Una cita para el retoque de pestañas. La manicura de cada tres semanas. Un tratamiento para el cabello. El labial de moda. Una bolsa de diseñador. La escena podría describir a una influencer, una estudiante universitaria o una ejecutiva. Sin embargo, también podría pertenecer a una sicaria.

Esa es una de las contradicciones más inquietantes de la violencia contemporánea en México. Durante años, el imaginario colectivo construyó al asesino como un hombre rudo, de aspecto amenazante y con una vida marcada por la clandestinidad. Pero cuando las protagonistas son mujeres, la realidad rompe por completo con ese estereotipo. Muchas de las sicarias detenidas o identificadas por las autoridades aparecen con extensiones de pestañas, uñas acrílicas, labios perfilados, cabello perfectamente arreglado y una imagen que podría pasar desapercibida en cualquier salón de belleza.
La estética, lejos de ser un detalle superficial, se ha convertido en uno de los elementos que más llama la atención de un fenómeno del que, paradójicamente, se sabe muy poco. Mientras la figura del sicario hombre ha sido estudiada por periodistas, criminólogos e investigadores durante décadas, la vida cotidiana de las mujeres que participan en organizaciones criminales sigue siendo, en gran medida, un territorio desconocido.
La estética también comunica poder
El cuidado de la imagen no parece ser una casualidad. Al igual que ocurre con los hombres que forman parte del crimen organizado —quienes suelen asociar el éxito con relojes de lujo, camionetas blindadas, armas personalizadas o ropa de marcas exclusivas—, muchas mujeres construyen una identidad donde la feminidad también comunica estatus, pertenencia y poder.
No significa que todas las sicarias respondan al mismo perfil ni que exista un “uniforme” dentro de los grupos criminales. Sin embargo, la llamada estética buchona ha terminado por convertirse en uno de los símbolos más visibles de la narcocultura. Cabello largo, maquillaje impecable, uñas largas, perfumes costosos y ropa llamativa forman parte de una imagen que las redes sociales han ayudado a viralizar.
TikTok e Instagram están llenos de videos que romantizan esa apariencia. Mujeres maquillándose al ritmo de corridos, recreando atuendos inspirados en esposas o parejas de narcotraficantes, mientras la línea entre la moda, el entretenimiento y la realidad se vuelve cada vez más difusa.
Sabemos más de sus uñas que de sus vidas
Quizá lo más llamativo no sea su apariencia, sino el enorme vacío de información que existe alrededor de ellas.
¿Cómo es el día a día de una sicaria? ¿Tiene un horario? ¿Descansa algún día? ¿Quién le da una orden? ¿Puede rechazar una misión? ¿Tiene vacaciones? ¿Qué sucede cuando se enferma? ¿Puede abandonar la organización si así lo desea?
Las preguntas parecen sencillas, pero las respuestas son escasas. A diferencia de cualquier empleo formal, el crimen organizado no tiene reglamentos públicos, prestaciones ni protocolos conocidos. Cada organización establece sus propias reglas, las cuales permanecen ocultas incluso para las autoridades.
Los testimonios disponibles provienen, en su mayoría, de expedientes judiciales, investigaciones académicas o entrevistas aisladas con mujeres que lograron salir de estas estructuras. Esa falta de información ha alimentado el misterio y, en algunos casos, la romantización de su figura.
La maternidad, el tema del que casi nadie habla
Hay una pregunta que aparece con frecuencia cuando se habla de mujeres dentro del crimen organizado y que, sin embargo, rara vez encuentra respuesta: ¿qué pasa si una sicaria decide convertirse en madre?
No existen licencias de maternidad, incapacidades ni derechos laborales. Las organizaciones criminales no funcionan bajo ninguna legislación que proteja a sus integrantes. Lo poco que se conoce indica que cada grupo decide cómo actuar.
Algunos testimonios señalan que ciertas mujeres continúan participando en actividades delictivas durante el embarazo. Otras son trasladadas temporalmente a labores de vigilancia, logística o halconeo, mientras que algunas dejan el cuidado de sus hijos en manos de madres, hermanas o abuelas para poder continuar dentro de la organización.
También existen casos de mujeres que intentan abandonar el grupo al convertirse en madres, aunque hacerlo suele implicar riesgos importantes para ellas y sus familias.
Más allá del estereotipo de la mujer armada, la maternidad abre una dimensión de la que casi no se habla y que revela hasta qué punto estas organizaciones atraviesan todos los aspectos de la vida de quienes las integran.
Entre la violencia y la vida cotidiana
Otra de las grandes incógnitas es cómo conviven dos realidades aparentemente incompatibles. Una mujer puede pasar la mañana llevando a su hijo a la escuela, acudir después al salón de belleza y, horas más tarde, participar en una operación criminal. No porque lleve una “doble personalidad”, sino porque el crimen organizado se ha infiltrado en la vida cotidiana de formas mucho más complejas de lo que solemos imaginar.
Eso explica por qué tantas personas sienten desconcierto cuando se difunden fotografías de mujeres detenidas por delitos de alto impacto. La reacción suele centrarse en su apariencia física antes que en los delitos que presuntamente cometieron. Como si unas pestañas postizas o un maquillaje impecable fueran incompatibles con la violencia extrema.
El riesgo de convertirlas en un personaje
Series, corridos, películas y redes sociales han contribuido a construir la figura de la sicaria como un personaje casi aspiracional. La mujer joven, atractiva, bien vestida y armada se ha convertido en una imagen recurrente de la narcocultura.
Sin embargo, especialistas advierten que esa representación puede ocultar una realidad mucho más dura. Muchas mujeres que ingresan al crimen organizado lo hacen en contextos de pobreza, violencia familiar, coerción o falta de oportunidades. Otras ocupan posiciones de poder, pero siguen formando parte de estructuras profundamente jerárquicas y dominadas por hombres, donde también enfrentan violencia, control y abuso.
Reducirlas a una imagen estética no sólo simplifica el fenómeno, sino que invisibiliza las condiciones sociales que permiten su incorporación a estas organizaciones.
El verdadero contraste
Quizá la pregunta nunca debió ser cómo una mujer puede llevar uñas perfectamente cuidadas y, al mismo tiempo, asesinar.
La pregunta es por qué seguimos convencidos de que la violencia tiene una apariencia reconocible.
Las sicarias desafían esa idea porque demuestran que el mal no siempre viste de negro, no siempre intimida a primera vista y no siempre responde a los estereotipos que el cine o la televisión construyeron durante décadas.
Mientras seguimos hablando de sus pestañas, sus labios o su ropa, seguimos sin entender cómo viven, cómo llegan ahí, qué las mantiene dentro y qué posibilidades reales tienen de salir. Y quizá ese vacío de respuestas sea mucho más inquietante que cualquier fotografía tomada al salir de un salón de belleza.