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El Reloj del Fin del Mundo precisa que estamos a 85 segundos de la medianoche o del apocalipsis

La Tierra tiene 4.54 mil millones de años y, en sus edades geológicas, ha pasado por todo: desde su gaseoso génesis, su conversión en roca, las glaciaciones… y habrá que esperar unos 5 mil millones de años cuando el Sol agote su hidrógeno y se convierta en una estrella gigante roja que fagocitará y destruirá a todos los planetas.

El Reloj del Apocalipsis

¿Quieren un fin del mundo como tal? Pues aquí lo tienen: el auténtico e irreversible fin del mundo a causa del colapso del astro yelmo, el Sol. Esperamos que para entonces la humanidad o bien se haya extinguido o, en un mejor escenario, gracias a su impulso de supervivencia, haya migrado, como en la película Interestelar, a otro planeta habitable. Sobre este tema la ciencia ficción ha sido prolija, con obras como Fundación, de Isaac Asimov.

Cuando hablamos en términos milenaristas, con timbres catastrofistas, sobre el fin del mundo, lo que en realidad queremos decir es la extinción de la humanidad, bajo el sentido de que la Tierra es nuestra y que, sin nosotros, no tiene más fin ni razón de ser.

El ejemplo de Chernóbil, con una flora y fauna que logró adaptarse a la radiación nuclear y que prospera gracias a la ausencia humana, nos deja en claro que la naturaleza no nos necesita y que somos su principal amenaza. Entonces, el fin del mundo entendido como la erradicación de la humanidad podría ser la causa directa de un resurgimiento de la vida silvestre del planeta; significaría un renacimiento de la naturaleza.

Existe un instrumento que mide qué tan cerca estamos del fin del mundo o, como lo explicamos, de la extinción de la humanidad: el Reloj del Apocalipsis, con sus sentenciales manecillas, guadañas del tiempo que nos resta. Marca que estamos a 85 segundos antes de la medianoche. El Reloj del Apocalipsis no es, como se puede obviar, un reloj como tal, sino un indicador simbólico ideado en 1947 por científicos dedicados a la investigación en el rubro de la energía nuclear.

El Reloj del Apocalipsis

Los encargados del reloj hacen sus estimaciones y evaluaciones geopolíticas, económicas y sociológicas para calcular qué tan cerca estamos de un conflicto internacional nuclear y dan a conocer sus advertencias en el Boletín de Científicos Atómicos. Su última puesta al día indica que estamos precisamente a 85 segundos antes de la medianoche. Esta precisión es, por sí misma, alarmante, dado que esta posición es la más cercana a una catástrofe global desde que este instrumento fue creado.

Los datos que alimentan estas advertencias son del todo objetivos: se acude a información sobre cómo están los conflictos armados en todas sus escalas, el languidecer de la cooperación internacional, el recrudecimiento del cambio climático, la persistencia de la amenaza nuclear y hasta el avance no regulado de tecnologías de punta, como la inteligencia artificial. Todos estos son focos rojos que nos vaticinan un posible apocalipsis.

El Reloj del Apocalipsis es un indicador simbólico creado en 1947 por científicos vinculados al desarrollo de la energía nuclear.

El Reloj no sólo contempla en sus observaciones un cataclismo nuclear que arrase buena parte de la vida del planeta. Otros escenarios igualmente catastróficos que también señala y toma en cuenta son la devastación de los ecosistemas, el colapso climático y un posible desastre tecnológico de escala mundial.

La medianoche indica el punto crucial: llegar a él significa que la catástrofe global es ya un hecho irreversible, a criterio de esta comunidad científica.

Nuevamente, los datos son tan crudos como certeros. En lo relacionado con los conflictos armados y las tensiones militares tenemos la ya prolongada guerra entre Rusia y Ucrania; recientemente, Israel y el inestable Irán midieron músculo militar con aviones, misiles y drones. China sigue reclamando Taiwán, así como dos naciones con arsenal nuclear, India y Pakistán, no dejan de hostilizarse mutuamente.

Guerra nuclear

No podemos descartar una guerra con bombas nucleares, por mucho la peor de todas y la más letal para la humanidad y el planeta. Y si bien muchos, sobre todo de las generaciones de los años ochenta y noventa del siglo pasado que presenciaron la disolución del bloque comunista, daban por sentado que el riesgo de una guerra nuclear estaba superado, ahora, en el presente, bajo un nuevo orden mundial multilateral, aparecen China, Rusia y los Estados Unidos realizando importantes esfuerzos por modernizar sus respectivos arsenales, mejorando sus misiles y, con ellos, sus programas bélicos espaciales.

Pero para aniquilarnos, los seres humanos no necesitamos una guerra de dimensiones apocalípticas. El cambio climático podría dañar de tal magnitud los ecosistemas con nuestras constantes emisiones de gases de efecto invernadero. Los estragos los estamos padeciendo ya con sequías prolongadas y el registro histórico de los años más cálidos.

Finalmente, seguimos mejorando, sin los debidos candados y precauciones, tecnologías emergentes como la inteligencia artificial y las nuevas biotecnologías, que ofrecen modificar a profundis la naturaleza humana en lo genético, pero también en lo neuronal y físico. Muchos auguran la llegada, en breve, del posthumano, dígase como un cyborg o quizá un mutante artificial con mejoras.

¿Realmente queremos crear en los laboratorios a nuestros futuros reemplazos? El progreso desbocado, el avance por el avance en sí, puede ser bastante demencial y peligroso. No porque lo podamos hacer debemos hacerlo.

El Reloj del Apocalipsis

Mientras tanto, hay la urgencia de un diálogo multinacional para atender problemas de orden global. Hay que apelar a la sensatez y al sentido común que nos señalan, con toda obviedad, que en una guerra nuclear nadie saldría ganando. Igual ocurre con la sobreexplotación de la Tierra y su contaminación irresponsable por conveniencias meramente económicas.

En algún momento tendremos que cambiar nuestros perniciosos hábitos de consumo. No necesitamos, para hacer estas correcciones, más ciencia y tecnología, sino conciencia y sentido ético.

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