Jalisco

Miles marcharon para exigir la dimisión del presidente español, Pedro Sánchez, y reclamar elecciones anticipadas. La movilización, convocada por Sociedad Civil Española junto con más de 150 asociaciones, dejó claro que el malestar hacia el gobierno sigue creciendo

Sánchez frente a la furia de Madrid

Salvador Cosío Gaona

Las calles de Madrid volvieron a convertirse en escenario del descontento político. El pasado sábado, miles de personas marcharon desde la Plaza de Colón hasta el Arco de Moncloa para exigir la dimisión del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, y reclamar elecciones anticipadas. La movilización, convocada por Sociedad Civil Española junto con más de 150 asociaciones, dejó claro que el malestar hacia el gobierno sigue creciendo y que una parte importante de la ciudadanía considera agotado el actual ciclo político.

Como suele ocurrir en este tipo de protestas, las cifras variaron según quien las contara. La Delegación del Gobierno en Madrid habló de unos 40 mil asistentes, mientras los organizadores aseguraron que la presencia superó las 120 mil personas. Pero más allá de la disputa numérica, lo verdaderamente relevante es el significado político de la marcha. Porque cuando decenas de miles de ciudadanos salen a caminar varias horas para pedir la salida de un presidente, el mensaje trasciende cualquier cálculo estadístico.

Pedro Sánchez atraviesa probablemente el periodo más delicado desde su llegada al poder. No tanto porque enfrente una oposición particularmente sólida, sino porque empieza a percibirse un desgaste social acumulado después de años de polarización, negociaciones controvertidas y tensiones políticas constantes. El mandatario socialista logró construir durante mucho tiempo una imagen de superviviente político, capaz de sostenerse incluso en los momentos más complejos. Pero hasta los liderazgos más resistentes enfrentan eventualmente el cansancio ciudadano.

Y eso es precisamente lo que parece comenzar a reflejarse en España.

Buena parte del descontento tiene origen en los acuerdos políticos que Sánchez impulsó para mantenerse en el gobierno, especialmente aquellos relacionados con partidos independentistas catalanes. Para muchos españoles, las concesiones hechas por el oficialismo representan una ruptura con principios que durante años parecían intocables dentro de la política nacional.

Ahí se encuentra uno de los mayores problemas para el presidente: la percepción de que el gobierno comenzó a privilegiar su permanencia en el poder por encima de la estabilidad institucional. Tal vez desde el oficialismo consideren injusta esa lectura, pero lo cierto es que ya se instaló con fuerza dentro del debate público y ha alimentado la movilización de sectores inconformes.

La marcha también refleja un fenómeno más amplio que se extiende por varias democracias europeas: el desgaste de las élites tradicionales y la creciente desconfianza hacia los gobiernos establecidos. España no es un caso aislado. Francia vive tensiones recurrentes, Alemania enfrenta el avance de fuerzas radicales e Italia continúa atrapada en ciclos de inestabilidad política. El denominador común es una ciudadanía cada vez más frustrada y menos paciente.

El enojo no responde únicamente a cuestiones ideológicas. También influyen problemas cotidianos que afectan directamente a millones de personas: el aumento en el costo de vida, las dificultades para acceder a la vivienda, la incertidumbre laboral y la sensación de deterioro económico. Todo eso termina acumulándose y encuentra salida en las calles.

Además, Pedro Sánchez se ha convertido en una figura profundamente polarizante. Tiene una base de apoyo muy leal, pero también despierta un rechazo intenso entre amplios sectores sociales. Esa combinación hace que cualquier protesta contra su gobierno adquiera inmediatamente una dimensión simbólica mucho mayor.

Para quienes participaron en la movilización del sábado, el reclamo no se limita a un simple cambio de administración. Existe la percepción de que España atraviesa un momento decisivo y que es necesario frenar una forma de ejercer el poder que consideran peligrosa para la convivencia democrática.

Desde luego, el gobierno ha intentado minimizar el impacto político de la marcha. Argumenta que se trata de una protesta promovida principalmente por sectores conservadores o alentada por partidos de oposición. Y probablemente exista parte de verdad en ello, porque las grandes movilizaciones nunca están completamente separadas de intereses políticos. Sin embargo, es un error reducir lo ocurrido únicamente a una estrategia partidista.

Las protestas multitudinarias necesitan una base auténtica de inconformidad social para sostenerse. Y esa inconformidad claramente existe hoy en España.

La imagen de miles de personas avanzando hacia las inmediaciones de Moncloa tiene inevitablemente una carga simbólica poderosa. Representa a una ciudadanía que quiere ser escuchada y que siente que el gobierno ya no responde a sus preocupaciones fundamentales.

La gran incógnita ahora es si este descontento seguirá creciendo o si terminará diluyéndose con el paso de las semanas.

Porque las movilizaciones masivas no siempre provocan cambios inmediatos. Algunas terminan funcionando como válvulas temporales de presión social y después pierden fuerza. Otras, en cambio, se convierten en el inicio de procesos de desgaste político mucho más profundos. Todo dependerá de la capacidad del gobierno para recuperar credibilidad y de la habilidad de la oposición para ofrecer una alternativa que resulte convincente para sectores más amplios de la población.

Y ese sigue siendo uno de los principales dilemas del escenario político español. Aunque existe un evidente desgaste hacia Pedro Sánchez, tampoco resulta claro que la oposición haya logrado consolidar una propuesta capaz de generar consenso suficiente entre los votantes moderados. Esa falta de una alternativa plenamente sólida ha permitido al presidente mantenerse políticamente a flote durante tanto tiempo.

Sin embargo, ningún gobierno puede sostenerse indefinidamente únicamente gracias a las debilidades de sus adversarios.

La historia política europea demuestra que cuando las calles comienzan a expresar cansancio de manera reiterada, los procesos de erosión suelen avanzar más rápido de lo que los propios gobiernos anticipan.

España quizá todavía no se encuentre frente a una crisis terminal, pero sí parece acercarse a una etapa de mayor tensión política y social. Y lo ocurrido el sábado en Madrid deja una señal difícil de ignorar: cada vez son más los ciudadanos que sienten que la distancia entre el poder y la sociedad empieza a hacerse demasiado grande.

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