Cronomicón

La cinta convierte una de las fantasías románticas más comunes en una perturbadora reflexión sobre la dependencia emocional, los celos y los límites del amor

¿Por qué amar a alguien más que a nadie en el mundo se convierte en obsesión?

Hay películas de terror que recurren a monstruos, fantasmas o asesinos seriales para incomodar al espectador. Obsesión elige un camino mucho más inquietante: convertir en pesadilla uno de los deseos más comunes de cualquier persona enamorada.

Obsesión | Poster (Toma de pantalla)

La premisa es simple. Bear está enamorado de Nikki, una mujer que constantemente le envía señales ambiguas. A veces parece interesada en él, a veces no. Como muchas personas, Bear tiene un miedo paralizante al rechazo y, por ello, nunca encuentra el valor suficiente para decirle lo que siente.

Todo cambia cuando compra una misteriosa barra de sauce. La mujer que se la vende le advierte que tenga cuidado con lo que desea, pues muchos regresan inconformes con los resultados. Bear ignora la advertencia.

La noche en que finalmente planea declararle su amor a Nikki, los nervios lo traicionan y termina alejándola. Desesperado, rompe la barra de sauce y pide un deseo aparentemente inocente:

“Quiero que Nikki me ame más que a nadie en el mundo”.

El resultado es inmediato.

Nikki comienza una relación con él, le pide quedarse a dormir, busca intimidad y parece entregarse por completo. Sin embargo, aquello que en un principio parece el cumplimiento de una fantasía romántica pronto se transforma en algo profundamente perturbador.

Nikki desarrolla una dependencia absoluta hacia Bear. No soporta separarse de él ni por unos minutos. Su comportamiento se vuelve errático, agresivo, infantil y hasta grotesco. Le cocina a su gato, se orina encima, grita durante las noches y alterna entre momentos de ternura extrema y explosiones de violencia.

Lo que parecía amor termina pareciéndose más a una enfermedad.Y ahí es donde la película encuentra su verdadera fuerza.

Durante décadas, la cultura popular nos ha enseñado que el amor ideal es aquel que todo lo consume. Canciones, novelas y películas han romantizado frases como “eres todo para mí”, “sin ti no soy nada” o “te amo más que a mi propia vida”. Sin embargo, Obsesión toma esa idea al pie de la letra y nos obliga a preguntarnos si realmente queremos algo así.

Porque cuando una persona ama a otra más que a sí misma, más que a sus amigos, más que a su familia, más que a sus propios intereses, ¿sigue siendo amor?

La película parece responder que no.

Lo que vemos en Nikki no es amor, sino la destrucción de su identidad. Su vida deja de girar alrededor de ella misma y comienza a hacerlo exclusivamente alrededor de Bear. Ya no existe espacio para sus deseos, sus límites o su individualidad. Solo existe la necesidad constante de estar cerca de él.

Es una dependencia tan extrema que resulta aterradora.

En ese sentido, Obsesión no critica el amor intenso; critica la posesión disfrazada de amor.

La pregunta que plantea resulta especialmente interesante en una época donde los celos, el control y la dependencia emocional suelen confundirse con muestras de afecto. ¿Cuántas veces se interpreta como romántico que una pareja quiera saber dónde estamos todo el tiempo? ¿Cuántas veces se normaliza que alguien abandone amistades, hobbies o proyectos personales por una relación?

La película lleva esos comportamientos al extremo para demostrar algo incómodo: cuando una persona se convierte en el centro absoluto de la existencia de otra, el resultado rara vez es romántico.

Es asfixiante.

Bear cree que está obteniendo el amor perfecto, pero descubre que no hay nada más aterrador que convertirse en la única razón de vivir de alguien.

Porque el amor sano necesita libertad. Necesita distancia, identidad propia y la posibilidad de elegir todos los días permanecer junto al otro. La obsesión, en cambio, elimina la elección y reemplaza el afecto por la necesidad.

Al final, la película deja una pregunta incómoda para el espectador: si pudiéramos obligar a la persona que amamos a amarnos de vuelta, ¿realmente lo haríamos?

Y más importante aún: ¿seguiríamos llamando amor a algo que ya no es libre?

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