
La producción de leche suele presentarse desde una narrativa asociada a la nutrición, la tradición y el bienestar. Sin embargo, en un contexto marcado por sequías, estrés hídrico y sobreexplotación de acuíferos, también resulta necesario analizar su impacto ambiental. Cada vez más especialistas advierten sobre el elevado costo en agua, suelo y emisiones que implica la producción láctea, lo que ha abierto un debate creciente sobre la sostenibilidad de este modelo productivo.
En México, la producción anual es cercana a los 14 mil millones de litros, de acuerdo con datos del Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP). Detrás de esa cifra existe una demanda masiva de recursos naturales, especialmente agua.
Cálculos de Alianza Alimentaria y Acción Climática estiman que producir la leche que México consume en un solo año requiere un volumen de agua equivalente a siete años de abastecimiento para toda la población de la Ciudad de México, o al consumo anual de agua de la mitad de la población del país. Además, las emisiones derivadas de esta industria son comparables al consumo energético de más de dos millones de hogares capitalinos durante dos años.
La huella ambiental de la leche de vaca es particularmente elevada debido a la enorme cantidad de agua y tierra necesarias para alimentar al ganado, así como por las emisiones asociadas a la ganadería intensiva, los procesos industriales y la expansión agrícola vinculada a esta cadena de producción.
“Durante muchos años la conversación sobre la leche se centró únicamente en nutrición, pero hoy también debemos hablar de agua, emisiones y sostenibilidad. No podemos discutir alimentación sin considerar el impacto ambiental de los alimentos que producimos y consumimos”, señala Sofía Ruiz Oldenbourg, gerente de Políticas Alimentarias de Alianza Alimentaria y Acción Climática.
Aunque durante décadas la leche de vaca fue promovida como un alimento prácticamente indispensable, especialistas señalan que hoy existen alternativas vegetales capaces de aportar nutrientescon una menor presión sobre recursos naturales como el agua y el suelo.
“No necesitamos leche, necesitamos nutrientes. El calcio y la proteína también pueden obtenerse de alimentos de origen vegetal que aportan fibra, vitaminas y minerales. Incluso las Guías Alimentarias Saludables y Sostenibles de México recomiendan moderar el consumo de lácteos para disminuir impactos ambientales y riesgos a la salud. La nutrición de la población no puede depender de los lácteos”, explica Ruiz Oldenbourg.
Legumbres, cereales, semillas, frutas y verduras pueden formar parte de patrones alimentarios más sostenibles y resilientes. Transformar los sistemas alimentarios es fundamental para reducir la presión sobre el agua, el clima y los ecosistemas.
Ese cambio también puede impulsarse desde las instituciones. Gobiernos, universidades, hospitales, escuelas y otros espacios públicos de alimentación tienen la capacidad de disminuir el impacto ambiental de sus compras alimentarias reduciendo la presencia de lácteos y aumentando opciones de origen vegetal en sus menús. Además de disminuir emisiones y uso de agua, estas decisiones pueden contribuir a crear entornos alimentarios más saludables y sostenibles.
En medio de la crisis climática y de la creciente escasez de agua, la conversación sobre la leche ya no puede limitarse únicamente a la nutrición o hábitos de consumo. También debe incluir el enorme costo ambiental que implica producirla.
Porque en un país donde millones de personas enfrentan problemas de acceso al agua, seguir celebrando la producción intensiva de leche sin cuestionar sus impactos ambientales ya no solo resulta insostenible, también empieza a ser profundamente contradictorio.