Mucho antes de que Bong Joon-ho se hiciera universal por su película Parásitos (2019), había dirigido una joya cinematográfica policial de más de dos horas de duración. La llamó Memorias de un asesino (2003) y, por azares del destino, terminé usando este film como parte de un curso extracurricular impartido para la primera generación de egresados de una academia policial.
Una de las entidades federativas del país, omitiré cuál, había creado su escuela de policías para tratar de cambiar el rostro a su corporación de investigación judicial y los asistentes al curso estaban recién contratados en la procuraduría local.
Vayamos por partes. La película de Bong Joon-ho enfrenta a dos policías sudcoreanos; uno es de la vieja guardia, convencido de que puede conocer la culpabilidad de alguien mirándolo a los ojos. El otro es un creyente de las técnicas científicas. Las diferencias, por supuesto, no se limitan a eso, pues también estribaban en el uso de las calentadas y torturas a los sospechosos, así como las operaciones fast track para que el primer detenido se convirtiese en el culpable, fuese condenado y el caso quedara cerrado. No debo aclarar cuál de los dos mundos policiales optaba por estas técnicas.
La inclusión de la película en un curso de formación policial diseñado para elementos recién salidos de la academia, se debió justamente a la confrontación de ambos mundos. Y, muy en especial, a que en la película como en las calles mexicanas, ni la vieja ni la nueva guarda saldrán bien paradas. La persecución de la delincuencia es así, una batalla perdida de antemano, pero que se tiene que dar a pesar de todo. La policía sudcoreana retratada en el film y la mexicana a la que nos acostumbramos hasta entrado este siglo tuvieron en común estas características. Y, en ambos países, las policías son mejores (sin llegar, ni de lejos, a lo deseable), pero mucho mejores que lo existente hace 40 años.
Memorias de un asesino está disponible en los streamings existentes del país, aunque es probable que para verla haya que desembolsar una cantidad extra al no ser parte del catálogo sin paga de las suscripciones básicas. Aún así, es una treintena de pesos bien invertidos lo mismo porque se trata de una película bien hecha y resuelta, así como porque el espectador mexicano podrá ver el mundo de a quienes, sin mucho respaldo presupuestal o de personal, les encomendamos la resolución de los crímenes más horrorosos de nuestra sociedad.
El acuñamiento de un delito como el feminicidio no estaba finalizado cuando Bong Joon-ho filmó su Memorias de un asesino, pero la trama se desarrolla en torno a un feminicida múltiple. Y es sobre esos atroces asesinatos que el nuevo y el viejo mundo policial se cotejan y confrontan.
En México, en este mismo instante, la vieja guardia de investigadores, aunque en retroceso, sigue allí. Y la nueva guardia, apegada a métodos científicos, no termina de fraguarse. No terminó de madurar como generación (aunque individualmente, como siempre, hay casos notables) aquella camada de muchachos que conocí a través de un curso dado con motivo de su ingreso a la procuraduría. Los apoyos federales que debían traducirse para ellos en mayor sueldo y equipamiento (son esos fondos federales que la 4T desapareció), no fueron usados para su objetivo formal y el sueldo de estos jóvenes se fue pauperizando. Como sucede en la película, aun para el más creyente, la fe en el método policial y en el sistema de impartición de justicia tuvo que enfrentarse a durísimas pruebas. Recuerdo haber encontrado a uno de los muchachos en las proximidades de un juzgado y, después de un saludo afectuoso, me reveló su presencia en el lugar: había sido citado a declarar en los nuevos juicios orales, pero a pesar de su insistencia al fiscal para verificar que se hubieran concluido las pruebas periciales del caso, se le enviaba sin nada a enfrentar a la defensa. “Y los estímulos al sueldo nunca llegaron”, fue su última y amarga frase antes de ingresar al recinto.
En el caso de México, los intentos por formar esta generación fueron resultado de la influencia omnipresente de Genaro García Luna en las policías nacionales. Vilipendiado hoy, encerrado en EU no por lo que hizo (y que igual ameritaba cárcel), sino por historias inverosímiles que seguramente nunca sucedieron, en García Luna (o en Wilfrido Robledo, si se quiere llegar más lejos) está el origen de la nueva guardia policial mexicana.
García Harfuch es parte de ella, aunque hoy no esté bien visto decirlo.
La riqueza del cine radica en que lo mismo puede servir como referencia académica permanente que como detonante de una reflexión en torno a una coyuntura nacional. Memorias de un asesino es una de las cintas de Bong Joon-ho menos vistas en México y una de las que más debería verse. Sea esta una invitación para hacerlo.