Los detectives salvajes es una buena lectura; disfrutable, lo que es mucho más cierto si, en alguna de las últimas décadas, se ha pasado por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Pero de allí a que sea una parada indispensable para valorar la literatura latinoamericana, hay distancia y es, francamente, mucha.
Los detectives no pueden equipararse con lo hecho por García Márquez o Cortázar como se ha intentado. Esa equiparación sólo puede nacer, desde mi humilde punto de vista, a partir de un hábito de lectura poco enraizado. Hay que desconocer a profundidad lo que se ha escrito en los años en los que Bolaño escribió esta obra para suponer que puede ser una suerte de cúspide.
De hecho, la novela no es en sí el problema, así que no es el cotejo de esta obra lo que debe hacerse para cuestionar el culto que se ha generado en torno al escritor y este texto; la revisión ha de recaer en lo que les rodea a fin de no caer en una trampa cuidadosamente tendida.
Aclaremos: Lo que llega a decirse de Los detectives puede compararse con las reseñas de cine que mandan las distribuidoras a prensa y redes sociales para unificar “lo que se sabe” del film. Bolaño y esta novela están plagados de un aparato propagandístico similar en el que, una y otra vez y bajo los mismos argumentos, se repite la importancia que tienen.
Lo que puede decirse de Detectives para encumbrarla en un sentido bolañesco, es que se trata de la mejor novela jamás concebida en el Aeropuerto (el primer piso) de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
Aquí hay un elemento a destacar sin ironía alguna. El Colegio de Letras Hispánicas de dicha Facultad, fue fundado con la pretensión de ser un centro de análisis de la pujante literatura en lengua castellana, pero también se quería que fuera forjadora de nuevos escritores. Bolaño materializó esas pretensiones.
Y claro que esto tiene su valor, pues, como se afirmó ya, la novela y el autor no son el problema. Detectives es un texto bueno y leerla es recomendable. Pero no tiene nada que ver con el aura que, interesadamente, se ha creado en torno a su autor.
No por nada, los papeles que dejó Bolaño tras su prematura muerte (y que son miles y miles de cuartillas) son manejados por un promotor editorial al que llaman El Chacal. En ese contexto, es previsible que nuevas obras, póstumas, nos lleguen y vengan seguidas de un homogenizado elogio a un contenido increíblemente único e imprescindible.
Habrá que aclarar que no todo lo que se oye de este autor debe etiquetarse como propaganda. Las referencias de Juan Villoro a la obra de Bolaño o las múltiples anécdotas de su personalidad son, sin duda, algo que puede enriquecer la lectura de su obra.
Un buen hábito de lectura, ser un devorador de libros, debe incluir a Bolaño y sus Detectives salvajes. Y, toda vez que lo mejor sería que hubiese millones de devoradores de libros en el país, esta obra debería ser leída por todos. Finalmente se trata de una novela que vale y vale mucho, pero lo hace por lo que se encuentra al abrir las páginas, no por esas rarísimas propagandas que buscan conscientemente convertir a Bolaño en un autor de culto, algo que él ni siquiera pudo atestiguar antes de morir en 2003.