“Black Mirror”, la popular serie británica de ciencia ficción producida por la BBC y posteriormente adquirida por Netflix, juega con la idea de que la hipertecnologización puede convertirse en el tobogán que nos conduzca a las peores distopías.

Su aliento es posmoderno y fatalista, pues plantea que nuestra escalada de progreso no cumplirá necesariamente los sueños de la humanidad. Por el contrario, podría hacer realidad algunas de sus peores pesadillas, entre ellas restarle humanidad al individuo y, en compensación, otorgársela a la máquina.
Uno de esos sueños es vivir para siempre. Este sería, por mucho, el mayor de los éxitos de la humanidad: superar el más existencial de todos sus miedos venciendo a la muerte. Pero no sólo en un plano biológico, sino también mental, llevando a la eternidad nuestra conciencia, esa que pasta en los prados de esta realidad material.
“Vivir para siempre” parece una frase sacada de un cuento de hadas. Y, ya que de pedir deseos a la tecnociencia se trata, ¿por qué no revivir a quienes ya han muerto? No al estilo de los relatos bíblicos. Los artífices de estos milagros serían científicos y no taumaturgos.
Así lo plantea “Black Mirror” en su episodio “Be Right Back”. Mediante la recopilación de datos biométricos del difunto y de sus recuerdos digitales dispersos por internet —correos electrónicos, mensajes, publicaciones y registros en redes sociales— se crea una réplica de la persona fallecida. Un clon construido con fragmentos de conciencia almacenados en la web. Evidentemente no es el individuo original, pero sí una copia tan convincente que podría ayudar a los deudos a sobrellevar, o incluso mitigar, su duelo.
Si lo analizamos, esta es una forma indirecta de alcanzar la inmortalidad: preservar los contenidos de nuestra conciencia registrados en internet y, mediante una suerte de transmigración tecnológica, instalarlos en un receptáculo electrónico o incluso biológico. Para lograr lo segundo quizá aún falten décadas, aunque nadie puede asegurarlo. Para lo primero, los avances tecnológicos ya lo hacen viable, no con los alcances prospectados por la ciencia ficción, pero sí con la eficiencia que permiten las máquinas del presente.

Les presentamos a los Tamagotchis nigrománticos o espiritistas. ¿Por qué calificarlos con términos tan esotéricos? Porque, empleando una suerte de “conjuros digitales”, estos dispositivos permiten hablar con nuestros muertos o traerlos momentáneamente de la oscuridad y el silencio de la inexistencia.
En el departamento de los gadgets ya se abrió una nueva línea de aparatos: la Death Tech o tecnología de la muerte. Se trata de dispositivos que, valiéndose de la inteligencia artificial, recrean digitalmente a nuestros seres queridos fallecidos.
La tecnología se ha convertido en una nueva sensación de internet. En redes sociales circulan videos de aparatos similares a un Tamagotchi, pero que, en lugar de albergar una mascota virtual, permiten interactuar con una versión digital del ser querido ausente.

El funcionamiento descansa en tecnología de punta. Utilizando todos los registros digitales dejados por el difunto —videos, fotografías, audios y textos— la inteligencia artificial puede recrear patrones de lenguaje, gesticulaciones, voz e incluso rasgos de personalidad, permitiendo una interacción que busca ser lo más fiel posible al fallecido.
China se encuentra a la vanguardia de esta tecnología. La Death Tech es un sector en franca expansión, valorado en miles de millones de dólares. Los dispositivos desarrollados por esta industria son muy variados. Algunos son simples chatbots que recrean al ausente mediante texto o voz. Otros generan avatares tridimensionales o incluso hologramas capaces de interactuar y dialogar con los deudos.
La tecnología comienza a replicarse en otros países, donde diversas empresas ofrecen estas peculiares “resurrecciones digitales”. ¿Instrumentos de apoyo tanatológico o paliativos potencialmente perniciosos? La Death Tech tiene tanto defensores como detractores.
Para algunos, estos Tamagotchis nigrománticos resultan útiles para sobrellevar el duelo y mantener vivos los recuerdos del fallecido. Otros advierten que estos avatares tecnológicos no dejan de ser simulaciones capaces de generar dependencia emocional. Además, persisten dilemas éticos relacionados con la privacidad de los datos utilizados para la recreación y con el consentimiento del fallecido para ser replicado digitalmente.

Deseamos vivir para siempre, pero no sólo por nosotros mismos. También para no faltarles a nuestros seres queridos y ahorrarles la pena de nuestra ausencia. Si esta tecnología llegara a generalizarse, probablemente, así como hoy podemos expresar nuestra voluntad de donar órganos después de la muerte, también tendríamos que decidir si deseamos o no ser resucitados, aunque sólo sea mediante un avatar digital.