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La Inteligencia Artificial: una revolución por venir en el aprendizaje y la formación de niños, adolescentes y jóvenes

La Inteligencia Artificial (IA) marcará un hito en la historia de la humanidad. Prodigio de la inventiva humana, pronto escalará en su progresivo perfeccionamiento a la categoría de superinteligencia cuando, inexorablemente, sea capaz de razonar, calcular y quizá incluso reflexionar mejor que nosotros. Ya Elon Musk advirtió que hay que desacelerar el desarrollo de la IA para darnos tiempo a asimilarla y acostumbrarnos a ella.

Con la temprana industrialización surgió el proletariado, el trabajador de las fábricas, quien según Karl Marx vendría a incendiar el viejo mundo para hacerlo renacer en una utopía comunista. Con el advenimiento de Internet y de la tecnología digital nació el internauta de la sociedad de la información, desplazado en dos espacios: el fáctico o material y el virtual.

Ya lo dijo Nicholas Carr: la tecnología de proximidad, como los gadgets que nos circundan (nada más periférico a nosotros que el smartphone), nos moldea y transforma en nuestra cognición y biología. Internet ha afectado nuestra capacidad de aprender, así como en su momento lo hizo la televisión, según las afirmaciones de Giovanni Sartori.

Con la IA ocurrirá exactamente lo mismo: será el factor eficiente y determinante de una reconstitución de nuestras estructuras cerebrales al irnos habituando a su utilización cotidiana. Con su empleo, nuestras creaciones intelectuales, científicas y artísticas alcanzarán altos niveles de perfección sin demandarnos un esfuerzo excesivo.

He aquí el meollo del asunto: la IA nos puede malcriar creativamente como consecuencia de su enorme poder generativo. Ella lo hace todo fácil, sin errores y en poco tiempo. ¿Necesitas un plano para una casa? Lo genera con prontitud siguiendo los comandos del usuario; igual ocurre con un texto: ¿quieres una tesis, un artículo, un ensayo? Dale las directrices y exigencias y líbrate de investigar, reflexionar y redactar.

Imagina cualquier tarea intelectual o creativa y, sin duda, la IA la podrá realizar. Como el padre que todo facilita al hijo, impidiéndole conocer la frustración que le enseña a corregirse, esmerarse y replantear, con la IA existe el riesgo de que nos volvamos demasiado dependientes. Esta dependencia podría ocasionar nuestra disminución intelectual, la merma de nuestra capacidad crítica y de nuestras destrezas creativas.

Mejoran nuestras máquinas y empequeñecemos los seres humanos. ¿En qué degenerará el actual internauta (el humano adicto a Internet que necesita con fruición revisar sus estados, notificaciones y mensajes en sus redes sociales)? ¿Cómo será el nuevo hombre resultado de esta nueva tecnología?

Pues ese nuevo hombre ya está en construcción y, así como su antecesor reclamó el libre acceso y uso de Internet, él hará lo mismo con la IA. Los centennials (nacidos entre 1995 y 2010) y los alfas (de 2010 a 2025) nada los angustia más que perder conectividad, que se caiga Internet o que se les acaben los datos. Hay una generación por venir, la beta (2025 en adelante), que está destinada a interactuar todo el tiempo con la IA. Las demás generaciones, incluidas las más viejas, no somos ajenas a este adelanto tecnológico; pero los betas crecerán y serán educados con la IA.

El beta ya no será arrullado para conciliar el sueño con la lectura de un cuento impreso en un libro, o inventado con amor e ingenio por sus padres; ya existe una IA que, con un prompt o con unas indicaciones básicas como personajes, situación y mensaje, escribe y narra el cuento con imágenes incluidas.

En dichas etapas, teorizó el pedagogo ruso Lev Vygotski, el niño aprende gracias a la interacción social con sus mayores e iguales e interioriza esas experiencias, aprendiendo así a integrarse a su entorno humano. Ahora imaginemos a este primerizo ser conviviendo temprano con la IA. ¿Cómo será su desarrollo psicosocial bajo la directriz de un no humano, un no vivo, una criatura totalmente artificial regida en sus reacciones y conversaciones por algoritmos?

Según datos de la UNESCO, el 50% de los países han puesto ya algún tipo de restricción al uso de teléfonos celulares en los espacios áulicos. La medida dio resultados favorables para la niñez: mayor concentración, mejor rendimiento en los exámenes y aumento del juego físico en los recreos.

Países como Australia y luego Francia han establecido los 16 años como edad mínima para inscribirse en una red social. Todas estas medidas afectan, o mejor dicho benefician, a los alfas. Los gobiernos y las sociedades del mundo han tomado conciencia de que la sobreexposición a la tecnología resulta nociva en el desarrollo de las infancias.

Ahora hay que mirar hacia la IA; así como tenemos menores de edad cibernautas con todo lo riesgoso que resulta hoy el ciberespacio, nuestros niños, sin dificultad, pueden ya estar interactuando con total libertad con IA. Como reaccionar —con miedo, prudencia o indiferencia— ante esta realidad es clave. Padres y maestros debemos poner atención. El aprendizaje de las primeras letras, de las operaciones básicas aritméticas, de las normas básicas de convivencia… ¿puede la IA ser un aliado o un obstáculo?

La UNESCO se muestra optimista: dice que la implementación de plataformas adaptativas, asistentes virtuales y sistemas de evaluación automáticos puede ayudar a personalizar la enseñanza, adecuando el proceso de aprendizaje a las características y capacidades de cada niño. En primaria, el educador usa la IA para realizar sus planeaciones, mejorar sus materiales didácticos y documentarse.

Todo bien. El problema lo encontramos a nivel secundaria, preparatoria y universidad con nuestros estudiantes adolescentes y jóvenes de las generaciones Alfa y Z. Es una realidad quizá irreversible que los adolescentes y jóvenes están haciendo uso de la IA en sus deberes escolares: requieren leer y analizar un texto: fácil que se lo haga ChatGPT, Gemini, Copilot... Estos apoyos, como atajos y salidas fáciles, podrían perjudicar sustancialmente el proceso de aprendizaje de los estudiantes.

Veamos por qué. Para las generaciones anteriores a la Y o millennials, los migrantes digitales de más de 40 años pulieron sus habilidades lectoras, reflexivas, críticas y analíticas con los libros, periódicos y revistas de las bibliotecas y hemerotecas; si tenías recursos, comprabas tus materiales bibliográficos en las librerías y puestos de revistas.

Vino Internet, y Google se encarga de buscar por uno; los nativos digitales perdieron aprecio por el papel y privilegiaron la lectura en digital. Con la IA estos nativos digitales —y no digamos los betas— lo tienen todo servido: la búsqueda y el procesamiento de la información. Nuestros estudiantes se pueden volver muy dependientes de estas nuevas tecnologías y ver mermadas sus capacidades intelectuales por consecuencia.

Por la pereza o quizá por la incapacidad de buscar por sí mismos la información, pueden terminar aceptando acríticamente los resultados que les genere la IA. La IA no es del todo neutral: tiene sesgos e inexactitudes que originan desinformación.

También está el problema de la desigualdad entre quienes tengan acceso a estos adelantos tecnológicos y quienes no. Las versiones gratuitas de la IA son limitadas; si quieres más capacidad y calidad en la ejecución de tareas y en la generación de trabajos, inevitablemente tienes que pagar. El niño o joven con recursos puede sacar todo el provecho a la IA y aventajar en su “desempeño” escolar a quienes apenas tienen para comprarse un celular o una computadora de gama baja.

Desde la secundaria —y más aún en preparatoria y universidad— los profesores, con la llegada de Internet, se tuvieron que cuidar del plagio o del ya clásico copiar y pegar. Con la IA, los estudiantes sin ningún esfuerzo obtienen textos, diseños y cálculos impecables. El profesor ahora tiene que cuidarse de estas nuevas formas de resolver tareas de sus educandos.

Si el estudiante es de los que aún escriben sus ensayos, informes o artículos, tiene en la IA a su corrector de estilo más eficaz: adiós errores ortográficos, sintaxis impecable y estilo pulido. Lo que la IA hace por ellos, el estudiante ya no lo desarrolla por sí mismo.

A nivel universitario, gran parte de la formación recae en la experiencia de ser prestador de servicio o auxiliar de investigación con algún catedrático que, empleándote en sus investigaciones, te fuera formando. Con la IA esto ya no será necesario y se perderá esa interacción educando–educador. Como investigador requiero ser asistido en la revisión de múltiples artículos, libros e informes, incluso en distintos idiomas; en vez de valerme de un asistente de investigación, se lo pido a una IA que me extraiga citas y realice por mí resúmenes e incluso análisis y críticas.

En los terrenos educativos y también en los demás —sociales, emocionales, afectivos y hasta espirituales— debemos ser prudentes con el uso de la IA. Es una herramienta poderosa y eficaz, tanto que tiene el poder de enajenarnos, anquilosarnos mentalmente y hasta deshumanizarnos y por qué no de transformarnos en un nuevo hombre: el Homo algorithmi.

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