Cronomicón

Cuento

¿Quién eres, Alba?

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Aparece en el silencio, y trae el silencio consigo.

En París, fue un fantasma, una memoria enterrada en mi corazón como se sepulta un cadáver en la tierra; exigente de flores, de cuidado, de pensamientos aún dedicados al recuerdo de haber sido amada. Amada por ella.

En las noches más ruidosas, del estruendo que sólo se halla en la culpa y el anhelo, la nostalgia me es permitida sobre el rencor y los escenarios danzan imposibles, secretos, siendo yo la única espectadora de ellos: ella, viva; ella, buscándome; ella, odiándome en la medida que me amó; ella, siendo dulce y cruel, reteniendo mi alma incluso en la privacidad de mis deseos.

¿Quién eres, Alba?

La pregunta se mantiene clara a pesar de los años, sobrepasa el resonar de mis pasos por la enorme casa, es constante en los sueños del amanecer y cobra fuerza con la noche, acosándome entre pinturas recién adquiridas y éxito de papel, tirando de mi sonrisa ensayada, juzgando dolorosamente mi existencia necesitada de otros.

¿Quién eres, Alba?

Elena nunca está lejos, no lo suficiente para extrañar su presencia, pero tampoco permanece tan cerca como para desmantelar las ilusiones que depositamos una en la otra. Deseo amarla. A veces, logro amarla. A veces, ella me ama también.

Existen días buenos, aquellos en los que nada ocurrirá porque un guión se ejecuta de la forma que debe ser. Ella y yo. Yo y ella. Los años nos han vuelto compañeras en formas que resultan más profundas que el amor, pero en la ausencia del amor, está el silencio.

Y en el silencio, veo a Rosario.

No es más un fantasma. No agita el aire con su presencia. No pronuncia palabras, tal vez por el castigo que le he impuesto, tal vez porque nunca la conocí realmente, y lo único que tengo, es este silencio, estos instantes en los que su recuerdo aún maldice los rincones de mi mente sin ser nada más que una imagen que sólo expresa ambigüedad al mirarme construir mi perfecta felicidad de utilería.

Ella no está aquí. Ella no volverá.

La vida que desee vivir, será en el destierro de la mía, porque así es como el orgullo decidió que sería y seguirá siéndolo hasta que el sol reclame las décadas que no me tuvo.

Existen silencios en los que el resentimiento vence la añoranza. Rosario desaparece y la obra del día completa su presentación; yo soy feliz; ella, habita el exilio.

Otros, los más escasos, son como el silencio de esta noche. Detengo la lectura al sentir su memoria materializarse y, cuando levanto la vista hacia el sofá individual frente a mí, Rosario está ahí. Como una visión. Como un hechizo.

¿Quién eres, Alba?

Resoplo ante la acertada intromisión de la voz que lo juzga todo, pero no aparto mi vista de lo que casi parece una sonrisa de añoranza dirigida a mí, gesto que provoca un temblor en mis labios y la amenaza de lágrimas heridas en mis ojos.

¿Quién, preguntas esta luna? Lo que he temido ser desde la noche que la conocí. Una mujer maldita, un recipiente en pena, destinada a la constante incógnita de quién soy, si no soy amándola.

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