Cronomicón

El peso de la ausencia: Rodrigo Sorogoyen y Javier Bardem deslumbran Cannes con ‘El ser amado’

El ser amado

Cómo reconectar con aquello que ni siquiera se intentó cultivar en el pasado? ¿Cómo es posible construir una relación con alguien tan cercano biológicamente como un padre, cuando durante toda tu vida fue, en la práctica, una figura completamente ajena a ti, incapaz de ejercer y representar una verdadera paternidad? Estas y muchas otras interrogantes dolorosas son las que responde con una maestría asfixiante el cineasta español Rodrigo Sorogoyen en su más reciente obra, El ser amado. Transmitiendo desde la efervescencia de la Riviera Francesa, esquivando gaviotas y apostando algunos euros en nuestros ratos libres, nos adentramos en otra de las grandes joyas que nos ha dejado la Selección Oficial en Competencia de esta 79ª edición del Festival de Cannes.

Antes de entrar en materia, es fundamental disipar un rumor que circuló por los pasillos del Palacio de Festivales: se hablaba de muchos paralelismos y especulaciones sobre si esta película era la respuesta española a Sentimental Value (la reciente cinta de Joachim Trier). Para nada. No se fijen en esas comparaciones superficiales, porque Sorogoyen y su inseparable, brillante coguionista, Isabel Peña, construyen un artefacto narrativo con una identidad propia, cargado de esa tensión psicológica y asfixiante tan característica de su filmografía.

La cinta nos presenta a un aclamado pero decadente director de cine, interpretado por un monumental Javier Bardem, quien, en un intento desesperado por enmendar los errores del pasado y acercarse a su distante hija actriz, decide elegirla como la protagonista de su nuevo rodaje.

Lo que sigue es un puro ejercicio de funambulismo emocional. Sabemos que volver a construir un lazo cuando este se evitó por tantos años —ya sea por omisión, cobardía o culpa absoluta— es un proceso sumamente complejo. La película nos sumerge en esa dinámica tóxica y esperanzadora donde el arrepentimiento se viste de oportunidad y la búsqueda de redención se disfraza de una simple opción laboral en el set.

El peso de los resentimientos compartidos, las emociones a flor de piel y los silencios que gritan más que las palabras son manejados con una destreza espectacular. Como espectadores, esta fricción constante nos mantiene literalmente atados a la butaca por el estrés de no saber cómo culminará esta relación: si finalmente logrará florecer en algo hermoso o si, de plano, terminará aniquilada por el pesticida del ego, los reproches y los rencores acumulados.

La recepción aquí en Cannes fue verdaderamente electrizante. La ovación de pie en el Gran Teatro Lumière confirmó que estamos ante una de las actuaciones más maduras, contenidas y complejas en la carrera de Bardem, quien domina la pantalla con una vulnerabilidad que desarma.

Por su parte, Sorogoyen demuestra una vez más que no necesita de la acción trepidante o los thrillers de violencia física para generar suspenso puro; le basta con encerrar a dos seres humanos rotos intentando decirse la verdad tras décadas de mentiras. El ser amado es un retrato implacable sobre las cicatrices familiares, las exigencias del arte y la imposibilidad, a veces, del perdón..

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