Cronomicón

Cuento de la Sogem

Instrucciones para besar a un ajolote

(Manual anfibio para los que aún creen en lo imposible)

1. Elija bien el instante.

No es cuestión de hora ni de calendario, sino de atmósfera. El beso a un ajolote sólo ocurre cuando el mundo suspira lento, como si el tiempo tuviera branquias. Las siete de la tarde de un martes con neblina suelen ser ideales, pero no es regla.

2. Ubique al ajolote.

No lo busque. Él aparece. A veces en la pecera de un niño dormido, otras en el charco que quedó tras una tormenta y, si tiene suerte, dentro de su propia lágrima. Lo reconocerá porque no parpadea. Porque no teme. Porque parece mirarlo desde antes de que usted naciera.

3. Desaprenda.

Olvide todo lo que sabe sobre labios, sobre cuerpos, sobre fronteras. Los besos verdaderos no ocurren en la piel. Deje su boca en la orilla y entre con el alma.

Ajolote

4. Aproxímese en silencio.

No con pasos, sino con intención. Los ajolotes perciben el temblor del deseo. No diga nada. Las palabras espantan lo mágico.

5. Bese.

Pero no como se besa a una persona. Bese como quien siembra una flor en el fondo del mar. Como quien acaricia una galaxia dormida. Como quien le dice “no me olvides” a lo que aún no existe.

6. Entonces pasará.

El ajolote cerrará los ojos, aunque no tenga párpados. Se elevará del agua sin moverse. Se derretirá en luz y sal, y usted también. Durante unos segundos, ambos serán lo mismo: un temblor dulce en el centro del universo.

7. Después, despiértese.

Tendrá en los labios el sabor exacto del misterio. No lo intente explicar. No lo cuente. Los que no han besado un ajolote no entenderían. Y los que sí, tampoco hablan de eso.

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