Metrópoli

Ser empleada doméstica, un reto ante la crisis del coronavirus

“Lo complicado de ser empleada doméstica es que los patrones piensan que eres su esclava. Ahora, más que antes, se han vuelto muy exigentes y la paga es menor”. “La careta, el cubrebocas y hasta los guantes los tuvimos que comprar nosotros, mientras tanto los dueños se justifican diciendo que no hay presupuesto para más”.

Mujer limpiando el suelo de su casa
Mujer limpiando el suelo de su casa Mujer limpiando el suelo de su casa (La Crónica de Hoy)

"Con la llegada del virus, perdí mi trabajo ahora voy de puerta en puerta esperando que alguien me deje hacer el quehacer en su casa para poder darles de comer a mis hijos", comenta María, empleada doméstica que ante la falta de trabajo ocasionada por la pandemia se encuentra en lo que ella describe “un abismo”.

Tras la pérdida de su trabajo como personal de limpieza en una empresa de la ciudad, María ahora va de puerta en puerta ofreciendo sus servicios de limpieza a las personas, aunque esta estrategia no le ha funcionado como ella esperaba.

“Es complicado que la gente confíe en uno, ya sea porque piensan que les puedes robar o porque creen que tienes COVID; la verdad es que lo único que tengo son ganas de trabajar”.

Desde hace más de 2 meses la situación no ha sido nada favorable para la madre soltera quien comenta a Crónica que desesperada por la falta de trabajo, ha tenido que recurrir a diferentes opciones, desde vender dulces y gelatinas hasta ayudar en la tortillería donde su prima es la encargada.

Enrique, su hijo, ayuda en el taller mecánico de su tío; aunque a María no le agrada la idea de que su hijo tenga que trabajar, lo hace con la finalidad de tener ingresos extras.

“Lo complicado de ser empleada doméstica es que los patrones piensan que eres su esclava. Ahora, más que antes, las personas se han vuelto muy exigentes y la paga es menor, no me molesta hacer mi trabajo lo que no me gusta es que abusen de mi”, comenta.

Desde muy temprano sale hacer su recorrido diario, en un buen día María llega hacer el aseo en tres casas diferentes, lo que significa un ingreso aproximado de 800 pesos.

“Lo único que se hacer es lavar, planchar, limpiar y hacer de comer, quizás no corrí con la suerte de poder estudiar y es por eso que espero que mis hijos no tengan que pasar por esto”.

Comenta que en varias de las casas a las que ha acudido, ha sido víctima de discriminación; “Infecciosa, india, paisana, es como me han dicho. Es triste ver que las personas te abren la puerta de su casa solo para juzgarte”, cuenta en entrevista y afirma que si hay algo peor que el coronavirus en México es la discriminación.

Abuso de pAtrones. Mientras tanto en una de las colonias de Coyoacán, otra empleada se prepara para hacer su recorrido diario; todos los días sale de San Francisco Culhuacán rumbo al centro de la ciudad en donde es empleada de limpieza en uno de los establecimientos ubicados en el Centro Histórico.

“Desde que comenzó la pandemia la carga de trabajo se ha multiplicado, las jornadas se alargaron y mientras tanto los salarios han disminuido, apenas me alcanza para los pasajes”, comenta.

Una de sus mayores preocupaciones es el contagiarse del virus, ya que comenta que en su trabajo no les proporcionan el material adecuado para poder trabajar.

“La careta, el cubrebocas y hasta los guantes los tuvimos que comprar nosotros, mientras tanto los dueños se justifican diciendo que no hay presupuesto para más”.

Consciente de las circunstancias, no ha podido abandonar su trabajo debido a que es la única fuente de ingresos que le permite vivir.

Y es que a pesar de las condiciones laborales en las que se encuentra, la discriminación es otro de los factores que la afectan, cuenta que ha sido víctima. Recibe insultos por parte de los clientes, quienes en repetidas ocasiones la han llamado “infecciosa”. Así lo expuso la empleada quien habló a condición de no ser identificada por temor a que la puedan despedir.

Alega que tampoco cuentan con un contrato y menos seguro social, pues aunque ya lo ha exigido en repetidas ocasiones, éste le ha sido negado debido a que los ingresos no son suficientes para cotizar tal gasto.

Al igual que Rosario, varias personas se encuentran en esta misma situación. Tal es el caso de Jimena, madre soltera de 35 años, quien cuenta a Crónica que después de servir durante dos años en una casa como empleada doméstica fue despedida injustificadamente.

“Me liquidaron con lo mínimo, en menos de una semana se me terminó mi liquidación, los patrones sólo me dijeron que no se querían exponer a ningún contagio”.

Ahora se siente atrapada. No puede salir a buscar trabajo porque ello implica exponerse al contagio, suyo y de su familia. Y dado que no tenía un contrato de trabajo, seguro médico ni historia de empleo formal, no puede recibir asistencia del gobierno.

“En México, y en todo el mundo, no hay una sola pandemia, hay dos: el COVID-19 y la desigualdad. Esa desigualdad que hoy me tiene más aislada que nunca”, expresó la empleada doméstica.

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