Jalisco

La intermediación financiera, dicho sin palabras grandes, es el trabajo de conectar a quien tiene dinero con quien lo necesita, y hacerlo de una manera que no destruya a ninguno de los dos si algo sale mal. Parece obvio, pero no lo es

Finanzas para todos: ¿Qué pasa con la intermediación financiera?

En la economía de hoy en día no basta con estudiar, trabajar y con eso vivir una vida plena, sin necesidades. En la actualidad en la que vivimos, se tiene que hacer un esfuerzo extra en la mayoría de los casos para aspirar a lo que antes era lo “normal”. El punto crítico de lo que acabo de decir es que eso también dejó de existir: no basta con estudiar, trabajar, emprender o hacer una actividad extra, gracias a la economía. Puedes tener un negocio que funciona, vende, tiene clientes, y para crecer pides un crédito que te será negado. Eso expresa más de nuestra situación actual que cualquier otra estadística.

La intermediación financiera, dicho sin palabras grandes, es el trabajo de conectar a quien tiene dinero con quien lo necesita, y hacerlo de una manera que no destruya a ninguno de los dos si algo sale mal. Parece obvio, pero no lo es. Porque esa conexión entre los dos sujetos no se sostiene solo con buenas intenciones: se sostiene con evaluación, con garantías, con confianza y con un precio. La gente suele creer que paga una simple “tasa”, cuando en realidad paga el costo de medir el riesgo, el costo de vigilar, el costo de cobrar, el costo de equivocarse, y el costo de vivir en un mundo donde nadie puede estar seguro de nada todo el tiempo. El interés no es sólo un número propuesto por bancos centrales. Es la suma de muchas desconfianzas pequeñas unificadas en un solo número.

Por eso, cuando hablamos de crédito para negocio, conviene abandonar la idea romántica de que el sistema “debería” financiar todo lo que suene productivo. Un banco o un intermediario no presta porque admire su esfuerzo, porque tenga una historia de superación o por su linda cara; presta porque cree que usted podrá pagar y porque, si no, existe una forma de recuperar algo. Ese detalle es fundamental para que el sistema funcione. La intermediación existe para administrar riesgo. Y cuando hay un riesgo alto, los intermediarios deben ajustar condiciones. Suben los spreads, suben las exigencias y, de pronto, la misma economía que decía querer crecimiento se comporta como si le diera miedo crecer.

Antes de que existieran bancos como los entendemos hoy, había comerciantes que fiaban. El tendero conocía a su cliente, intuía su carácter, le extendía crédito con una libreta. Esa era una forma primitiva de intermediación. Funcionaba porque había cercanía y porque el riesgo se controlaba con relaciones. Con el tiempo, el sistema se volvió más grande y más impersonal, y esa cercanía fue reemplazada por balances, por scoring, por colateral, por reglas y, junto con eso, perdimos humanidad. Y, aun así, el principio sigue siendo el mismo: intermediar es decidir a quién le creemos.

En 2008, el mundo vio qué pasa cuando esa decisión se industrializa sin prudencia. Se prestó, se empaquetó, se vendió y se volvió a prestar como si el riesgo desapareciera por el simple hecho de moverse de manos. El sistema confundió liquidez con solvencia y pensó que la ingeniería podía ser un sinónimo de seguridad. Cuando la música paró, descubrimos que el intermediario también amplifica. Si el puente está mal diseñado, no sólo permite cruzar; también permite que el peso se acumule hasta que cede. Desde entonces, el sistema ha actuado con más prudencia, a veces dejando de lado la confianza que hace falta.

Ahí está el impacto real. Cuando el crédito se encarece o se estrecha, no se afecta únicamente al inversionista. Se afecta el pequeño negocio que quería comprar inventario para temporada alta. Se afecta la empresa que quería contratar a dos personas más. Se afecta la pyme que necesita maquinaria o, simplemente, aire para aguantar pagos mientras cobra. En teoría, el dinero puede existir en abundancia. En la práctica, si no hay intermediación dispuesta a asumir el puente, ese dinero se queda estacionado y, con él, el crecimiento se estaciona, además de volverse sólo para algunos privilegiados.

Por eso la intermediación es un mecanismo social. Define quién puede convertir esfuerzo en expansión y quién se queda atrapado en la supervivencia. Define si la clase media emprendedora puede escalar o si su destino es trabajar más para ganar lo mismo. Define si la economía se mueve con movilidad o con repetición. Y lo más curioso es que este efecto no se nota de inmediato, porque la falta de crédito no se presenta como una crisis. Es menos inversión hoy, menos contratación mañana, menos productividad después. El deterioro llega por acumulación.

El síntoma central, en un mundo así, suele ser la diferencia entre el crédito “posible” y el crédito “útil”. Puede haber crédito, sí, pero demasiado caro para que valga la pena. Puede haber oferta, sí, pero con condiciones que el negocio real no puede cumplir sin sacrificar su operación. Puede haber anuncios de apoyo, sí, pero el flujo no llega donde debería. Esa es la señal de que el problema no es sólo la tasa, sino el intermediario y, más específicamente, la confianza del intermediario. Cuando la confianza baja, no es simplemente que pongan un letrero diciendo “ya no damos crédito”, sino que, simplemente, incrementan los requisitos.

La implicación estructural es que el sistema moderno está lleno de intermediarios, y no todos se llaman bancos. Hay fondos, plataformas, cadenas de pago, factoring, crédito privado, proveedores que terminan financiando a clientes, y estructuras que parecen innovación pero siguen siendo lo mismo: alguien asume riesgo a cambio de precio. Eso no es malo por sí solo. De hecho, es necesario, porque una economía sin intermediación sería una economía donde sólo invierte quien ya tiene dinero propio. El problema aparece cuando la intermediación se vuelve demasiado costosa, demasiado opaca o demasiado frágil, porque entonces el costo del capital no lo define el banco central: lo define el miedo.

¿Y si entramos a una etapa donde el dinero existe, pero la intermediación se vuelve más selectiva durante más tiempo? ¿Y si, por exceso de regulación, por trauma de pérdidas o, simplemente, por un mundo más incierto, el crédito útil se vuelve escaso para la empresa pequeña y mediana, justo la que más empleo crea? En ese escenario, no haría falta una gran crisis para sentir el golpe. Bastaría con ver cómo la economía se parte en dos: arriba, las grandes empresas financiándose barato por reputación y escala; abajo, la clase media empresarial pagando caro o quedándose sin puente. Es un tipo de desigualdad que no se discute como desigualdad, pero se vive igual.

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La lectura desde actores clave suele mostrar contradicciones que explican por qué este problema persiste. Los gobiernos quieren crecimiento, pero al mismo tiempo exigen prudencia, y muchas veces la prudencia se traduce en que el crédito se concentre. Los bancos y los intermediarios hablan de inclusión financiera, pero cuando el ciclo se complica, su instinto natural es cuidar capital. Los inversionistas piden rendimiento seguro, pero no existe rendimiento sin riesgo, así que el sistema busca trasladar el riesgo hacia quien menos puede soportarlo, que suele ser el emprendedor real. Y el emprendedor, mientras tanto, escucha consejos sobre “ordenar finanzas” como si el único problema fuera la administración, cuando a veces el problema es que el puente se estrechó para todos y nadie lo quiere decir.

La intermediación financiera no es un lujo del capitalismo, es su condición mínima. Sin intermediación, el ahorro no se vuelve inversión y el trabajo no se vuelve expansión. Cuando la misma no funciona de la manera adecuada, empezamos con lentitudes. Lo cotidiano se vuelve más difícil, no porque la gente no quiera esforzarse, sino porque el sistema deja de convertir ese esfuerzo en oportunidades reales.

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Emilio Moreno Plascencia,

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