Las historias mexicanas parecen atravesar un momento en el que mirar hacia lo propio dejó de significar repetir las mismas fórmulas. Con Mal de amores, adaptación de la novela de Ángeles Mastretta, Netflix se suma a una conversación que también han alimentado producciones como La captura y Nadie nos va a extrañar: la posibilidad de hacer cine y televisión en México a partir de personajes, contextos y conflictos nacionales sin renunciar a propuestas contemporáneas.
La adaptación de la obra de Mastretta lleva a la pantalla una historia ambientada en un periodo convulso de la historia de México y recupera una de las novelas mexicanas más conocidas de las últimas décadas. Publicada originalmente en 1996, Mal de amores sigue a Emilia Sauri, una mujer que crece en medio de los cambios políticos y sociales que desembocarían en la Revolución Mexicana, mientras enfrenta sus propias decisiones afectivas y el conflicto entre las expectativas de su época y su deseo de construir una vida distinta.
Su llegada al formato de serie coloca nuevamente en el centro una pregunta que atraviesa buena parte de las producciones nacionales recientes: ¿qué ocurre cuando las plataformas y los estudios apuestan por historias que no necesitan borrar su identidad mexicana para conectar con una audiencia amplia?
En ese sentido, Mal de amores comparte terreno con otras producciones que han demostrado que existe interés por relatos mexicanos capaces de moverse entre distintos géneros y épocas. Nadie nos va a extrañar, por ejemplo, recurrió a la nostalgia y a la adolescencia para contar una historia situada en el México de los años noventa, mientras que La captura se acercó a un episodio de la historia reciente del país desde el terreno del thriller y el drama.
Son propuestas muy diferentes entre sí, pero tienen un elemento en común: México no aparece solamente como escenario, sino como parte fundamental de las historias.
La apuesta también representa una alternativa frente a la idea de que una producción nacional necesita imitar modelos extranjeros para competir dentro de las plataformas de streaming. Los escenarios, las referencias culturales, las formas de hablar y los conflictos sociales pueden funcionar como elementos narrativos y no únicamente como decoración.
El interés por adaptar literatura mexicana para nuevos públicos también abre otra posibilidad: acercar obras que ya forman parte del imaginario nacional a espectadores que quizá no tuvieron contacto con ellas a través de los libros. En el caso de Mastretta, llevar Mal de amores a la pantalla significa trasladar una historia literaria conocida a un lenguaje audiovisual capaz de alcanzar a una audiencia distinta.
Y ahí está una de las claves del llamado “hecho en México” que parece encontrar mayor espacio: no se trata únicamente de producir en el país, sino de contar desde el país.
La diversidad de títulos recientes muestra que no existe una sola manera de construir una producción mexicana exitosa. Puede hacerse desde la comedia, la nostalgia, el thriller, la adaptación literaria o el drama histórico. Lo importante es que las historias tengan una identidad propia y que esa identidad no sea vista como una limitación, sino como parte de su atractivo.
Mal de amores se incorpora así a un panorama en el que las producciones mexicanas pueden mirar al pasado, recuperar personajes de la literatura nacional o explorar momentos específicos de la vida del país y, al mismo tiempo, construir relatos pensados para las audiencias actuales.
Más que preguntarse si las historias mexicanas pueden competir con las grandes producciones internacionales, la conversación parece estar cambiando hacia otra cuestión: qué historias de México todavía falta contar y cómo pueden contarse de nuevas maneras.