Jalisco

El petróleo se comporta menos como riqueza y más como un sistema de confianza. Un país puede tener reservas inmensas y aun así vivir con sensación de escasez si la confianza se rompe

Finanzas para todos: La llave del petróleo y el precio invisible del orden

En estos días, en Venezuela, la política volvió a sonar como contabilidad. Se habla de cuentas, de custodias, de ingresos administrados, y uno entiende por qué esa palabra seduce: orden. También revela algo menos cómodo, porque cuando el poder se expresa como control de caja, el conflicto deja de ser solo ideológico y se vuelve doméstico. Se vuelve la pregunta de quién paga, quién cobra y quién decide, aunque el discurso se vista de tecnicismos.

Venezuela ya vivió antes el hechizo de creer que el subsuelo puede reemplazar a las instituciones. Durante décadas, el petróleo fue modernización, orgullo y promesa; con el tiempo, también fue dependencia, desigualdad y un modo de organizar la vida pública alrededor de una sola fuente de riqueza. En ese trayecto, la soberanía energética no fue un concepto de manual, sino una forma de decir, con palabras simples, que el país quería decidir por sí mismo. Esa memoria no se evapora por decreto; vuelve cada vez que alguien sugiere que la estabilidad exige poner la caja bajo supervisión ajena.

Lo inquietante del presente no es que existan acuerdos o licencias, porque siempre han sido parte del tablero, sino la naturalidad con la que se plantea que la reconstrucción comience por administrar el petróleo desde fuera. Suena sensato, incluso limpio: evitar filtraciones, asegurar que el dinero llegue a donde debe, acelerar inversiones, estabilizar lo básico. Y no conviene mirar por encima del hombro ese deseo de normalidad. Para quien lleva años viviendo con cortes, con precios que cambian en horas, con planes que se rompen por una transferencia que no llegó, la promesa de orden no es una ideología; es descanso.

Solo que, aunque se vista de técnica, esto es poder. Y aquí aparece el dilema que de verdad importa. La eficiencia puede imponerse y, a veces, hasta funciona. La legitimidad, no. La eficiencia se diseña en una mesa, con protocolos, candados y firmas; la legitimidad se construye con consentimiento, con reglas que no dependen del humor del día, y con esa educación lenta que hace que un Estado deje de parecer una presa. Si el corazón financiero del país queda administrado por terceros sin una fecha clara de devolución, la discusión ya no es si entran recursos, sino cuándo se supone que el país aprende a gobernarse con sus propios instrumentos.

Además, este debate no solo pertenece a Caracas. Del otro lado, en Estados Unidos, el petróleo venezolano no es un símbolo, sino una pieza industrial. Hay refinerías y cadenas de suministro que prefieren certezas a épicas. Por eso, lo que se cuenta como política exterior también funciona como administración de riesgos: asegurar flujos, reducir volatilidad, evitar sorpresas. No hace falta demonizarlo para entenderlo; basta con aceptar que cada actor mira el mismo barril con un mapa distinto.

Imagine entonces un “¿y si…?” sin dramatismo. ¿Y si este esquema logra, en el corto plazo, lo que promete? Podría traducirse en resultados visibles, y lo visible tiene un poder silencioso sobre cualquier discusión. Cuando en una casa vuelve el agua, cuando el anaquel deja de estar vacío, cuando el salario aguanta un poco más, las personas no piden un tratado de teoría política; respiran. Pero ese mismo éxito puede traer otra consecuencia. Si la tutela se alarga, si se vuelve costumbre, puede convertirse en un nuevo punto de fricción, no por capricho, sino porque la dignidad también tiene umbrales. Hay un momento en que la gente acepta un apoyo externo como puente, y otro en que empieza a sentirlo como jaula, aunque la jaula esté pintada de “estabilidad”.

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Las reacciones de los actores, de hecho, ya dibujan esa tensión. Los gobiernos hablan en clave de control y de orden, porque es la manera más rápida de prometer resultados. Las empresas leen el entorno como una mezcla de oportunidad y peligro: reglas claras significan inversión, pero reglas que cambian con cada titular significan retirada. Y la ciudadanía, que casi nunca tiene el lujo de la teoría, interpreta todo con un criterio simple y brutal: si esto mejora la vida, se acepta; si humilla o excluye, se resiste. Esa contradicción no se resuelve con propaganda, porque nace de una intuición muy humana: la necesidad de estabilidad y el deseo de soberanía suelen caminar juntos, pero no siempre al mismo ritmo.

Al final, el petróleo se comporta menos como riqueza y más como un sistema de confianza. Un país puede tener reservas inmensas y aun así vivir con sensación de escasez si la confianza se rompe. Y un país puede recibir dinero, inversiones y logística, y aun así sentir que algo esencial no le pertenece si la llave no está en casa. Por eso, tal vez el cierre más honesto no está en la geopolítica, sino en una escena mínima: alguien abre el grifo y el agua por fin cae, y por un instante nadie pregunta de dónde viene la presión. Solo que, pasado el alivio, la pregunta inevitable regresa, con calma y sin drama, como vuelven las preguntas importantes: ¿quién tiene la llave del depósito, y cuándo se supone que volverá a nuestras manos?

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