y pequeños documentos de época, hacía un resumen de las actividades de cada mes en cuanto a la magna conmemoración. Muy baratas o incluso gratuitas debieron ser, porque los Cuadernos Juaristas llegaron a muchos hogares mexicanos. Fuera por genuino interés, fuera para tener un material que ayudaría a las tareas escolares, ese Juárez de bolsillo circuló por muchas partes y halló sitio en no pocas bibliotecas.
Pero los integrantes de la Comisión no estaban conformes. Toda conmemoración cívico-histórico-patriótica que se realizó en aquel año fue encomendada a la personalidad del Benemérito. El aniversario del natalicio de Juárez alcanzó los niveles de gran fiesta nacional, y los 90 mil conscriptos de la clase 1953 que en mayo de ese año hicieron su juramento a la bandera, también honraron la memoria de don Benito.
Como ocurre en ese tipo de festejos cívicos, las actividades que se programan son, también, una proyección de los logros del presente. En ese presente que se vivía en 1972 hubo de todo: desde conferencias sobre Juárez en la Universidad Obrera hasta un concurso de plástica infantil, auspiciado por el IMSS. Con toda la disposición de subirse al tren conmemorativo, Telesistema Mexicano, haciendo de lado los chismes del momento, como la muerte del gran cantante francés Maurice Chevalier o que la dulce Ali Mcgraw hubiera sido nombrada la mujer peor vestida de 1971 —la mejor era Grace Kelly, princesa de Mónaco— prefirió que el titular de uno de sus programas estrella, Siempre en Domingo, que no era otro que Raúl Velasco, anunciara que promovería unos juegos florales cuya temática era —¿qué otra?— la vida y la obra de Juárez.
Pero la gran aportación de Telesistema Mexicano a las conmemoraciones fue El Carruaje, telenovela histórica ¡a color!, donde María Elena Marqués encarnaba a doña Margarita Maza y José Carlos Ruiz, al que le había ido muy bien cinco años atrás en La Tormenta, repetía como Juárez. Y se trataba de contar el periplo que, por el norte del país, había realizado el Presidente y su gobierno en los años más difíciles de la Guerra de Intervención. Como, finalmente, se trataba de contarle a los mexicanos que del legado de Juárez se desprendía mucho de lo bueno que se tenía en aquellos años, el final de la narración resultó un tanto… extravagante. Al asomarse Juárez al balcón de Palacio, pocas horas después de haber regresado a la capital, en vez de mirar a la muchedumbre decimonónica que cabía esperar, contempló a mexicanos setenteros, desfilando, haciendo pirámides humanas y tablas gimnásticas, uniformados con pants, como en cualquier desfile del Día del Trabajo del último tercio del siglo XX. El hombre del pasado estaba vinculado con los ciudadanos del pujante presente, cabría añadir, por la mediación de su creativo presidente.
En la radio, en la televisión, en la prensa, aparecía, más tarde o más temprano, la figura de Juárez. La ceremonia del 18 de julio, fecha exacta del aniversario luctuoso, fue multitudinaria y pulverizó la paz del viejo Panteón de San Fernando —el cementerio más caro de la época de Juárez—, con la presencia del Presidente, el gabinete y numerosos invitados, que montaron guardia ante el mausoleo de don Benito y su familia. Otro escenario importante fue el Recinto de Homenaje que existe en Palacio Nacional desde los días de Adolfo Ruiz Cortines, que en 1972 no era el rico museo que es hoy, sino un espacio tapizado de mármol blanco presidido por un busto de Juárez.
Cuando la Comisión rindió su informe, en diciembre de 1972, los mexicanos ya habían visto también un documental, transmitido por todos los canales de televisión y a diferentes horarios, para que nadie se quedara sin verlo, el documental Juárez el Inmortal. La prensa se dio maña para ser creativa y no repetir el mismo discurso. Alguna sección de Sociales, ingeniosa, le cayó de visita a cierta señora rica y coleccionista, que, gustosa, les permitió fotografiar sus antigüedades de los días del triunfo republicano.
Nació entonces la colonia “Año de Juárez”; se inició la construcción de lo que hoy popularmente se llama “Cabeza de Juárez”, que iba, originalmente a ser engalanado con murales de Siqueiros, y que, a la hora de la hora fue trabajado por el cuñado del artista. Tomó cuatro años terminar la obra, pensada también para museo —fracasado y reinaugurado un par de ocasiones— y, a estas alturas, ya no resulta irreverente decir que en más de una ocasión ha sido finalista cuando se habla de los horrores arquitectónicos más notables de la Ciudad de México.
En uno más de esos casos que se archivan en la carpeta Uno nunca sabe para quien trabaja, el mural iba a ser inaugurado por el Presidente, que, incluso, se dio un par de vueltas cuando la obra estaba en curso, pues tenía muchas ganas de inaugurárselo al “joven artista”, como solía llamar a González Orozco. A la hora de la hora, Echeverría no lo inauguró, pero ese mural se convirtió en la representación de Juárez más reproducida, pues una veintena de años después de las conmemoraciones, la Secretaría de Educación Pública lo eligió para portada del libro de texto gratuito de Historia para quinto grado. Esa decisión, sumada a diversas publicaciones y materiales hechos por la SEP en 2006, en el bicentenario del natalicio de Juárez, generó 167 millones y medio de reproducciones del mural de 1972. Más de los que Luis Echeverría se hubiera imaginado.
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