“La gente es bien mañosa” suelta la mujer de rostro cansino mientras sus dedos larguiruchos cuentan las monedas en el mostrador de cristal. Abajo, a través de la superficie transparente, reverberan los chocolates y los dulces. Tarda un segundo en terminar su cuenta y guardarlo en la caja. “Yo ya me quiero deshacer de ella” señala la máquina destartalada que, a pesar de sus colores desvaídos, sigue resultando atractiva por las luces titilantes en la pantalla y las palabras El Circo en color amarillo verdoso.

La mujer, dueña de la tienda desde hace más de treinta años, comenta que el trato es sencillo. Viene una persona, “Un hombre”, recuerda —como si se tratase de una entidad misteriosa que reparte máquinas traga monedas— y le ofrece repartirse las ganancias “Micha y micha”. La voz se le vuelve pastosa, el tema parece generarle una gran frustración que, poco a poco, se convierte en un sentimiento apagado que desemboca en una mirada de desinterés.
“Pero todo con esas pinches máquinas es bien sucio… Ni me dan las cuentas claras, siempre me toca mucho menos de lo que dicen. Ya da lo mismo” repasa la lengua entre sus labios y se encoge de hombros. Señala, de igual manera, que lo usan, sobretodo, albañiles. “Vienen ya medio borrachos” dice y mueve las manos imitando una jugada. “Traen imanes, son re mañosos, te digo, ya saben cómo hacerle para sacar monedas y atontar la máquina. Así son. Al principio se iban sin nada, después como que se aferraron y volvían hasta que ellos ganaban”.
Una clienta llega y la charla termina. La gente sigue circulando por las calles de Polanco, la máquina permanece vacía, esperando al siguiente jugador.
En Miravalle es distinto. Los ojos de una mujer en una pollería observan fijamente la máquina que descansa en la tienda de enfrente. Esta, contrario a la de Polanco, está ocupada por una señora de aspecto descuidado: sandalias de baño, panas flojo y una blusa lavanda con manchas de cloro esparcidas por la espalda. Sus manos aprietan botones mientras su vista persigue las imágenes en la pantalla. “Ahí está todo el santo día” asegura con reticencia la pollera mientras sigue trabajando. “Viene hasta tres veces al día a que le cambie billetes para seguir jugando” chista y baja la mirada. Por un momento deja de trabajar, molesta. “Tiene familia, ¿eh? Y se gasta su pensión en eso. Nunca gana, o bueno, alguna vez habrá ganado algo para seguir tan enajenada, pero, casi siempre pierde”
La mujer de la máquina la suelta por un instante, revisa su celular. Una mueca se dibuja en su semblante y se marcha. La pollera gira su muñeca y sonríe “Ya es hora de comer, es para lo único que se mueve, pero más tarde regresa”.
“Una vez dejó empeñado su celular” desliza esa oración como un secreto a voces y con una entonación que busca complicidad. “¿Te imaginas? No le había llegado lo de su pensión y empeñó su teléfono con el señor de la tienda. No lo recupero ella, ¿eh? Tuvieron que venir sus hijos. No, de verás, un caso esa señora”
“Los niños no juegan” un cargador del mercado de abastos se limpia el sudor. Múltiples máquinas adornan el mercado más afamado de la Perla Tapatía. No sorprende. Pareciera que se ha convertido en la cuna de la delincuencia, después de todo, el cuidador solía ser Alberto Prieto, a quien se ha asociado con el crimen organizado. “Chance porque no hay muchos niños, pero la mayoría de personas que juegan es gente ya grande, como que se entretienen” Y aunque hay varias máquinas, la mayoría permanecen vacías, el flujo de personas no parece ni siquiera mirarlas. “Depende mucho de la hora, a veces sí están atascadas, más al final del día”
Las máquinas rara vez descansan. Cambian de jugador, de colonia y de dueño, pero no de lógica: siempre prometen más de lo que entregan. En tiendas, mercados y misceláneas permanecen encendidas desde la mañana hasta la noche, aguardando a alguien que crea —aunque sea un instante— que la siguiente partida será distinta.