Guadalajara

Vendedores señalan un juego desigual: decomisos para unos, negocio asegurado para otros

No piratería del Mundial… a menos que sea de “la plaza”

Ser vendedor de tianguis es, también, saber leer el calendario. No el oficial, sino el que de verdad importa: el de las ventas. Navidad, San Valentín… y cada cuatro años, el Mundial. Ahí es cuando todo se mueve. Todo.

Porque sí: en Guadalajara el futbol no solo se ve, también se vende.

En los puestos aparece de todo. Playeras con estampados que mezclan lo imposible —un Stitch romántico, por ejemplo—, sudaderas que “casi” son de marca, tenis que no engañan a nadie pero convencen por el precio. Y, cuando toca, camisetas con escudos, banderas y colores mundialistas. Piratería, pues. La de siempre.

No es ningún secreto. Durante años ha sido parte del paisaje en espacios como el Tianguis Cultural, el Tianguis del Sol y otros puntos de la ciudad. Antes también en el Parque Rojo, aunque ahí la cosa cambió: reubicaciones, restricciones, ajustes. La venta sigue, pero bajo otras reglas.

Porque sí hay reglas.

Un vendedor lo explica con calma, como quien ya lo tiene asumido. Para vender piratería no basta con montar el puesto. Hay que pagar. Una cuota. “No es mucho”, dice, “unos 500 pesos, a veces mil”. No siempre pasan a cobrar, no hay fechas fijas, no hay recibos. Pero se paga.

Y después, la señal.

Una etiqueta con forma de bandera pirata. Pequeña, discreta. Pero clave.

“Es todo muy formal… pero sabemos que es la plaza”, suelta. Quienes llegan a cobrar no llaman la atención. No encajan en ningún estereotipo. “Gente normal, como tú y como yo”. Revisan, indican, autorizan. La mercancía pirata, dicen, tiene que pasar por ellos.

La etiqueta sirve para una cosa muy concreta: que no te levanten la mercancía. Si llega la policía, ese pedacito de tela funciona como salvoconducto. Un acuerdo que está ahí, aunque nadie lo nombre del todo.

Pero entonces llega el Mundial… y el juego cambia.

La mercancía mundialista, justo la que más se vendería, está siendo decomisada. Sin excepción. Sin importar si hay etiqueta o no. Lo que antes era tolerado, ahora desaparece en cuestión de minutos.

El vendedor sonríe, pero no de gusto. Más bien como quien ya vio esa historia repetirse.

“¿Y a dónde crees que va todo lo que decomisan?”, pregunta.

No espera respuesta.

“A la plaza”.

Según cuenta, la mercancía no se pierde: se redistribuye. Termina en tiendas más grandes, esas que sí pueden venderla sin problema. “Se surten solitas”, dice, con ironía.

Así que no, no es que la piratería esté prohibida. Solo cambió de manos. Porque si quieres vender productos del Mundial en el tianguis, la regla es clara: No puedes… a menos que seas o te los venda “la plaza”.

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