Jalisco

Un pulpo, un calamar, un pez linterna: todos usan destellos que los científicos apenas comienzan a entender. Algunas especies manipulan su resplandor para desaparecer frente a sus depredadores o para atraer pareja, presas o señalar peligro

Ecos del Agua: Destellos en la oscuridad

En las profundidades del océano, a partir de los doscientos metros donde la luz solar empieza a desaparecer, muchas especies generan su propia luz. En la tierra es raro, en el océano profundo es la norma. No es un espectáculo, sino un sistema de comunicación y supervivencia: señales de advertencia, trampas para depredadores, defensas o llamadas para atraer pareja. El mar no guarda silencio, solo dejó de hablar en frecuencias que entendemos.

Confundimos oscuridad con vacío. En la zona crepuscular y abisal, dos capas distintas pero de las más inaccesibles y poco exploradas del planeta, donde la presión es enorme, el frío es intenso y la energía escasa, hay un mundo entero ocurriendo sin nosotros. Aquí ocurre la mayor migración del planeta, diariamente migran masivamente millones de organismos; suben de noche y bajan de día. El evento biológico más grande del mundo ocurre cada noche sin testigos.

Estas criaturas han perfeccionado este lenguaje lumínico durante millones de años. El lugar que los humanos llamamos “oscuridad” es en realidad uno de los ecosistemas más luminosos y vivos del planeta, pero su luz es para sus habitantes, no para nuestros ojos.

La bioluminiscencia, no es luz reflejada ni almacenada, sino luz fría creada por reacciones químicas entre luciferina y luciferasa, no es decoración ni espectáculo: es supervivencia. No hay una sola razón para su existencia, hay estrategias. En un entorno donde la energía es escasa, gastarla en luz solo tiene sentido si es vital. Lo que asombra no es solo la luz, sino la complejidad de su lenguaje.

Un pulpo, un calamar, un pez linterna: todos usan destellos que los científicos apenas comienzan a entender. Algunas especies manipulan su resplandor para desaparecer frente a sus depredadores, otras para atraer pareja, presas o señalar peligro. Inclusive ayuda a diferenciar especies, cada una con patrones de destellos distintos. No es aleatorio. Los destellos no siempre revelan: a veces oculta, confunde, engaña, comunica. Cada patrón es un mensaje que ha evolucionado durante millones de años, un lenguaje comprensible solo para ellos.

Pero la belleza del océano tiene un límite frágil: nuestra intervención. La explotación industrial, minería submarina y el tráfico de embarcaciones emitiendo luz artificial constante. Todo esto entra en un mundo que evolucionó en la penumbra, interrumpiendo la ausencia de luminosidad necesaria para este intercambio. Nuestra ignorancia no es inocente, sino deliberada; define como tratamos a estos ecosistemas y cuanto los alteramos sin querer. Lo que para nosotros es un leve resplandor o un instrumento de exploración o navegación, para la vida en las profundidades es ruido, confusión y amenaza.

Es una paradoja abrumadora: el océano profundo, invisible y silencioso para nosotros, posee un sistema de comunicación más antiguo y refinado que cualquier lenguaje humano. Y, aun así, lo estamos interrumpiendo con nuestra luz, nuestras máquinas, nuestra presencia.

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No estamos observando un sistema primitivo, sino uno que simplemente no está hecho para nosotros. Aunque sabemos cómo se produce la luz, no entendemos todos los códigos, no reconocemos todos los patrones y no sabemos cuántas variantes de este lenguaje existen. Además muchas especies sólo brillan en condiciones específicas, muchas de las que no se saben interpretar aún.

El resplandor de la vida en la penumbra del océano nos inspira asombro, pero también nos obliga a reflexión. Nos recuerda que la vida puede organizarse, comunicarse y existir de formas que no comprendemos del todo. Y que nuestra capacidad de alterar, incluso sin intención, es tan grande como la luz que esas criaturas producen.

La oscuridad es solo un prejuicio humano. En cada destello que no vemos, el océano nos susurra secretos que han viajado millones de años. Quizá nunca entendamos todos sus mensajes, pero podemos aprender a no silenciarlos. Y, en ese aprendizaje, encontrar un camino donde nuestro asombro se transforme en cuidado, y nuestra presencia deje de borrar palabras del lenguaje más antiguo de la Tierra.

Valentina Moreno

@valemp97

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