Cronomicón

El jardín de Sara

. .

Tienes que dejar de venir aquí.

— ¿Qué me ha delatado esta vez? ¿O simplemente es tu olfato de perro que olió mi devoción a una milla de distancia?

— Olió tu colonia costosa y me provocó la náusea de pensar cuántas bocas alimentarías de botarla.

Al llegar a tu lado, me miras de la forma que me has mirado desde que nos hallamos en el invierno aquel, años atrás, tantos, tantos años atrás. Tu cinismo no envejece, pero tus ojos oscuros no muestran más los destellos dorados que existían bajo el sol, lo que me hace preguntarme si nunca estuvieron ahí en primer lugar o simplemente he dejado de recordar el color exacto de tus ojos.

— Hola, Sara.

— Hola, Carlos.

Me miras como me has mirado desde el invierno aquel, tantos inviernos sin ti hacia atrás, tantas me-morias acumuladas que se resquebrajan en tonos grises y susurros incompletos, pero tú te mantienes como un prado, envuelta de todas las cosas que amaste, un picnic eterno al que te acompaño sin poder probar la comida de tu mundo, tarareando melodías opacadas por ladridos de los perros que entrenas-te para salvarlos de las calles.

La perrera, fue como te conocí. Aquí, soy sólo Carlos, el débil y hambriento Carlos, como me cono-ciste, como me salvaste.

— Tienes que dejar de venir aquí —repites.

— Tuve los días más extraños de mi vida. Y sabes que he vivido cosas extrañas, ¿verdad? Pero esta ocasión realmente lo superó todo —extiendo mis piernas al sentarme a tu lado, posando mi mano so-bre la cabeza de un callejero canino que duerme en la manta de tu picnic.

— ¿Qué sucedió? —sonrío, triunfante; nunca has podido resistir realmente una buena historia.

— Un hechizo me convirtió en el joven que fui a tu lado, ya sabes, sucio y delgado y hambriento y débil y-

—, e ingenuo y llorón y triste y absolutamente tonto, con ese corazón tuyo entregado en la mano y una boca imprudente y-

—, y tuyo.

Me miras de la forma que me miraste el invierno aquel, cinismo y severidad que se rompe con el des-tello de la compasión, o la tristeza, buscando en tu mente inteligente las palabras correctas para arro-jarme de vuelta a la vida.

— Te extraño, Sara —admito, un susurro honesto que no sorprende a ninguno de los dos, ni siquiera hay llanto ni dolor, pero el anhelo que sembraste en mí ha creado este prado entero en el que te guar-do apartada de todas las memorias de frío y hambre, un prado de picnics que no conocen finales y el sol resplandece en tu piel, iluminando todos los sitios que besé algún invierno, tantos años atrás.

— Mírame bien, Carlos —tu mano toma mi mentón y sonrío al hallarte, incluso si mi corazón pesa con la realidad cruda que recitarás. — Tu Sara de inviernos cálidos no existe más. Lo que tu alma añora, es la juventud que tuvimos al amarnos, fría y hambrienta, pero nuestra. Nunca debimos nada a nadie y tomamos lo que quisimos.

— Te extraño a ti, Sara.

— Extrañas lo que nunca fue. Sé sabio, Carlos, aún vives y aún tienes un corazón. Todo lo que yo puedo ser para ti, es un fantasma —tu cálida mano se hunde en mi cabello y tus labios besan mi fren-te—, nada más que un fantasma.

Mis manos te buscan y anhelan retener el calor que me diste siempre, el calor del invierno aquel en el que salvaste mi vida.

— ¿Quieres vivir? —preguntaste antes, tantos años atrás, y lo preguntas cada que visito este jardín.

— No quiero sentir frío —repito mi recuerdo. Tú sonríes. Empujas mi hombro. Desvías la vista a tu propio paraíso y me expulsas de la escena, me expulsas a la vida fuera.

— Tienes que dejar de venir aquí.

— Hasta la próxima, Sara.

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