
El Mercado de Sonora, el Callejón de los Juguetes del Centro Histórico y el Mercado del Juguete Tradicional de San Ciprián son sólo algunos de los lugares que lucieron a reventar a unas horas de la llegada de los ‘reyes magos’ porque los juguetes cada 6 de enero no pueden faltar. Por su parte, los vendedores, más que los contagios, su preocupación principal es vender.
“Pues sí me dan miedo los contagios, pero las ventas han estado muy mal y ahorita es lo que más me apura porque hay gente que depende de mí”, comenta un vendedor.
Este temor de tener menos venta, se fundamenta con las estimaciones la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (Concanaco), que calcula que este año se registren pérdidas de hasta el 50 por ciento en las ventas del 6 de enero como consecuencia de la pandemia.
Pese al llamado de la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, de postergar la entrega de juguetes, miles salieron a las calles a abarrotar los tianguis.
“No, los niños no se pueden quedar sin su juguete, ¿cómo le dices que este 6 de enero no hay juguetes? Hay que hacer lo posible por cumplirles”, dice un visitante.
Los ‘reyes magos’ buscan los regalos de último momento para surtir las enormes listas que hacen niños y niñas. Juegos de video, celular, tablet, patines, ropa, dinero y lo más importante, que se termine el COVID para poder ver a sus amigos, son algunas de las peticiones hechas en la carta, pero en estos tiempos, muchos tratan de hacer verdaderos milagros.
El Mercado de Sonora desde temprano lucía lleno. Aquí la sana distancia no aplica y menos cuando la hora para hacer la entrega de los juguetes se aproxima y sus pasillos hoy más que nunca lucen saturados.
Al igual que en todos los tianguis, aquí no hay ninguna medida que se aplique para disminuir contagios, todos caminaban rozando unos con otros con sus cajas de juguetes, muchas de las cuales estaban colocadas en el piso, tomadas por un visitante tras otro.
A partir de las once de la mañana, el lugar ya lució más lleno. Es fácil perderse en este laberinto de muñecos de peluche y otros juguetes.
-Son tres ‘reyes magos’, son tres juguetes nada más- le dice una madre a su hijo de unos siete años, quien la miró fijamente a los ojos y le explicó que eso no podía ser -porque los ‘reyes’ son magos y pueden traer todo lo que se quiera.
Un ábaco gigante y peluches de todos los colores, es lo que más llamaba la atención. También había perritos y otros animales cuya venta no está permitida, pista de carreras, patines, de todo.
-Agárrele, ¿qué buscaba? ¿Muñecas, pelotas, pregunte. Barato, barato, como la carne de gato- gritaba un vendedor a todo pulmón.
En La Merced, además de juguetes, los ‘reyes’ encuentran dulces, ya sea típicos o de esta época. Las abejas del mercado de dulce tradicional revolotean entre los visitantes que pasan con cuidado, con el temor de ser picados.
En Avenida Fray Servando, en el Mercado del Juguete tradicional de San Ciprián -aunque menos que en otros sitios- las aglomeraciones también se hicieron presente. Aquí no se implementó tampoco ninguna medida para asegurar la sana distancia. Simplemente todos se acercaban a los puestos de manera desordenada.
“Aquí siempre llega gente, pero más ahora. La época de ‘reyes’ es la mejor para nosotros porque llegan otros vendedores a surtirse”, comenta doña Sara, quien les pidió a Melchor, Gaspar y Baltazar que esta fecha le sirva para levantarse, pues la pandemia, dice, le dio un golpe muy duro.
En el tianguis del juguete en el callejón Girón del Centro Histórico, aunque hay policías, únicamente se quedan viendo el pasar de la gente.
Unos pasos más adelante, se observa a otros policías comiendo unas quesadillas y saludando de mano a otros vendedores. Se sientan en las mesas de plástico colocadas sin ningún tipo de restricción, con sillas pegadas una tras otra para que quepan más comensales.
A pesar de los cincuenta y dos filtros sanitarios instalados, los ‘reyes’ se las ingeniaron para llegar al tianguis de juguetes rodeando la Catedral Metropolitana.
Al llegar al tianguis los cilindreros extendían su sombrero en busca de una moneda. “Pasaste a mi lado, con gran indiferencia”, tarareaba un visitante mientras se adentraba al tianguis por que se volvía más complicado moverse mientras más se adentraba en él. Entre la gente y los puestos, tenía también que esquivar las motos o los bicitaxis que se las ingeniaban para transitar en los ya de por sí estrechos pasillos.
“Alerta, alerta, estamos en emergencia por COVID-19”, es el perifoneo que se escucha desde hace tiempo en diversos puntos de la capital, el cual terminaba perdiéndose entre los sonidos del cilindrero, la música y los gritos de los vendedores, entre los que se encontraban dos niños muy pequeños, sucios, con el pelo alborotado y sin cubrebocas.
-¿No me compra un mazapán?- Pregunta el más grandecito con una mirada muy bien practicada, de esas que no fallan para conseguir algo. Después de vender algo, toma su descanso para jugar en el suelo, se llevaba las manos a la boca, se limpiaba la nariz con el brazo sucio en un lugar que es un verdadero foco de infección.
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