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La maternidad postmoderna: una encrucijada entre el oficio de criar y la realización laboral

Varias décadas atrás, cuando las faenas laborales en su rudimento exigían más fuerza que pericia, las opciones de trabajo para las mujeres resultaban escasas. Se les condicionaba, económica y culturalmente, para que se dedicaran a las labores domésticas.

En los quehaceres de la casa, que también tenían su grado de especialidad, eran instruidas desde muy temprana edad. Pongo un ejemplo: hoy tener una tortilla en la mesa se resuelve con una ida a la tienda; antes había que desgranar la mazorca, ir al molino, prender el comal, tortear y calentar.

La maternidad postmoderna

El oficio de ama de casa requería de años de instrucción rigurosa, que algo o mucho tenían de artesanal. La madre sabía de todo un poco y en ella recaía la responsabilidad de darle acomodo, orden y funcionalidad al hogar. Ella alimentaba, vestía y, si era necesario, cuidaba de los niños, del esposo y, en no pocos casos, se hacía cargo de los abuelos.

Además, las condiciones sanitarias de comienzos y mediados del siglo XX aún eran precarias, y la medicina no estaba tan avanzada, menos aún en sus tareas preventivas, así que la natalidad, aunque alta, no compensaba la mortandad infantil. Muchos nacían, pero pocos se lograban. La sociedad, para sostenerse demográficamente, necesitaba mujeres que, iniciada su edad reproductiva, tuvieran la mayor cantidad de hijos. Las expectativas de vida de las féminas eran cortas y morir por parto era algo común, casi normal.

Tuvieron que pasar dos revoluciones industriales, junto con la tecnificación de los hogares, para que las mujeres pudieran incorporarse al mercado laboral. Fue casi una exigencia del propio Estado-nación, el Estado moderno, que ya no necesitaba madres abnegadas, sino una base más amplia de contribuyentes.

Los gobiernos modernos tenían el imperativo de financiar trenes, carreteras, empresas paraestatales, clínicas, escuelas… Este pulpo burocrático, estatista y de abismal entraña tenía una inexorable hambre de impuestos. Estaba bien que los hombres cubrieran esos requerimientos tributarios; pero no bastaba, y desde la cima social —la casta dirigente y empresarial— se pensó: ¿por qué no sumar a las mujeres?

La maternidad postmoderna

Más que madres, el sistema necesitaba obreras, dependientas, oficinistas… Niños había suficientes y, en su mayoría, gozaban de buena salud gracias a la ciencia y a la seguridad social.

En los años ochenta, en México se nos repetía publicitariamente: “La familia pequeña vive mejor”. Atender a menos miembros y desahogar los deberes del hogar con un catálogo innovador y amplio de máquinas —estufas de gas, lavadoras, planchas eléctricas— liberaron a la mujer del confinamiento doméstico. Incluso un varón con mediana instrucción podía atenderse, ya fuera doblegando el genio inveterado del machismo o porque la falta de mujer no le dejaba más alternativa.

Luego llegó la globalización, que exacerbó el ya de por sí galopante consumismo. La vida se encareció, no tanto por el aumento en los bienes y servicios, sino por su multiplicación. El confort pasó de ser un lujo de pocos a una aspiración generalizada. Vida de consumo, necesidades ficticias y diversidad de gustos adquiridos: el costo de la felicidad se elevó. El salario del esposo ya no alcanzaba para cubrir la hipoteca, las letras del auto, los recibos de la casa, el servicio de cable, las vacaciones, los cursos de computación o inglés, la renta de películas, las escapadas o cacerías en el centro comercial…

A la niña, a la jovencita, había que mandarla a la escuela, que aprendiera lo básico —el alfabeto, las operaciones elementales— para que, a la brevedad, pudiera emplearse, aunque fuera en la maquiladora, y con paga en mano solventara algún recibo o se costeara su vestir y gustos. No había urgencia de casarla; pero sí de que, al igual que sus hermanos varones, aportara a los gastos del hogar.

La maternidad postmoderna

En la postmodernidad, con lo ya adelantado por la modernidad en términos de paradigma cultural, el discurso progresista —y sobre todo el feminista— se hizo escuchar en el reclamo de romper los viejos roles de género: que el matrimonio y la maternidad fueran una opción y no un destino ineludible para las mujeres.

¿Hijos, para qué? Te esclavizan y, además, son caros. Uno, quizá por curiosidad, y a lo sumo dos: una familia de cuatro se acopla con justeza a las disposiciones de espacio de las casas urbanas.

En este discurso, las nuevas vanguardias intelectuales, señoras de la deconstrucción, le dicen a la mujer contemporánea que, si existe un instinto materno, hay alternativas para paliarlo: ¿qué tal una mascota? Un “perrijo” o un “gatijo” deberían bastar para contentar la pulsión biológica de criar y cuidar a un ser vivo.

Las estadísticas son claras: el 37.1% de las mujeres mexicanas en edad fértil no tienen hijos… claro que el resto sí, y siguen siendo un número importante; sin embargo, hay que considerar que, como hemos visto, décadas atrás una adolescente, además de casada, ya iba por su segundo o tercer hijo.

Formar un hogar con un hombre para toda la vida ya no es la constante: solo el 36.3% de los mexicanos están casados. La idea de ir de blanco al altar ya dejó de ser la ilusión de las almas femeninas que crecieron con historias de princesas: solo el 30% de los matrimonios incluyen algún tipo de ceremonia religiosa.

Las jóvenes mexicanas ya no están en sus casas parentales aprendiendo, como en antaño, el oficio de esposa y madre: ahora las encontramos en las universidades cursando una carrera; el 51% de la matrícula de licenciatura y posgrado corresponde a mujeres. De ese total, el 45% está integrado en el mercado laboral.

La maternidad postmoderna

Ser mamá en esta postmodernidad es verdaderamente una proeza: la maternidad es desvalorizada por el discurso progresista, que la perfila como el epítome de la sumisión femenina, en tiempos de individualismo que enseñan que ya es suficiente con ocuparse de una misma. La autorrealización basta como proyecto de vida y se debe ir en persecución de metas y deseos.

Por otro lado, las condiciones del mundo moderno y postmoderno se alzan como hostiles, o cuando menos contrarias, a la figura materna: resulta difícil —cuando no imposible— encontrar la cuadratura del círculo entre criar y educar a los hijos, y al mismo tiempo trabajar y realizarse laboral o profesionalmente.

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