Cronomicón

Cuento

Compañeros

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Nadie menciona lo tarde que arribo al desayuno familiar. Madre y hermana reconocen, y aceptan, los beneficios que el negocio nocturno otorgan a la mesa siempre servida. No preguntan por ello tampoco, basta tener las cuentas saldadas y un nuevo vestido para lucir en la iglesia cada primer domingo de un nuevo mes. Son felices, es suficiente.

Hermano resulta una historia diferente. El deterioro de su mente provoca que aleje la mirada de él todo el tiempo, pero aún me busca, aún intercepta mis cansados pasos matutinos y, en donde años de nuestra juventud pudo existir una broma cómplice, ahora sólo existe el juicio silencioso.

— ¿No irás a misa, hermano?

Al menos, él pregunta algo y no teme mirarme con decepción y reproche de mis pasos. Es casi un consuelo, si no supiera que en su siguiente pensamiento lo perderé otra vez, raptado por aves y figuras religiosas que susurran a su oído.

— Tengo que descansar, hermano, trabajé toda la noche —un bostezo acompaña mi cansancio mientras lo esquivo y continúo el camino hasta mi habitación.

La voz de mi hermano, tras la puerta, es el único sonido que arrulla mis sueños. Él exclama sobre mi alma perdida y las almas que arrastro conmigo. Camino hacia el Diablo voluntariamente, Dios se lo dijo, pero duermo antes de escuchar más.

Hermano es menos él cada mañana. Pero está en casa, está a mi lado, es suficiente.

El domingo por la noche es curiosamente tranquilo. Debe ser por todos aquellos que han aceptado acompañar a sus familias a la casa del Creador y se regocijan en la mentira de ser buenos pastores, antes de arrastrarse al licor y la violación pagada cuando la fantasía termina el lunes por la tarde.

Los domingos son noches pacíficas. Los domingos son noches en las que poco ocurre, así que mi mente decide aumentar el ruido que alberga. En ella, crepita la culpa y la decepción, el juicio de los ojos de Paul tan parecidos a los de padre, y cobijan la vergüenza que recuerdo ante cada discreta mueca que surge en madre si propongo un paseo con ella por el parque.

Quién querría caminar del brazo del proxeneta, incluso si es quien ha salvado la casa que habita. Mi cabeza contiene sus propias voces acusadoras y el alcohol no es suficiente para callarlas todas.

Y cuando no es suficiente, acudo a ella.

Mi compañera de la noche. Mi bella Miss Lily.

Soy uno de sus favoritos, ha dicho más de una vez, a lo que me burlo sobre cuánto debe decir eso a todos. Ella ríe, sus labios rozando los míos, y asegura que cuando me lo dice a mí, es en serio. Es suficiente, decido, y cierro los ojos para besarla.

Al inicio, es sencillo, pero cuando la consciencia de sus suaves labios llega a mí, cuando la ternura y el perfume de mujer me inunda hasta extraer el anhelo de encuentros prohibidos que tocan con manos ásperas y firmes, embriagándome de colonia varonil, me aparto por otra copa de champagne.

Miss Lily es discreta. En su mirada, sé que duda la naturaleza de mis visitas. No me arrastro entre sus piernas. No la someto ante las mías. Sólo bebemos, nos besamos y hablamos.

Miss Lily es dulce. Sus manos juegan con mi ropa sin quitarla, sostienen mi rostro y enlaza mis dedos entre los suyos mientras ríe y pregunta por otra anécdota, compartiendo una suya también.

Miss Lily conoce la soledad, el dolor y los engaños de una vida a la que ha sido obligada vivir, tal vez por eso no pregunta por qué no voy a ella buscando sexo y me permite fingir que el alcohol me duerme antes de otro beso.

Miss Lily es la única amiga que me permito.

Miss Lily es la única compañía que tengo; la única que toma mi brazo con orgullo y pregunta por mi día, la única a quien hablo sobre esto y aquello como una confesión a medias, la única que abraza al desdichado porque también se reconoce desdichada.

Sea nuestra naturaleza causa de las decisiones o circunstancias, eso no parece importarle a Dios. Así que somos compañeros en esto, en la noche, en el pecado y la soledad.

Es suficiente.

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