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La guerra de sexos y su distópica conciliación en el ciberamor

Ciertas corrientes ideológico-culturales de la posmodernidad han fomentado la confrontación desplegada en una sociedad de múltiples polarizaciones antagónicas e irreconciliables: bellos contra personas cuya apariencia no cumple los estándares impuestos por la cultura; nativos contra migrantes; personas consideradas mentalmente normales contra neurodivergentes; y una que, sin duda, es la más polarizante y riesgosa por todo lo que implica en términos de desgaste del tejido social: mujeres contra hombres.

Ciberamor

En las narrativas de estos posicionamientos ideológico-culturales —woke, progresistas y feministas— el conflicto es necesario y terapéutico en términos sociales, porque su resolución a favor de los oprimidos, segregados y vulnerados de siempre revierte situaciones históricas de injusticia y desigualdad que, anómalamente, habían sido impuestas y perpetuadas.

Pero ahora, en la posmodernidad, dichas situaciones son desafiadas por insurgencias dispuestas a dar la batalla cultural contra las instituciones tradicionales, como el Estado-nación, la familia y las iglesias.

En esta batalla cultural es cuestionado el viejo ideal, sostenido por estas instituciones, que veía una suerte de complementariedad entre mujeres y hombres. La premisa, antes no debatida y tomada como evidente, era que, por un orden superior, divino y natural, ambos sexos se necesitaban mutuamente, pues estaban hechos, por el accionar del amor, para ser uno solo, en los términos más platónicos.

Ideales románticos que ahora son cuestionados y considerados perniciosos en aras de un discurso que enarbola como ideal superior la libertad y la autonomía. Si te enamoras, pierdes; y si te enamoras de alguien del sexo opuesto, pierdes más; peor aún si eres mujer.

Como mujer, debes estar atenta a los nuevos decálogos político-culturales que subrayan la advertencia de desconfiar de los hombres que asumen una masculinidad anacrónica, como la que defienden y predican los influencers de la manosfera.

Son tiempos difíciles y complicados para el amor entre hombres y mujeres. Y la situación se agrava en un mundo digital que privilegia los encuentros virtuales. Los enamorados de estos tiempos están inmersos en un universo de redes sociales, donde el cortejo, el coqueteo y el galanteo tienen como escenario una pantalla.

Las nuevas generaciones se enamoran a través de una pantalla. En el amor estamos obligados a mostrar nuestra mejor cara. ¿Quién me asegura que las imágenes, los textos y los audios de quien flirtea conmigo corresponden a la persona real y no son un montaje manipulado digitalmente?

Los jóvenes y adolescentes se han habituado a lo que podríamos llamar un amor digital, culpable, en cierta medida, de su analfabetismo emocional, pues sus relaciones virtuales los privan de desarrollar las herramientas sociales y afectivas necesarias para entablar vínculos íntimos en el mundo real.

En resumen, existe una guerra de sexos cuyo resultado ha sido el distanciamiento entre hombres y mujeres, quienes ya no se ven como complementarios, sino que prefieren subirse al ring cultural como oponentes, donde, en su disputa, uno de los dos, forzosamente, debe salir vencedor negando y descalificando al otro.

Ciberamor

Si a esto le añadimos el analfabetismo emocional de las nuevas generaciones, acostumbradas al ciberamor, en el que la simulación y la mascarada digital son lo habitual, era casi predecible, como la película “Her” (2013) nos lo advirtió con mucha anticipación, que empezaran a proliferar entre los jóvenes de estas sociedades hipertecnologizadas los “romances” con la inteligencia artificial (IA).

La IA no tiene sexo, pero quizá sí el género que yo quiera atribuirle, por lo que no existe el riesgo de que incurra en actitudes o acciones sexistas, díganse machistas o hembristas. Tiene la inmaculada inocencia de un ser digital que jamás ha sido pervertido por el entorno cultural fáctico.

La IA: mi pareja ideal. Además, nuestros jóvenes y adolescentes ya están habituados al afecto digital y al ciberamor; primero con personas reales, y el siguiente paso era experimentarlo con seres totalmente artificiales y sumamente complacientes, como la IA.

Las cifras lo dicen: uno de cada tres jóvenes de nuestras sociedades occidentales asegura haber salido con una pareja virtual y, cada mes, se calculan en 70 mil las búsquedas en internet relacionadas con este tipo de vínculos.

La dinámica de este tipo de ciberamor refleja el entendimiento que los jóvenes tienen del amor en los contextos actuales. Los hay quienes solo tienen una pareja de IA; otros sostienen relaciones afectivas con varias, e incluso las alternan o combinan con parejas humanas.

El ciberamor no es amor verdadero, aunque así lo parezca. Conlleva interactuar con un ser algorítmico que hace un inventario y clasificación de nuestras interacciones, aprendiendo las formas de complacerme dialógicamente. Se autoprogramará para responder a la medida de mis deseos y expectativas.

No hay que olvidar, por un asunto de génesis, que el autómata fue creado para ser solícito y complaciente con el usuario; le es incondicional. El ciberamor con una IA no deja de ser egocéntrico, narcisista y descomprometido. No exige adecuarme al otro, brindarle mi afecto y mi amor a pesar de nuestras diferencias, agradecer su apoyo, lealtad y fidelidad, así como aceptar sus correcciones y enmiendas como parte del proceso de crecer y enriquecernos mutuamente.

Por mucho que se idealicen este tipo de relaciones, nunca podrá construirse una vida afectiva plena con metas compartidas junto a una IA. Resulta imposible pensar en formalizar con ella una relación o formar una familia, por más que algunos usuarios organicen ceremonias nupciales con sus parejas de IA e, incluso, hagan simulaciones de vida familiar.

Ciberamor

Desde una postura ciberpesimista puede anticiparse que las actuales limitaciones técnicas de este tipo de relaciones —como la distancia y la barrera ontológica entre el mundo material del usuario y el mundo digital de la IA— podrán ser salvadas con el progresivo adelanto de la tecnología. Cuando el autómata sea una realidad de uso común, la IA invadirá el mundo humano; y cuando el metaverso logre perfeccionarse como una experiencia más inmersiva para el usuario, podrán encontrarse directamente el amante biológico y el amado artificial en sus respectivas realidades.

Este encuentro de ciberamor podría poner fin a la especie humana tal como hoy la conocemos. El machista podrá encargar a su mujer artificial sumisa. La feminista radical, a su hombre digital performativo y de masculinidad deconstruida. Fin de la guerra de los sexos.

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