La muerte violenta del creador de contenido César —quien fue asesinado recientemente— volvió a poner sobre la mesa un término que cada vez aparece con mayor frecuencia en México: narcoinfluencer. El caso se suma a otros episodios que han alimentado el debate sobre la relación entre algunos creadores de contenido y el crimen organizado, como el asesinato de la tiktoker Valeria Márquez o la difusión de una lista con presuntos colaboradores de Los Chapitos en Culiacán.

Aunque no existe una definición legal del concepto, el término narcoinfluencer se utiliza para describir a personas que generan contenido en redes sociales y cuya imagen, estilo de vida o relaciones están vinculadas —o son percibidas como vinculadas— con integrantes de grupos del crimen organizado. En algunos casos, esa conexión es únicamente una especulación impulsada por usuarios de internet; en otros, existen investigaciones oficiales o señalamientos de autoridades. La diferencia entre ambos escenarios es fundamental.
¿Qué es un narcoinfluencer?
Un narcoinfluencer no es necesariamente una persona que participa directamente en actividades criminales. El concepto suele abarcar a creadores de contenido que muestran o normalizan un estilo de vida asociado con organizaciones del narcotráfico: vehículos de lujo, armas, fajos de dinero, joyería costosa, fiestas privadas, viajes en aeronaves, animales exóticos o acceso a círculos exclusivos vinculados con figuras del crimen organizado.
También incluye a quienes realizan publicidad para personas investigadas por narcotráfico, promocionan negocios utilizados presuntamente para el lavado de dinero o mantienen relaciones sentimentales o de amistad con integrantes de estos grupos, convirtiéndose en personajes públicos dentro del ecosistema digital del narcotráfico.
Las plataformas como TikTok, Instagram, Facebook o YouTube han facilitado que estas figuras acumulen cientos de miles o incluso millones de seguidores, transformando un fenómeno antes limitado a los narcocorridos en un universo audiovisual que documenta, glamuriza o monetiza la cultura del narco.
Entre la fama y el riesgo
Especialistas en seguridad han advertido que la exposición pública representa un riesgo adicional para quienes aparecen asociados con organizaciones criminales.
Las disputas entre cárteles ya no sólo se libran por territorios o rutas de trasiego; también alcanzan las redes sociales. Fotografías, transmisiones en vivo, colaboraciones o simples interacciones digitales pueden ser interpretadas como muestras de cercanía con un grupo criminal, generando amenazas tanto en el mundo virtual como fuera de él.
En algunos casos, los propios grupos delictivos utilizan las plataformas para enviar mensajes, presumir poder económico o construir una narrativa de éxito que puede resultar atractiva para jóvenes usuarios.

El caso de Valeria Márquez
Uno de los casos que más impacto generó fue el de la influencer Valeria Márquez, asesinada mientras realizaba una transmisión en vivo desde su negocio en Zapopan, Jalisco.
Tras el crimen comenzaron a circular múltiples teorías sobre los posibles móviles del asesinato y supuestas relaciones con integrantes del crimen organizado. Sin embargo, hasta ahora las autoridades no han confirmado públicamente que el homicidio estuviera relacionado con actividades del narcotráfico, por lo que muchas de las versiones difundidas permanecen en el terreno de la especulación.
El caso evidenció cómo las redes sociales pueden amplificar rumores y construir narrativas antes de que concluyan las investigaciones oficiales.
César y la conversación que volvió a abrirse
La muerte del creador de contenido César reactivó nuevamente la discusión sobre los llamados narcoinfluencers.
Tras su asesinato, usuarios comenzaron a debatir en redes sociales sobre la exposición que enfrentan algunos influencers vinculados —real o presuntamente— con integrantes del crimen organizado. Como ha ocurrido en otros casos, las publicaciones en internet mezclaron información confirmada con especulaciones, haciendo difícil distinguir entre hechos y rumores.
Su caso volvió a mostrar que la fama digital no necesariamente ofrece protección y que, cuando existen vínculos con organizaciones criminales o la percepción pública de que los hay, las redes sociales pueden convertirse también en un espacio de vigilancia y riesgo.
Los panfletos que exhibieron a influencers en Culiacán
En enero de 2025, cuatro meses después del inicio de la confrontación entre las facciones de Los Chapitos y Los Mayos, la ciudad de Culiacán amaneció con decenas de panfletos distribuidos en distintos puntos.
En ellos aparecían los nombres y fotografías de 25 personas, entre políticos, empresarios, cantantes e influencers, a quienes los autores del documento acusaban de tener presuntos vínculos con Los Chapitos.
La aparición de estos volantes generó una fuerte polémica nacional. Ninguna de las acusaciones contenidas en los panfletos constituyó por sí misma una prueba judicial, pero el episodio reflejó cómo los conflictos entre organizaciones criminales también se trasladan al terreno de la opinión pública y las redes sociales, donde la reputación puede convertirse en un objetivo más de la disputa.
Un fenómeno que refleja la evolución del narcotráfico
Para especialistas, los narcoinfluencers representan una evolución de la llamada narcocultura. Si durante décadas ésta se difundió mediante corridos, películas o series de televisión, hoy encuentra en las plataformas digitales una forma mucho más inmediata de llegar a millones de personas.
La diferencia es que ahora los protagonistas ya no son personajes ficticios o músicos que narran historias, sino creadores de contenido que documentan su vida cotidiana y, en algunos casos, muestran una cercanía con figuras del crimen organizado.
Esta exposición ha abierto un debate sobre los límites entre la libertad de expresión, la monetización del contenido y la posible normalización de organizaciones responsables de altos niveles de violencia en el país.
Mientras las autoridades continúan investigando diversos casos, el fenómeno de los narcoinfluencers sigue creciendo en el ecosistema digital mexicano, donde la búsqueda de popularidad puede cruzarse con uno de los contextos de mayor riesgo: el del crimen organizado.