
¿Qué pasaría si un personaje se apodera de un actor de teatro? Es la posibilidad que plantea “La visitante”, novela de Alberto Chimal, donde vidas del pasado que sufrieron violencia se manifiestan en Gabriela, una joven que llega a la Ciudad de México a estudiar todo menos teatro; sin embargo, su prima Marisol hace que descubra la magia de la actuación.
Ambientada en los años 70 del siglo pasado, el autor recrea el Teatro Universitario y la represión que ejercía el Gobierno a las voces disidentes.
“Lo que me tocó conocer del teatro fue por un grupo estudiantil, estuve en varios y el teatro siempre ha tenido esa suerte de contacto extraño con lo ritual, con lo mágico, con lo religioso… Me tocó leer las obras de aquellas grandes figuras de la época como Grotowski y Jodorowsky, tenían el aspecto artístico y también la búsqueda de algo diferente, una característica de la contracultura de la época”, destaca Chimal.
¿Haces un homenaje al teatro universitario?
Viví los años 90 cuando quedaban los últimos restos de esa tradición del teatro universitario, de su gran momento de los 60 y 70. Por ejemplo, un director con quien trabajé fue uno de los fundadores del Centro Libre de Experimentación Teatral y Artística (CLETA) y no me quiero imaginar cómo fue para los que estaba ahí viviendo ese momento de esplendor cuando el teatro y las artes parecían abiertas a todo y capaces de todo.
Aunque al mismo tiempo estaba la figura de Héctor Azar que dirigía el Teatro Universitario y el Teatro de Bellas Artes, era el gran tlatoani del teatro y eso no era la mejor situación, era un poder concentrado.
¿Por qué poner en Gabriela, la protagonista, el elemento de lo religioso?
Para muchas personas jóvenes del siglo XXI es difícil imaginarse una sociedad tan cerrada, tan acotada, tan represiva como teníamos entonces, una sociedad en la que era obligatorio para muchas mujeres pedir permiso al marido para hacer cosas, para conseguir un empleo, donde apenas se les acababa de otorgar el derecho al voto y donde esa religiosidad estaba para muchas –aún hoy– siempre encima de todo lo que hacían en la vida.
Es una religiosidad inclusive medieval, hay personas que podían imaginarse a Dios observándolas todo el tiempo, un así mundo es uno en el que se vive con mucho miedo de desobedecer los dictados divinos y ese ambiente de miedo es uno más entre los miedos de Gabriela quien al final cuestiona la religiosidad.
¿Hay una obsesión literaria por los sueños como posibilidad de otra vida?
Es una idea tan poderosa y presente en la vida humana el que los sueños puedan ser puertas de entrada a mensajes de otra parte. Los sueños son parte de la actividad que el cerebro ha acumulado en el día, un proceso que está fuera de nuestro control, eso me llamó la atención porque se dice que un fantasma puede ser interpretado como una especie de símbolo del pasado, una huella que dejó el pasado en nuestra vida presente, un recuerdo o pérdida que no podemos superar.
La idea de que una mujer muerta pudiera estar investigando su propia muerte o asesinato fue una premisa que tenía muy al comienzo de la novela.
Una de esas presencias que se le aparecen a Gabriela en sueños es Sofía y que Chimal utiliza para hablar de la violencia.
“No sólo porque la época tiene esa violencia constante de la Guerra Sucia donde hay otra especie de ojo en el cielo que está vigilando todo lo que hacemos que es el estado represor y también porque creo que me permitió conectar esa realidad con la realidad presente donde seguimos viviendo otro tipo de violencia como la violencia contra las mujeres”, indica.
Cambios en la CDMX
Alberto Chimal (Toluca, 1970) platica que tiene un cuaderno de notas con una cantidad enorme de recortes de fotografías tomadas de internet y de periódicos sobre cómo era la Ciudad de México en los años 70.
“El cambio que hubo entonces y ahora es enorme, aquella ciudad aún tenía ríos a cielo abierto, caminos de terracería, parecía tener término y no se había desbordado por el valle”, indica.
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