Hay algo familiar en el sonido de un llanto que atraviesa un pasillo oscuro. En las películas de terror paranormal, muchas veces no hace falta ver a la entidad para reconocerla: basta escuchar el lamento de una mujer, seguir una silueta de cabello largo que aparece al fondo de una habitación o descubrir una figura femenina inmóvil en una esquina. El miedo tiene, en estos casos, voz de mujer.
No es una coincidencia aislada. Desde las leyendas populares hasta las producciones cinematográficas contemporáneas, el imaginario del terror ha recurrido repetidamente a mujeres muertas que regresan para atormentar a los vivos. Son madres que perdieron a sus hijos, esposas asesinadas, jóvenes que murieron violentamente o mujeres que arrastran una historia de sufrimiento. Su presencia suele estar vinculada con una tragedia que no terminó con su muerte.
La Llorona es quizá uno de los ejemplos más reconocibles de esta tradición en México y América Latina. Su llanto nocturno, su búsqueda interminable de sus hijos y su aparición cerca de cuerpos de agua la convierten en una figura que transita entre el dolor materno y la amenaza sobrenatural. No es simplemente un espectro: es una mujer cuyo sufrimiento se ha convertido en leyenda.
El cine ha retomado y transformado esa imagen. En El aro (2002), Samara Morgan es una niña cuya muerte violenta y abandono la convierten en una presencia vengativa que emerge de una cinta de video. En El conjuro (2013), Bathsheba Sherman representa otra figura femenina asociada con la brujería, la maternidad y una maldición que se extiende sobre una familia. En La maldición (2002), Kayako Saeki aparece como una entidad espectral cuyo lamento y movimientos imposibles construyen una de las imágenes más perturbadoras del J-horror.
En estas historias, el miedo no proviene únicamente de la aparición de un fantasma, sino de lo que representa: una vida interrumpida, una violencia que permanece y un dolor que se niega a desaparecer.
Esta construcción tiene una dimensión cultural. Históricamente, las mujeres han sido asociadas en distintas tradiciones narrativas con la maternidad, el cuidado, el hogar y la emocionalidad. Cuando el terror transforma esos atributos en elementos sobrenaturales, lo familiar se vuelve amenazante. La madre deja de ser protectora para convertirse en una presencia vengativa; la casa, tradicionalmente entendida como espacio de resguardo, se transforma en el escenario de una tragedia; el llanto, una expresión de vulnerabilidad, anuncia la llegada de algo peligroso.
La académica Barbara Creed exploró esta relación en su libro The Monstrous-Feminine: Film, Feminism, Psychoanalysis (1993), donde analiza cómo el cine de horror construye monstruos femeninos a partir de temores culturales relacionados con el cuerpo, la maternidad, la sexualidad y la reproducción. Aunque su estudio no se limita al terror paranormal, permite entender por qué lo femenino puede convertirse en una fuente tan recurrente de inquietud dentro del género.
Pero hay otra diferencia interesante cuando se observa a las entidades masculinas. En buena parte del imaginario paranormal, los hombres sobrenaturales suelen aparecer asociados con el demonio, la posesión o una fuerza maligna que irrumpe en la vida de los protagonistas. Mientras que la mujer fantasma suele tener una historia que contar —una muerte injusta, una pérdida, una traición—, el demonio masculino no siempre necesita un pasado humano: su función narrativa es representar una amenaza.
Películas como El exorcista (1973) o El conjuro (2013) muestran cómo la presencia demoníaca puede manifestarse como una fuerza que invade el cuerpo, altera la conducta y amenaza con destruir a quienes la rodean. En estos relatos, el mal no necesariamente tiene rostro de hombre, pero sí suele adoptar una figura de poder, dominio y agresión, en contraste con la figura femenina espectral asociada con el sufrimiento.
Esta diferencia también puede leerse como una distribución de los papeles del miedo: a las mujeres se les representa como víctimas que regresan, madres que no pueden descansar o cuerpos marcados por la violencia; a las entidades masculinas, en cambio, se les concede con frecuencia el lugar de la amenaza que ejerce esa violencia.
Por supuesto, no todas las películas responden a esta división. Existen fantasmas masculinos, entidades femeninas demoníacas y monstruos que escapan de cualquier clasificación. Sin embargo, la persistencia de estas imágenes revela que el terror paranormal no construye sus criaturas desde el vacío: utiliza temores sociales, religiosos y culturales que ya existen antes de que se apaguen las luces de una sala de cine.
Quizá por eso el llanto de una mujer en medio de la noche resulta tan reconocible dentro del género. No siempre anuncia la aparición de un monstruo; a veces anuncia la historia de alguien a quien la muerte no le permitió dejar de sufrir. Y, en el terror, pocas cosas resultan tan inquietantes como descubrir que aquello que regresa del más allá todavía tiene algo que reclamar.