
Los gatos simbolizan el misterio, la dualidad y la libertad. Representan el equilibrio entre lo salvaje y lo doméstico, la conexión con lo enigmático. Era un animal sagrado en la cultura egipcia.
Muchos escritores han tenido fascinación por los gatos:
Julio Cortázar, cuyo gato se llamaba Adorno.
Jorge Luis Borges nombró Beppo a su gato más querido, en honor a Lord Byron; y le dedicó el poema “A un gato”.
Ernest Hemingway criaba docenas de gatos en su casa de Cayo Hueso.
Edgar Allan Poe, hace del gato un personaje, en su obra maestra El gato negro, como símbolo de lo macabro, lo sobrenatural.
Charles Bukowski, Truman Capote, Haruki Murakami y Herman Hesse también escribieron sobre ellos como seres que inspiran.
De México y Guadalajara no podemos olvidar a Carlos Monsiváis, -famoso por su amor a los gatos, uno de ellos llamado Kafka-. A Elena Garro; y al poeta y maestro Ernesto Flores.
Elena y Ernesto fueron amigos a través de cartas, cuando ella vivía en el exilio. Gracias a él conocí a Elena.
Ernesto me propuso darle una bienvenida en la Sogem, cuando regresó a México después de veinte años de exilio. De ahí surgió una invitación de Elena, para que la visitara en su departamento de París. De esa experiencia escribí mi obra de teatro Todos los pardos son gatos.
Tuve la oportunidad de conocerlos esa noche que estuve con Elena y Helenita. Una de las gatas se llamaba Lola, seguramente era el personaje de la novela de Elena: Andamos huyendo Lola. Ernesto contaba que Elena anduvo de un lugar a otro, llevando con ella a sus gatos.
Una famosa frase de Helenita, su hija, es: “Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. Detrás de una gran mujer, siempre hay un gran gato”. Seguramente refiriéndose a la separación de Elena y Octavio Paz.
A los gatos de Ernesto los conocí de cerca, cuando iba a su casa, acogedora y llena de libros y discos. En su sala, a veces sobre el piano, no podía faltar un gato amarillo: Matías, que era el dueño de los dueños, como lo creen todos los gatos.
Ahí estaba Carmen Peredo, su esposa, pianista y maestra de piano, que fundó los “Martes Musicales”, en el Exconvento del Carmen, y que la actual administración ha reanudado.
Otro amigo de Ernesto, el poeta y diplomático Hugo Gutiérrez Vega, también era de gatos.
Cuando fui a Atenas, a presentar mi novela La Señora Rodríguez y otros mundos, traducida al griego, él era embajador de México en Grecia y nos atendió a mi esposo y a mí a cuerpo de rey.
Yo solo tuve perros, les tomé aversión a los gatos desde que era adolescente: me arañó un gato callejero que había recogido, y resultó con rabia, por lo que me pusieron catorce inyecciones antirrábicas en el estómago.
Sin embargo, en uno de mis cuentos titulado “Entrelíneas”, aparecen unos gatos que pertenecen al personaje de “La tía”, y son espías de otros personajes: una pareja que hacen el amor. Cito:
Yo soy “La tía”. En todo cuento que se respete una tía es alguien indispensable: puede ser la mala, la rica, la solterona o la alcahueta, y yo no soy la excepción. Tengo bigote, me visto de negro y soy soltera; todo lo veo, todo lo oigo y sin mí no podrían vivir América, Agamenón y Rosendo. Ellos son mis gatos, por supuesto, y caminan de puntitas por el texto, se esconden debajo de la cama donde Julio y Laura no hacen el amor, o se quedan detrás de la puerta y escuchan…
Veo pasar a Agamenón despacito, muy despacito con la cola en alto… Ahora veo pasar a América y Rosendo, juraría que se van riendo y casi podría adivinar de quién…
Agamenón me mira de reojo desde la orilla de la página, quiere saltar a la siguiente, adelantarse a la narración. Agamenón, Agamenón, espera Agamenón…
Dos cuartillas más adelante lo encuentro husmeando a Ricardo, otro personaje… América está embarazada y no sé de cuál de los dos.
América pasa descaradamente con su vientre abultado… Comprendo que algo ha sucedido, algo que no estaba escrito…
El resto del cuento lo encuentran en Relatos mexicanos posmodernos. Selección y prólogo de Lauro Zavala. Editorial Alfaguara.
Martha Cerda
