Cronomicón

La película explora el choque cultural entre una familia tradicional rumana y el sistema progresista noruego tras migrar en busca de una mejor vida

El choque de dos Europas: Cristian Mungiu disecciona la migración y el estado en ‘Fjord’

Fjord

La migración es, indiscutiblemente, el fenómeno que define a la sociedad contemporánea. Salir de nuestro país o de nuestra ciudad nos convierte, en algún momento de nuestras vidas, en migrantes. Lamentablemente, impulsados por las implacables tendencias económicas, cuando damos ese salto lo hacemos con la esperanza de mejorar nuestra existencia, no de empeorarla. Como bien lo hemos platicado, migrar es la nueva forma de vivir en el siglo XXI. Es imposible pensar en el mundo actual sin esa mezcla de personas que llegan para enriquecernos, pero que también se ven obligadas a enfrentarse a nuevas y duras realidades, adaptándose a costumbres que muchas veces chocan frontalmente con sus raíces.

“A donde fueres, haz lo que vieres”, reza el viejo y sabio dicho. Pero, ¿qué sucede cuando la brecha cultural es insalvable? Esta es la premisa que el genial director y guionista rumano Cristian Mungiu nos plantea en *Fjord*, una de las joyas indiscutibles de la Selección Oficial en Competencia de esta edición 79 del Festival de Cannes. La cinta nos narra la desgarradora historia de una familia tradicional rumana, de profundas raíces cristianas ortodoxas, que decide buscar un futuro mejor en Noruega, considerado uno de los países más progresistas y el aparente paraíso ideal del primer mundo. Sin embargo, ese paraíso escandinavo pronto se convierte en un infierno terrenal para quienes portan valores tradicionales.

La trama detona tras un día aparentemente normal en la escuela, cuando las maestras descubren un pequeño e inofensivo moretón en el hombro de una de las hijas del matrimonio. Este mínimo detalle enciende todas las alertas rojas del estricto sistema de protección infantil noruego. Lo que sigue es una pesadilla burocrática y emocional de proporciones kafkianas, donde el Estado decide arrebatarles a sus hijos de una forma que, desde la óptica de la familia, resulta totalmente inconcebible y violenta.

Mungiu, operando con un guion propio de una precisión milimétrica, vuelve a demostrar por qué es un antropólogo social fuera de serie. Junto a Radu Jude, Mungiu lidera a los mejores cineastas de la Europa del Este en la última década. En Fjord, el autor busca arrancarle la máscara a esa Europa hiperprogresista para confrontarla con la otra Europa: la tradicional, la de los valores judeocristianos.

El choque de estos dos mundos genera una tensión asfixiante que mantuvo al público de la Croisette al borde del asiento, confirmando la maestría del cineasta para incomodar y hacernos cuestionar los límites de la moralidad y el intervencionismo estatal.

A nivel interpretativo, las actuaciones son de otro planeta. Vemos a un *Sebastian Stan* envejecido y transformado de una manera espectacular. Está irreconocible, casi calvo, despojado de cualquier rasgo de galantería hollywoodense para encarnar la desesperación pura de un padre desolado que se enfrenta a un monstruo institucional. Por su parte, la noruega *Renate Reinsve* confirma que está atravesando la mejor década de su carrera; su trabajo es simplemente titánico y desgarrador, consolidándola como una de las mejores actrices del panorama actual.

Desde nuestra trinchera le vaticinamos que a Fjord le irá muy bien. Es una candidata natural a la Palma de Oro o, como mínimo, a llevarse un galardón de peso por sus soberbias actuaciones o su guion. Es cine de manufactura artesanal, cine que duele, que cuestiona y que trasciende.

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