Guadalajara

Nos preguntó si podía leer un cuento. Por supuesto, dijimos todos y pasamos del asombro a la admiración y en mi caso a agradecer la oportunidad de ver ante mis propios ojos, el milagro de la creación

A quien corresponda: Simplemente Darío

En mis más de veinte años de impartir talleres de creación literaria en la Sogem, he tenido el gran privilegio de ver nacer y crecer a muchos alumnos, hasta convertirse en escritores. Pero este verano, especialmente, he disfrutado mucho con un grupo muy rico por su variedad: tengo alumnos de tres generaciones, desde la tercera edad hasta dos niños de 13 y 14 años: Verónica Ascencio y Darío Sebastián. Dos pequeños seres extraordinarios que nos han dejado a todos perplejos por su talento, su madurez y su indudable intuición.

De Vero ya he comentado uno de sus cuentos “El último vagón”, ahora quiero presentar a Darío, cuyo cuento por… ¿una coincidencia? se titula “La última puerta”. Las palabras último y última tienen una interpretación filosófica.

Darío llegó a mí como una revelación y lo recibí sin dudarlo, por la fe que tengo en el ser humano, y no me defraudó.

Al principio de la clase estuvo atento, escuchando, observando, hasta que tomó la palabra y con toda seguridad empezó a comentar los textos de sus compañeros, los había comprendido perfectamente. Su lenguaje y su sensibilidad rebasaban sus catorce años y los ochenta míos.

Enseguida nos preguntó si podía leer un cuento. Por supuesto, dijimos todos y pasamos del asombro a la admiración y en mi caso a agradecer la oportunidad de ver ante mis propios ojos, el milagro de la creación.

Desde el título: “La última puerta”, su cuento nos lleva a reflexionar: está lleno de sugerencias, de símbolos, la puerta es la entrada o la salida al… ¿más allá?

Lo dejo a su interpretación.

Gracias Vero, gracias Darío, por la oportunidad que me han dado de vislumbrar la riqueza que llevan dentro. Ambos llevan un nombre que los define: Verónica, la que limpió el rostro de Jesús con su paño, donde quedó grabado el rostro de Dios.

Y Darío, nada menos que el de uno de los grandes entre los grandes.

Yo solo pido no perder la capacidad de asombro que me mantiene viva.

Amorosamente, Martha.

(Lee aquí el cuento de Darío Sebastián: La última puerta)

Martha Cerda

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