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El mesianismo populista de Donald Trump: la polémica con el Papa y su imagen emulando a Jesús socorriendo a un enfermo

Sociólogos, antropólogos, filósofos… especializados en postmodernidad hablan del imperio de la secularización en las sociedades actuales; señalan, con desacierto, que el propio individuo sufre el abandono de Dios.

Se preguntan estos letrados: ¿a dónde fue Dios?, ¿alguien lo sabe?, ¿está escondido en una Biblia con formato de cómic o hace apariciones como holograma en una iglesia suiza, Deus in machina, o responde a mensajes de texto en la app Text With Jesus?

Más allá de lo que digan los expertos en religiones contemporáneas, Dios jamás se ha ido del todo; el hombre moderno quiso renunciar a él; el posmoderno decidió lo contrario: fue en su búsqueda y lo encontró tanto en la laxitud y pluralidad religiosa de la postsecularización como en el dogmatismo religioso que renació en fundamentalismos de todo tipo, desde cristianos pasando por los islámicos y siguiendo con los sectarismos orientalistas.

Ni el Estado moderno o posmoderno se salva de este regreso… las viejas castas políticas, que por puritanismo laicista ni por equivocación mencionaban a Dios, ahora —sus sucesores— hasta montan casas de oración en palacios presidenciales para invocar el socorro o la iluminación de la providencia.

El Dios que invocan los nuevos detentadores del poder, uno teísta, viene acompañado con todo y mesías; tiene sus elegidos y redentores. No hay que buscarlos ni esperar a que se manifiesten estos nuevos salvadores: los mismos que arengan a sus electores con discursos inflamados de teología emocional se saben o se reconocen como los mesías de sus respectivos pueblos.

Un ejemplo lo tenemos con el expresidente de Brasil, Jair Bolsonaro, como lo ilustra el documental que puede verse en Netflix, de Petra Costa, Apocalipsis en el Trópico. Gracias al apoyo de pastores pentecostales brasileños, Bolsonaro ganó las elecciones prometiendo a sus votantes darle un viraje al Estado, después de décadas de progresismo, hacia la derecha: una derecha populista y clerical.

Otro que rinde culto a su persona y que coquetea con todas las cruces o iglesias es el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien muy oportunamente le declaró la guerra a Irán, una potencia de segundo orden acusada de promover el terrorismo islámico chiita.

Durante su segundo mandato, Trump ha complacido a las derechas cristianas de su país en muchas de sus agendas frente a progresistas o de nueva izquierda: eliminó programas de diversidad, equidad e inclusión (DEI); por orden ejecutiva estableció que solo ante el Estado se reconocerían dos sexos, masculino y femenino; prohibió la participación de personas trans en el ejército y en el deporte; bloqueó fondos a ONG que promueven el aborto; incluso, en un evento evangélico, declaró en 2024 que estaría a favor de que los Diez Mandamientos sean exhibidos en las escuelas públicas y privadas.

Estas medidas han sido del agrado de ciertos sectores estadounidenses de creyentes con posturas conservadoras, entre los que el presidente ha cosechado simpatías; y entre los más fanáticos de sus seguidores no han faltado quienes, como fue el caso de Bolsonaro, lo ven como todo un mesías moderno: el azote del wokismo, el feminismo, la ideología LGBTQ y el progresismo en general. He aquí un inspirado de Dios a quien todo se le perdona como justa compensación a todas las correcciones, enmiendas y desagravios que ha realizado.

Imagen de IA

Mas todo tiene un límite. Tras entrar en polémicas con el Papa León XIV, en un acto de megalomanía subió a las redes sociales una imagen hecha con inteligencia artificial en la que aparece con una vestimenta a la usanza de Jesucristo, imponiendo una mano sanadora a un enfermo postrado en una cama de hospital; una bandera estadounidense ondea a uno de sus costados; en el otro aparece una Estatua de la Libertad; lo flanquean una enfermera, una soldado, un veterano y un ama de casa (¿sus más fieles votantes?).

La imagen fue subida en domingo; para el lunes la bajaron ante su efecto negativo. ¿Qué esperaba Trump? ¿Qué le aplaudieran sus seguidores este desplante, excentricidad o exceso de egolatría? Si sus detractores hicieron escarnio de la imagen, sus aliados evangélicos y católicos no dudaron en calificarla de “blasfema”.

Y hubieran cometido un desacierto demasiado servil de no haberla descalificado enérgicamente. Las figuras políticas son efímeras; los símbolos sagrados permanecen.

¿Qué espera Trump de sus seguidores: incondicionalidad, fe ciega, aplauso fácil a toda ocurrencia y medida?

Un estadista sabe anteponer los intereses de su nación a su persona; encarna un ideal, un proyecto político, y a él se debe y doblega, por él, la egolatría que el poder y su ejercicio muchas veces conllevan.

Un líder representa a sus seguidores; sus errores y desaciertos también a ellos se les imputan: he ahí su enorme responsabilidad de actuar y hablar con inteligencia y no por capricho. ¿En qué predicamento deja Trump, por sus aires mesiánicos chovinistas, a sus bases electorales, integradas en su mayoría por cristianos nacionalistas? Difícilmente estos votantes virarán al progresismo demócrata; no obstante, su fidelidad al presidente se verá muy comprometida.

Para colmo, ya había entrado en polémicas con el Papa, a quien juzgó casi de ingrato, refiriendo que si él no fuera presidente, este no sería pontífice. Ante las diatribas de Trump, que irrespetuosamente le echaba en cara, por ejemplo, el no condenar que una nación (como Irán) llegue a tener una bomba atómica, León XIV —quien sí es un líder religioso, un legítimo representante de Dios ante su Iglesia— respondió que él no era un político, sino un propagador del evangelio.

Trump debería deducir, con esta afirmación, que en su condición de político lo suyo es no meterse en vericuetos religiosos y menos dárselas de líder carismático, seudomesiánico, ya que lo único que consigue es aumentar y corroborar la animadversión de sus detractores y comprometer la lealtad de sus seguidores menos fanáticos.

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