La tarde del domingo 22 de febrero, Guadalajara se replegó. Los narcobloqueos y ataques registrados en distintos puntos de la Zona Metropolitana, derivados de la detención de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, encendieron las alertas y colocaron a la ciudad en código rojo. La instrucción era clara: permanecer en casa. Y la población obedeció.
Con el correr de las horas, el miedo se tradujo en prisa. Familias enteras acudieron a supermercados, farmacias y tiendas de abarrotes para abastecerse ante la incertidumbre. Anaqueles completos quedaron vacíos en cuestión de minutos. Pan, agua, productos enlatados, papel higiénico y gasolina encabezaron la lista de lo imprescindible. Las filas crecían al ritmo de los rumores, mientras las noticias se mezclaban con audios de WhatsApp, videos borrosos y versiones sin confirmar que advertían de nuevos ataques durante la madrugada.
La noche avanzó entre pantallas iluminadas y ventanas cerradas. En los grupos vecinales y familiares se repetía la misma consigna: no salir. “Dicen que en la madrugada va a haber otro golpe”, circulaba de teléfono en teléfono. El silencio de las calles contrastaba con la intensidad del intercambio digital, que alimentaba la sensación de amenaza latente. Sin embargo, el amanecer llegó sin que los presagios se cumplieran.

El lunes comenzó con una calma tensa. Las primeras horas transcurrieron en un mutismo inquietante, similar al de los días más duros de la pandemia. Calles desiertas, comercios cerrados, transporte público irregular y apenas algunos vehículos circulando, impulsados por la urgencia. El aire parecía pesado, como si la ciudad contuviera la respiración.
Muchos trabajadores aguardaban instrucciones: ¿habría suspensión de labores?, ¿era seguro salir?, ¿habría transporte suficiente para llegar al trabajo? La incertidumbre se extendió hasta cerca de las 10 de la mañana, cuando, lentamente, Guadalajara empezó a desperezarse. Las cortinas metálicas se levantaron, los semáforos volvieron a marcar el ritmo y los peatones reaparecieron, todavía con cautela, en las banquetas.
Tiendas, supermercados y gasolineras comenzaron a operar con relativa normalidad. Aunque el temor persistía, la vida cotidiana reclamaba su espacio. Los tapatíos salían con precaución, atentos a cualquier sonido extraño, a cualquier movimiento fuera de lugar, pero conforme avanzaban las horas, la tensión se fue diluyendo. Los vehículos incendiados, los bloqueos y los ataques quedaban, al menos por el momento, como una postal reciente.

Los supermercados se llenaron rápidamente, aunque muchos de sus estantes permanecían semivacíos. “Todo se nos terminó ayer”, explicó la dueña de un minisúper en la colonia Americana. “Hoy no trabajan los proveedores, pero esperamos que mañana ya tengamos abasto”. La escena se repetía en distintos puntos de la ciudad: clientes recorriendo pasillos con la esperanza de encontrar lo necesario, empleados dando explicaciones y carritos que salían menos cargados de lo habitual.

En las gasolineras, uno de los espacios que mayor temor generó tras los ataques, los automovilistas se acercaban con evidente timidez. Algunos miraban alrededor antes de descender del vehículo; otros cargaban lo indispensable y se retiraban. Un despachador relató que al inicio del día permanecieron cerrados. “No llegamos desde temprano. Cuando vimos que todo estaba tranquilo, el patrón nos dijo que viniéramos. Ya había bastante movimiento”, comentó.
Las calles, aunque más vacías que de costumbre, comenzaron a poblarse nuevamente. Camiones urbanos retomaron rutas, motocicletas zigzagueaban entre el tráfico incipiente y los peatones se adaptaban, una vez más, a la normalidad alterada. En el ambiente flotaba una mezcla de alivio y resignación.
En redes sociales, el humor apareció como un mecanismo colectivo para procesar el miedo. Los memes inundaron las plataformas, ironizando la situación, exagerando escenas y evidenciando la manera en que la violencia se ha ido normalizando en la vida diaria. Al mismo tiempo, surgieron mensajes de reflexión y conciencia social. Creadores de contenido y activistas llamaron a cuestionar los consumos culturales que glorifican al crimen organizado. “Escuchar narcocorridos también es parte del problema”, señalaban, en un intento por abrir la conversación sobre las raíces simbólicas de la violencia.

Así, entre el recuerdo fresco de la zozobra y la urgencia de seguir adelante, Guadalajara retomó su pulso. No fue un regreso triunfal ni despreocupado, sino un avance cauteloso, marcado por la memoria inmediata de una ciudad que, aunque herida, se rehúsa a detenerse.