Lo normal en la crianza de los hijos es que reciban cuidados parentales, protección y atenciones. Desde nuestra inmadurez cognitiva y emocional, experimentamos esas manifestaciones como claras expresiones del amor incondicional de nuestros progenitores.
El niño, en su indefensión temprana, ve satisfechas todas sus necesidades dentro del entorno familiar, incluidas las afectivas. El sustento emocional no termina en las figuras paternas; se complementa con el cariño de los hermanos, con quienes compartimos la misma sangre o carga genética.
Existe en el niño un componente autorreferencial y narcisista en estos afectos, en un sentido casi instintivo, que reconoce la procedencia de ese amor. El amor fraternal es menos incondicional, pero conserva un importante rasgo de gratuidad: se recibe simplemente por existir. La familia extensa, al reconocer al niño como parte de ella, también le dispensa afecto y protección, empezando por los abuelos.
Al explorar el mundo más allá de la esfera familiar, la empatía con nuestros iguales, la simpatía hacia quienes admiramos y las relaciones que establecemos en la comunidad, la escuela, la iglesia o los espacios de convivencia nos enseñan que el amor constituye un elemento esencial de nuestra necesidad de vincularnos con los demás.

Recibimos y damos afecto a amigos, compañeros y vecinos bajo el signo de la comunidad. Aprendemos a amar al grupo social al que pertenecemos, el cual, al igual que la familia, nos protege, nos nutre y contribuye a nuestra formación.
La siguiente gran lección sobre el amor llega durante la pubertad y posteriormente en la adolescencia y la juventud, cuando despierta el eros como una pulsión que nos conduce hacia el otro. En esa complementariedad encontramos plenitud y satisfacción emocional.
El amor de pareja conserva algo de ese amor tribal —familiar y comunitario—. Es un llamado tanto cultural como instintivo a iniciar un nuevo proyecto de vida, a formar un núcleo familiar propio, tal como lo ha hecho la humanidad desde hace miles de años.
En síntesis, el amor que recibimos y damos mejora en calidad en la medida en que se vuelve más desprendido y generoso, sin distinguir si se dirige a nuestros iguales o a quienes son diferentes. Como signo de madurez, se espera que el amor evolucione hacia formas cada vez más desinteresadas. Se ama a la familia, a la patria, a la pareja y, para muchas personas creyentes, también a Dios. En su expresión más elevada, todas estas modalidades de amor implican entrega e incondicionalidad, sin esperar una ganancia o una estricta reciprocidad.
Sin embargo, algo ha ocurrido con el amor en la postmodernidad. Se ha distanciado de los principios culturales, morales y religiosos que el cristianismo imprimió en él y que San Pablo describió magistralmente en su primera carta a los Corintios: «El amor es paciente, es servicial; no tiene envidia, no presume ni se engríe, no busca su propio interés…».
Para los parámetros utilitaristas de la sociedad contemporánea, el amor debe desprenderse de esas cualidades que un pasado excesivamente romantizado le atribuyó y convertirse, como diría Zygmunt Bauman, en un amor líquido, capaz de fluir dentro del mercado global de los afectos digitales.
En sociedades profundamente mercantilizadas y tecnologizadas, los afectos también han ingresado en una dinámica clientelar marcada por el exigencialismo, una lógica que cosifica tanto al consumidor como al “producto” involucrado en la transacción afectiva.
Así como un comprador busca obtener el máximo valor por su dinero al elegir una mercancía de calidad que satisfaga sus expectativas, algo semejante ocurre en el mercado global de los emparejamientos digitales. De esta lógica deriva lo que podría denominarse el síndrome de la pareja premium, un fenómeno que lleva a evaluar a la posible pareja mediante cálculos transaccionales: qué aporta, cuánto vale y qué beneficios puede ofrecer.
Todo lo aprendido sobre el amor en la familia, en la comunidad, en la escuela y en la iglesia entra entonces en tensión con esta nueva lógica mercantilizada de los afectos.
Como varón, se espera que logre una posición económica, acumule patrimonio y alcance el éxito suficiente para aspirar a una novia o incluso a una “esposa trofeo”, expresión que revela la cosificación femenina al convertirla en un símbolo de estatus destinado a exhibirse ante los demás.
A la inversa ocurre algo semejante. Las llamadas “mujeres de alto valor” elaboran extensas listas de exigencias y esperan encontrar al príncipe encantador capaz de financiar el estilo de vida que consideran merecer: viajes, restaurantes exclusivos, joyas, ropa de marca y otros signos de estatus. En estas negociaciones entre la apariencia y el dinero, las virtudes tradicionales del amor terminan convirtiéndose en un obstáculo.

Crecer juntos como seres complementarios, buscando el bien y la felicidad del otro, exige paciencia, confianza y capacidad de sacrificio. Supone apostar por un proyecto compartido cuyo fundamento sea el amor desinteresado. Hoy, en cambio, parece imponerse la lógica contraria. En una cultura dominada por la inmediatez, queremos cosechar antes de haber sembrado. El “primero yo” se convierte en el principio rector de unas relaciones orientadas a satisfacer deseos y exigencias personales.
La superficialidad y la trivialización del amor encuentran un terreno fértil en la cultura digital. Hoy es posible encontrar pareja mediante aplicaciones como Tinder, Badoo o Bumble con una rapidez nunca antes vista. Estas plataformas renuevan constantemente su catálogo de perfiles, provocando lo que la psicología denomina una sobrecarga de elección.
Paradójicamente, sufrimos por la abundancia de opciones. Antes de decidir aparece la duda: ¿estaré eligiendo correctamente? Y después de elegir surge otra aún más inquietante: ¿no aparecerá mañana alguien mejor?
Este es uno de los grandes dilemas afectivos que enfrentan muchos millennials y centennials en una cultura donde el amor ha sido profundamente influido por el exigencialismo y la mercantilización de los vínculos.
Bajo estas reglas, el “amor para siempre” deja de ser un ideal. Del mismo modo que un cliente puede devolver una mercancía por una mínima insatisfacción, el amor mercantilizado invita a descartar a la pareja ante el menor defecto, desacuerdo o incumplimiento de expectativas.
La sobreabundancia de citas termina generando fatiga emocional, ansiedad, frustración y una profunda sensación de vacío y soledad, incluso en una época caracterizada por la hiperconectividad.
El amor a Dios, a la patria, a la familia y a la pareja poseen características distintas. Sin embargo, todas estas formas de amar deberían compartir un mismo fundamento: la generosidad, la entrega, la paciencia y el compromiso. Solo así será posible rescatar al amor del exigencialismo y de la mercantilización que lo han vuelto cada vez más líquido, volátil y efímero.