Jalisco

En Residencial Victoria, un vecino lleva tres semanas usando agua purificada para bañarse, lavarse los dientes y lavar los trastes. El agua de la red, dice, huele intensamente a fierro y, de cerca, a caño.

Obligados a vivir de garrafones; de cuando el agua de la llave ya no sirve

Obligados a comprar garrafones de agua purificada (Cortesía)

Abrir una llave es uno de esos actos que no deberían exigir pensamiento. Uno abre la llave. Sale agua y ya. Pero en una casa de Residencial Victoria, en Zapopan, abrir la llave se convirtió en otra cosa: una advertencia.

Primero llega el olor. No hace falta acercar la nariz ni llenar un vaso ni esperar a que el agua repose para descubrir sedimentos en el fondo. Basta girar la llave.

“Abres la llave y se apesta la casa de inmediato, toda. Luego salgo de casa y siento que huelo a esa agua”, comenta molesto Diego Lira.

El hombre que lo cuenta vive solo, con su gato, en un fraccionamiento de cinco edificios y 70 departamentos. El agua llega primero a una cisterna común y desde ahí se distribuye. La cisterna, explica, recibe mantenimiento. Se vacía, se lava, se clora. Lo han hecho durante años. Ellos pagan por el servicio, pero ahora ni eso ayuda.

Lo cuenta para dejar claro que no es problema del propio sistema de distribución de agua del fraccionamiento, como les hicieron hacer creer autoridades del Siapa ante los primeros reportes. No era su culpa. Era de los vecinos. La narrativa.

Pero el verdadero problema llega de antes. De la tubería. De algún lugar de esa enorme red invisible que atraviesa el Área Metropolitana de Guadalajara y que durante décadas permitió una comodidad elemental: creer que el agua de la llave era agua.

Comenta Diego que desde hace tiempo algunos vecinos comenzaron a reportar que salía café. A unos más oscura, a otros menos. Él creía que tenía suerte porque no le había pasado. O eso pensaba. Alguna vez le salió con color, pero no era frecuente.

“Pensaba que yo era un privilegiado”, rememora Diego antes de que todo se fuera al “carajo”, según dice.

En el grupo de WhatsApp del condominio comenzaron las advertencias y mensajes de enojo y frustración. El agua olía mal. Sin embargo, Diego abría su llave y todavía no. Pasó un día. Quizá dos. Luego le tocó.

“Y tómala. Valí madre. Ya estaba igual que todos”, lamenta.

El olor era tan fuerte que ya no importaba demasiado el color. “De lejitos huele a fierro. Si te arrimas, huele a caño”, describe.

Busca una comparación. Dice se asemeja al olor de una caries cuando el dentista abre el diente. Ese olor. Desde entonces dejó de usar el agua de la llave para casi todo. En su baño hay ahora una regadera de campamento.

El procedimiento para bañarse es sencillo y absurdo: vacía agua de garrafón en una cubeta, mete una pequeña bomba eléctrica, conecta una manguera y coloca arriba la regadera portátil.

Vecinos de Residencial Victoria reciben agua pestilente (Cortesía)

Después se baña. Casi siempre con agua fría. Calentar una cubeta completa es demasiado trabajo “de hueva”, argumenta. La ventaja, si uno quiere encontrar alguna, es que el frío obliga a gastar menos agua.

En la cocina hay otro invento.Un pequeño garrafón de cinco litros con una bomba eléctrica se convirtió en el nuevo grifo para lavar los trastes. Cada mañana lo rellena. Lo coloca cerca de la tarja. Presiona un botón. Sale agua limpia.

La llave verdadera permanece ahí. Sirve para recordar que una casa puede tener agua y, al mismo tiempo, no tenerla.

Lo más difícil son los reflejos. Durante años se lavó los dientes de la misma manera: abría la llave, se inclinaba y tomaba un poco de agua directamente para enjuagarse la boca. Un gesto automático.

“Me metí esa agua hedionda a la boca”, expresa con desagrado. Después venía la sensación de suciedad. Escupir. Lavarse otra vez. La desesperación por quitarse el sabor, el olor, la idea de lo que acababa de entrar en su cuerpo.

“Tuve que tallarme y tallarme por sentirme todo sucio”, narra.

La ropa es otro problema. Bañarse con garrafones todavía puede hacerse si vive una sola persona. Llenar una lavadora sería otra cosa.Así que improvisó.

Vecinos de Residencial Victoria reciben agua pestilente (Cortesía)

En el primer ciclo pone bicarbonato. Mucho. En el segundo, vinagre. Un litro, a veces un poco más. Carga menos ropa para confiar en que aquello funcione. No sabe si funciona. Pero lava.

Y así, poco a poco, los años de olvido, abandono, corrupción y negligencia obligaron a Diego a reinventar su vida diaria.

Cuatro o cinco garrafones por semana, sin contar los que utiliza para beber. Una regadera portátil. Una bomba junto a la tarja. Bicarbonato. Vinagre. El cuidado permanente de no abrir la llave equivocada.

Lleva así desde el 23 de junio. Tres semanas. En una ciudad. En la metrópoli de Guadalajara.

Piensa en sus vecinos. Una pareja con tres hijos, por ejemplo. Cinco personas.

“Si ellos quisieran hacer como yo, ¿cuántos garrafones tendrían que comprar? ¿Veinte a la semana?”, cuestiona. No lo sabe. Tampoco importa demasiado el número exacto. La respuesta es que muchos. Demasiados.

En el condominio comenzaron a aparecer filtros. Uno compró uno. Otro, uno distinto. Cada familia busca su propia solución para un problema que no creó.

Pero el olor sigue. A veces disminuye. No desaparece. Y entonces sucede algo extraño: el agua potable deja de ser un servicio público y se convierte en un problema privado. Cada casa debe resolverlo.

El que puede compra garrafones. El que puede instala filtros. El que puede pide agua a domicilio. El que puede compra una regadera para acampar y la instala dentro de su baño en medio de una ciudad de más de cinco millones de habitantes.

El que no puede, abre la llave.

Durante años, las tuberías envejecieron. Las plantas de tratamiento requirieron inversiones. La infraestructura necesitó mantenimiento. Las administraciones pasaron. Los gobiernos pasaron. El agua siguió corriendo debajo de las calles, escondida, hasta que dejó de ser posible ignorarla.

Ahora sale de las llaves. Café. Con sedimentos. Con olores que los vecinos describen como caño, huevo podrido, metal.

La crisis tiene estadísticas, análisis, muestras, declaraciones, reuniones, promesas. Pero también tiene esta otra dimensión, mucho más pequeña: un hombre desnudo frente a una cubeta de agua fría antes de ir a trabajar.

Una persona que debe recordar que no puede abrir la boca bajo la regadera. Que no puede tomar agua de la llave. Que necesita llenar el pequeño depósito de cinco litros para lavar el plato donde acaba de comer.

Diego dice que está derrotado. No indignado. No furioso. Derrotado. Porque incluso si alguien comenzara hoy a reparar todo lo que durante años no se reparó, sabe que el agua no se limpiaría mañana.

“Esta solución era para hace 20 años”, considera. Tal vez ahí está una de las formas más precisas de medir la crisis del agua en Guadalajara. No en el momento en que una tubería se rompe. No cuando aparece el agua café.

Sino cuando una persona modifica su vida para adaptarse a lo inaceptable. Cuando el Estado no puede garantizar, ahora, otro derecho humano básico: el acceso al agua potable. Cuando aprende a bañarse con una regadera de campamento dentro de su propia casa. Cuando convierte un garrafón en una llave.

Cuando el agua de la red llega todos los días y, aun así, tiene que comprar agua para vivir y pagar por la que no sirve. Y para cagar, me dice que esa es otra historia y otro gasto. Entonces abre la llave. El olor llena la habitación. Y la vuelve a cerrar.

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