Hubo un tiempo en que los libros de autoayuda reciclaban ancestrales ideas y prácticas orientales dándoles una contemporización que las hacía parecer novedosas y de vanguardia. Fueron los años dorados de la New Age que nos dieron a un Anthony de Mello con su Autoliberación interior.

Occidente se enamoró de la sabiduría de Oriente, pero el encanto no duró para siempre. Ciertos divulgadores de la filosofía descubrieron que en su propia tradición grecolatina había escuelas sapienciales, y que no teníamos que ser los eternos discípulos de taoístas, budistas o hinduistas. En el pasado filosófico de Occidente aparecían notables personajes y maestros como Zenón, Marco Aurelio y Séneca.
En estos últimos años se han publicado libros inspirados en la filosofía estoica, como “El pequeño libro del estoicismo: 55 prácticas para lograr paz, confianza y fortaleza” de Jonas Salzgeber y “Cómo ser un estoico: Utilizar la filosofía antigua para vivir una vida moderna” de Massimo Pigliucci. Se puso de moda, en plena época de la seducción de los excesos y el consumismo incontinente, el ser estoico.
En YouTube y en TikTok aparecieron coaches y maestros del estoicismo como Pepe García (El Estoico), Marcos Vázquez (Fitness Revolucionario), Pedro Vivar y Eduardo Infante. ¿Para qué buscar místicos orientales si aquí en Occidente, desde hace milenios, tenemos filósofos igual de válidos y profundos como maestros de sabiduría que nos enseñan a vivir correctamente con plenitud, realización y virtud?
Así como en la India tenemos iluminados o místicos pregonando la renuncia y la continencia, en la cultura grecolatina los sabios con igual función —también provenientes de las clases privilegedadas— serán los filósofos. Como lo sostiene Buda, uno de estos iluminados, la perfección está en el justo medio; de forma similar, los filósofos grecolatinos no hacen apología de la miseria y menos de la esclavitud, pero sí de vivir sin lujos, laureles ni potestad: ser feliz con lo necesario, sin excesos.

Estas ideas sobre cómo llegar a ser una persona virtuosa, es decir, libre y autónoma, las encontramos en la filosofía estoica, comenzando con su fundador, el griego Zenón, quien agradece que un naufragio lo despojara de todas sus riquezas. Arruinado en lo económico, pudo abrazar, como él mismo dice, el manto del filósofo y reconocer, aligerado de su otrora opulencia y estatus: “que la verdadera libertad y la virtud no necesitan de las posesiones terrenalmente acumuladas” (Zenón de Citio, citado en Long, 1986, p. 115).
Como refiere Schofield, Zenón tuvo la virtud de entender y señalar que la nobleza en el hombre no le viene de su posición social ni de su linaje; pertenecer a la élite griega como eupátrida o a la romana como patricio no otorga ninguna distinción real: el hombre verdaderamente rico y libre es el sabio capaz de abrazar la pobreza y la austeridad. Tal determinación requiere de verdadero valor y claridad de pensamiento; para alcanzarla, no obstante, a veces resulta indispensable atravesar una penuria o un naufragio (Schofield, 1991, p. 52).
Los estoicos no fueron hombres de vida contemplativa como los budistas o los pitagóricos, con quienes tenían cierta cercanía cultural. En el caso de los romanos, esta filosofía fue abrazada por patricios como Séneca, quienes no necesariamente renunciaban a sus rangos políticos, sociales o fortunas, pero aprendían la lección del desapego: conserva tus riquezas, pero aprende a poseerlas con la conciencia de que en verdad no las necesitas. O como dice Séneca, el filósofo que además fue mentor del emperador Nerón:
«Reserva unos pocos días en los cuales te alimentes con la comida más barata y vistas con una ropa áspera y humilde, y dite a ti mismo: “¿Era esto lo que temía?”. Nadie es digno de Dios si no ha despreciado las riquezas; no te prohíbo poseerlas, pero quiero que las poseas sin temor, lo cual solo lograrás si te convences de que vivirás feliz incluso sin ellas» (Séneca, Epístola 18, trad. en Inwood, 2005, p. 84).
Aunque no lo dice abiertamente Séneca, la pobreza es buena cuando se busca voluntariamente y no cuando es una condena social. Si la subsistencia no está comprometida al grado de la indigencia o miseria, podríamos decir que estos ricos renunciantes estoicos no hablan de la pobreza como tal —como comúnmente se entiende: un estado impuesto de carencias—, sino más bien de la modestia y la sencillez que nos llevan a la virtud. Virtud que nos permite reconocer lo fatuas que son la riqueza y la opulencia (Séneca, citado en Stephens, 2007, p. 112). Como dice Woolf:
En el discurso intelectual y moral de Roma, la pobreza fue evocada con frecuencia como un espejo para examinar los excesos de la riqueza. Esta pobreza textualizada o filosofada no buscaba remediar la miseria de las masas, sino ofrecer a las élites un ideal ético de frugalidad, incorruptibilidad y distancia crítica frente a las ambiciones materiales de la vida pública (Woolf, 2006, p. 88).
La pobreza asumida como modestia y virtud es enseñada por los estoicos como un acto de disciplina psicológica que exige refrenar nuestros instintos más primarios —aquellos que nos guían a la desmesura— y someterlos al gobierno de la sensatez soberana de la razón (Rosivach, 1995, p. 94).
Los cínicos radicalizaron la postura renunciante de los pensadores grecolatinos: enaltecen la pobreza y la ven como una vía para librarse del peso de los bienes materiales y de las convenciones sociales. Lo suyo no fue el ascetismo como tal; no fueron una escuela con pretensión mística como los pitagóricos, pero se diferencian de los estoicos por su búsqueda de una conquista absoluta de la libertad: “la demostración de que la naturaleza humana requiere muy poco para alcanzar la plenitud” (Finn, 2006, p. 45).
A través del estoicismo, y en menor medida del epicureísmo y del cinismo, los occidentales se han reencontrado con su propia tradición sapiencial, la cual se revela como un antídoto eficaz para estos tiempos postmodernos de narcicismo, hedonismo y consumismo.