Escenario

‘La Quimera’, un alma en pena en busca de encontrarle sentido a su ilusión

CORTE Y QUEDA. El cuarto filme de la cineasta italiana Alice Rohrwacher aprovecha el concepto para crear a un personaje sumergido en una fábula dentro de la Italia de los años 80

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Fotograma del filme.

Fotograma del filme.

Especial

La palabra quimera alude no sólo a aquel monstruo imaginario de la mitología griega clásica, sino también a aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo. Es un sueño que parece inalcanzable, que nos evade como la realidad misma. La cineasta italiana Alice Rohrwacher aprovecha esta concepción del tema para crear a un personaje, Arthur (Josh O’Connor), sumergido en una fábula dentro de la Italia de los años 80 al más puro estilo de la realizadora (El País de las Maravillas, Lázaro Feliz), creando una tragicómica odisea sobre la búsqueda de eso que uno más desea pero no es capaz de encontrar.

La Quimera coquetea con la fantasía y la comedia tomando a este romántico saqueador de tumbas que acompaña a sus amigos, el resto de los ‘tombaroli’ en un relato que se atreve a tomar forma y romper con la cuarta pared de vez en cuando mientras nuestro protagonista encuentra riquezas de los etruscos gracias a un peculiar don. Utilizando diferentes formatos de celuloide, ya sea 35mm, 16mm o hasta Súper 16, Rohrwacher da vida a esta cara de una Italia mágica llena de supersticiones en la que Arthur vaga como un alma perdida entre dos mundos que no se diferencian tanto entre sí.

Arthur es desinteresado, sigue apegado a la familia matriarcal de Flora (Isabella Rossellini), madre de su desaparecida novia Beniamina (Yile Bianello) y realmente no le interesa la riqueza ilícita que puede acumular al lado de su pandilla de saqueadores. El verdadero tesoro, su quimera, es el amor perdido, mismo que trata de encontrar en todos lados pero jamás lo encuentra. El ambiente de la Toscana sirve como el paradisiaco y rural lugar en el que este individuo inglés de traje blanco que abandonó la vida de arqueólogo por la aventura, se mueve con la constante necesidad de reencontrarse con ese amor perdido.

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Sin embargo, este lugar resulta contrastante para el alma en pena a la que seguimos en el relato. Ubicado entre las ruinas escondidas y las tumbas etruscas del pasado, La Quimera parece retratar justamente esa delgada línea entre los dos mundos que habita Arthur. Uno casi espectral, que vive del pasado, el recuerdo y la historia, mientras el presente azota con una industrialización que rodea poco a poco los caminos por los que circunda, dejando una sensación creciente de extrañeza entre la realidad de las cosas y los fantasmas míticos que la solitaria búsqueda de su pasado perdido le brinda.

Aunque el ritmo y la forma de plantear la primera parte de este relato puede llegar a ser dispersa, Rohrwacher extiende frente a nosotros un peculiar hilo conductor que se va desentrañando mientras las líneas de la percepción van cambiando, haciendo más claro que la quimera perseguida y las riquezas obtenidas pueden variar. Bajo su peculiar sello de autor, este largometraje, cuarto en la carrera de la italiana, nos habla también de cómo todos vivimos con cierta añoranza que nos es difícil dejar ir a pesar del misterio que nos motiva a no soltar esa ilusión.

Curiosamente, Arthur encuentra en Italia (Carol Duarte) a una joven que ejemplifica, de alguna forma, la realidad de esa ilusión buscada por él a través de sueños, memoria y un hilo rojo del destino. Con ella interactúa y crea un lazo que resulta insuficiente para el vagabundo errante entre los mundos que lo lleve a aferrarse a la vida sobre el sueño. Y es que Arthru no puede dejar de figurar como El Ahorcado de las cartas del Tarot y su simbolismo, aquel de un hombre que parece tener que sacrificarlo todo para seguir adelante hacia mejores cosas.

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Gracias a la mirada humana de la cineasta, que se apoya más en las conversaciones, los pequeños detalles, algunas canciones folclóricas y, sobre todo, en los rostros, la cinta evade una narrativa de manera lógica. Esto ayuda a que la cinta jamás deje claramente esa relación mágica entre el pasado y el presente, o la ensoñación y lo realista. Pero es en los pequeños detalles que pasan inadvertidamente que Rohrwacher construye la esencia de su relato, ofreciendo justo lo necesario para su segundo y tercer acto en el que, como un bello rompecabezas, todo encaja.

Así, La Quimera adquiere la belleza de un tesoro que no evita lanzar comentarios en contra del machismo de los etruscos, de la resiliencia femenina y el matriarcado, todo a través de un cuento donde seguimos a esta alma en pena en busca de encontrarle sentido a su ilusión, a aquella dama y su pena por perderla, todo a través de un filme emocional y sensorial que nos recuerda el valor de los tesoros puede variar, pero sobre todo que, en medio de un mundo banal, la ilusión de algo siempre nos motiva y nos lleva al final del camino de formas inesperadas, convirtiéndonos a nosotros mismos en quimeras para otros.