
Algunas películas consiguen mantenerse vigentes porque los temas que abordan siguen formando parte de la vida cotidiana. Darse cuenta (1984), dirigida por Alejandro Doria, es una de ellas. La historia está ambientada casi por completo en un hospital público, la cinta trasciende el drama médico para volver una reflexión sobre la ética, la responsabilidad y la capacidad de reconocer la humanidad del otro.
La historia comienza cuando Juan, un joven atropellado por un vehículo, ingresa al hospital con lesiones de extrema gravedad y en estado de coma. Su pronóstico parece irreversible y buena parte del personal médico considera que ya no hay nada por hacer. Sin embargo, el doctor Carlos Ventura, interpretado por Luis Brandoni, interpreta un leve movimiento de la mano del paciente como una señal de que el joven aún lucha por vivir. Ese instante, aparentemente insignificante, marca el inicio de un cambio que va mucho más allá del ámbito clínico.
A partir de ese punto, la película deja de centrarse únicamente en la evolución de Juan para explorar la transformación de quienes lo rodean. Ventura cuestiona la resignación, la rutina y la indiferencia que pueden instalarse en cualquier institución cuando el cansancio o la burocracia terminan imponiéndose sobre la empatía. Así, el hospital deja de ser solo un escenario para convertirse en un reflejo de la sociedad.
El filme no presenta héroes infalibles ni villanos absolutos; sus personajes son seres humanos influenciados por el desgaste cotidiano, las dudas y las limitaciones propias de un hospital público. Precisamente por ello, los conflictos de la película resultan creíbles, ya que la deshumanización no surge de la maldad, sino del riesgo en tornar el sufrimiento en una rutina.
Desde el punto de vista cinematográfico, la cámara privilegia los rostros, los silencios y las miradas por encima de los recursos melodramáticos. La tensión nace de los dilemas éticos que enfrentan los personajes. Esa sobriedad narrativa permite que el espectador centre su atención en las decisiones humanas antes que en el accidente que da origen a la historia.
Aunque Darse cuenta retrata el sistema de salud argentino de principios de la década de 1980, las problemáticas que expone mantienen una validez preocupante. En México, los debates sobre la saturación hospitalaria, el acceso desigual a los servicios médicos y las condiciones en las que trabaja el personal de salud demuestran que la dimensión humana de la atención continúa siendo un desafío. Sin establecer una equivalencia entre ambos contextos, la película pone de manifiesto las preocupaciones que siguen presentes y reitera que ningún sistema de salud puede reducir a las personas a un expediente clínico.
A pesar de ello, limitar Darse cuenta a una película sobre medicina es pasar por alto su verdadera dimensión. El hospital es, en realidad, una representación de la sociedad. En sus pasillos conviven la indiferencia, el miedo, el cansancio y la solidaridad; cada personaje encarna una manera distinta de responder ante el sufrimiento ajeno. La pregunta que atraviesa toda la película es tan sencilla como incómoda: ¿qué sucede cuando dejamos de mirar a los demás como personas?
Es entonces cuando el título del filme adquiere su sentido más profundo. Interpela a quienes trabajan con él y, finalmente al espectador. La película incita a pensar sobre cuántas veces el dolor ajeno se vuelve invisible por la costumbre, la prisa o la apatía.
Por ello, la obra de Alejandro Doria continúa conmoviendo al dejar un mensaje sin depender de una época o de un país específico, pues indica que toda vida merece ser reconocida con dignidad. En tiempos donde la rapidez y las cifras suelen imponerse sobre las personas, Darse cuenta recuerda que el verdadero cambio comienza cuando alguien decide mirar al otro. Ese acto de conciencia, aparentemente, sencillo, sigue siendo una de las formas más profundas de la humanidad.