La nueva película de Kane Parsons, el director más joven en trabajar con A24, está generando un enorme revuelo en redes sociales. No es para menos: el cineasta se hizo famoso precisamente gracias a sus cortometrajes de Backrooms en YouTube, que lograron capturar una sensación de inquietud pocas veces vista en internet. Sin embargo, una vez trasladado ese universo a un largometraje, surge una pregunta inevitable: ¿el concepto alcanza para contar una historia completa?
Mi respuesta breve es no.

La película cumple con lo más importante que prometía desde el apartado visual. Los espacios son opresivos, laberínticos y profundamente perturbadores. Kane Parsons entiende perfectamente qué hace funcionar a los backrooms: la sensación de estar atrapado en un lugar imposible, familiar y extraño al mismo tiempo. La dirección crea momentos de auténtica angustia y, por momentos, consigue que el espectador sienta que ha sido absorbido por esa dimensión interminable de pasillos vacíos y luces fluorescentes.
El problema aparece cuando la película intenta construir una historia alrededor de esos escenarios.
La trama sigue a Clark, un paciente que desaparece tras encontrar una extraña puerta en el sótano de una exposición de muebles, y a su psiquiatra, quien se adentra en esa realidad alterna para intentar rescatarlo. Sobre el papel, la premisa resulta interesante. Sin embargo, el desarrollo nunca termina de justificar el viaje. La relación entre ambos personajes carece de la profundidad necesaria para sostener el peso emocional del relato y, conforme avanzan los minutos, la narrativa comienza a sentirse repetitiva.
Hay largas secuencias en las que pareciera que la película no sabe exactamente hacia dónde dirigirse. Los personajes avanzan, descubren nuevos espacios y enfrentan amenazas ambiguas, pero pocas veces existe una sensación real de progreso dramático. Lo que en un cortometraje funciona gracias al misterio y la atmósfera, en un largometraje termina evidenciando sus limitaciones.
Quizá el mayor problema de Backrooms es que responde una pregunta que nadie había hecho. Parte de la fuerza de la creepypasta original radicaba precisamente en lo desconocido. Los backrooms eran aterradores porque no tenían explicación, porque eran una anomalía imposible de comprender. Al intentar convertir ese concepto en una historia tradicional con personajes, conflictos y motivaciones concretas, gran parte del misterio se diluye.
Eso no significa que sea una mala experiencia. Como ejercicio visual y de terror atmosférico tiene momentos realmente efectivos. Pero como película, queda la sensación de que el concepto es mucho más poderoso que la historia que intenta contar.
Backrooms demuestra que Kane Parsons tiene un talento indiscutible para crear imágenes inquietantes. Lo que todavía queda por demostrar es si puede construir relatos tan sólidos como los mundos que imagina.