Como Herbert Marcuse lo explicaba desde los años sesenta del siglo pasado, la tecnología influye sustancialmente en nosotros. Ningún adelanto es inocuo: tiene sus repercusiones y puede influir en nuestros cuerpos y, más profundamente, en nuestra manera de entender e interactuar con el mundo.

Benedict Anderson menciona en su obra Comunidades imaginadas cómo los textos impresos, en particular el periódico, influyeron para que pueblos enteros, diversos o incluso divergentes en su conformación cultural y étnica, desarrollaran un sentido de nación. El periódico, en su innovación, tenía el poder de referir lo acontecido en todas las regiones, de frontera a frontera, creando un imaginario en el que todos, lectores o no, somos un mismo pueblo inscrito en una unidad geopolítica llamada nación.
La Generación Silenciada, nacida entre 1928 y 1945, creció como una generación lectora que descubrió el mundo hurgando en las bibliotecas y librerías, y sobre todo leyendo periódicos y revistas. Con ella corrieron los planes de alfabetización nacionales; la enseñaron a leer para que se cultivara e instruyera. Y aprendieron muy bien a deletrear y recitar el alfabeto completo… lo sabían y experimentaron: “la letra con sangre entra”.
Junto con el periódico, uno de sus principales distractores fue la radio, un instrumento propagandístico en los países totalitarios, como la Unión Soviética o la Alemania nazi… o un inestimable invento al servicio del mercado.
El cine también los entretuvo, empezando con el cine mudo y después con las grandes producciones de Hollywood; en el caso de México, se vivió la Época de Oro del cine mexicano.
Después de ella vino la generación de los boomers, nacidos entre 1945 y 1965. A ellos les tocó la llegada y el auge de los mass media, del medio masivo de comunicación por excelencia: la televisión… primero en blanco y negro y después a color, gracias al inventor jalisciense, orgullo también de México, el ingeniero Guillermo González Camarena.
La generación sobre la que tuvo más impacto la televisión no fue la boomer, sino su sucesora, la X, nacida entre 1965 y 1980. A la televisión se le aunaron otras innovaciones como la videocasetera, que llevó el cine a la casa, y después el cable, que multiplicó su número de canales. Giovanni Sartori describe a esta generación como el Homo Videns… la que dejó la letra y el fonema y los cambió por el video, por la imagen en la pantalla… la nueva ventana al mundo.
Los fragmentos del mundo que aparecían en el cinescopio recibían toda la validación epistémica: eran la verdad. Las imágenes no mienten, aunque estén constreñidas por el lente de una cámara. Tampoco nada daba más prestigio, reconocimiento y fama que salir en televisión: motivo de orgullo para el ciudadano común y privilegio de unos pocos artistas, comentaristas y conductores.

Vendría una nueva generación, los millennials, nacidos entre 1980 y 1995, cuyo nacimiento coincidió con la llegada a los hogares de las computadoras personales. En 1981 debutó la IBM PC y tres años después la marca de la manzana lanzó su Apple Macintosh, que popularizó el uso del mouse y las ventanas. Nacía el mundo digital y llegaban con él no solo las computadoras, sino también los videojuegos de la mano de empresas como Atari y, después, la japonesa Nintendo. Transitábamos como humanidad a la era digital. A partir de este hito o parteaguas nacerían las generaciones nativas digitales.
Antes del advenimiento de la era digital, haciendo un recuento: la Generación Silenciada le creía a su periódico, él forjaba su opinión, la opinión pública. El boomer confiaba en la radio e incipientemente en la televisión… La Generación X, el Homo Videns, esta sin recato ni miramientos se entregó al cinescopio, a ese que a criterio de una cadena o productor absorbía las imágenes captadas por el lente de una cámara o reproducía las animaciones creadas por los artistas en sus bastidores.
Llegó la computadora y ella se adueñó de la credulidad de las nuevas generaciones, las nativas digitales, empezando por los millennials. ¡Adiós a las enciclopedias en pesados tomos! En 1993 llegaba su actualización digital, Microsoft Encarta.
Pero aún faltaba un gran salto al mundo digital, el que dimos como humanidad con el Internet, cuya popularización inició en 1995 con el levantamiento de restricciones para su infraestructura y con el lanzamiento de Windows 95, que integraba la configuración de red directamente en el sistema operativo. La generación de los centennials, quienes nacieron entre 1995 y 2010, crecía mientras en sus casas comenzaba a instalarse Internet mediante la conexión por marcado telefónico (dial-up), abriendo la puerta a la interconexión doméstica que años más tarde se consolidaría con la llegada de la banda ancha.
Junto con el Internet, el aparato que revolucionó a esta generación fue el celular; ya había llegado con antelación, pero fueron los smartphones los que revolucionaron la cultura nativo-digital. En un inicio fueron de uso ejecutivo con BlackBerry, en el que se podía consultar el correo electrónico en tiempo real y usar algunas aplicaciones básicas. En 2007, la empresa Apple, de la mano de su fundador Steve Jobs, lanzó el iPhone, que eliminó el teclado físico e innovó con la pantalla multitáctil capacitiva y un navegador web real.

Como Sartori, no faltaron los científicos sociales que desacreditaron estas nuevas tecnologías advirtiendo sus efectos nocivos. Aparece la obra “Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?” (de Nicholas Carr), y en ella se perfila una nueva humanidad o generación: los superficiales. Ávidos de información y de ser entretenidos, hicieron del escroleo (el pasar verticalmente de una notificación a otra en el gadget o dispositivo electrónico) su hábito diario.
Llegaron las redes sociales y con ellas los influencers. En estos nuevos tiempos ya no te hacía famoso ni te daba credibilidad ante las audiencias tener una columna en el periódico o conducir un programa de radio o de televisión. ¡Adiós a los medios masivos de comunicación de la era analógica! Lo de hoy son las redes sociales y sus creadores de contenido, y con ellos los influencers. Esa es la aspiración para los nativos digitales: ser influencers.
Con un smartphone o tableta plagada de aplicaciones fueron criados los niños y adolescentes de la Generación Alfa, que vino al mundo entre 2010 y 2024. Es esa generación a la que le estamos restringiendo las redes sociales y el uso de smartphones en las escuelas bajo el pretexto de que son distractores que merman su capacidad de aprendizaje, además de ser precursores de estrés, ansiedad o depresión.
La revolución siguiente ya está aquí: es la Inteligencia Artificial (IA). Millennials, centennials y los alfas se habituaron al oráculo universal, el que resolvía todas las dudas y nos decía si alguien era importante: Google. ¡Adiós a los motores de búsqueda! Bienvenida la IA y el que será en un futuro su continente electrónico: el robot, el autómata, el androide. Como en su momento lo hicieron los periódicos, la radio, la televisión y las computadoras… ahora el turno de explicarles la realidad, tanto la virtual como la material, a las nuevas generaciones será tarea del algoritmo y de la IA.