La labor de miles de mujeres que buscan a sus familiares desaparecidos tendrá, a partir de este año, un reconocimiento internacional. La Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el 19 de diciembre como el Día Internacional de Reconocimiento de las Mujeres Buscadoras de Personas Desaparecidas, con el objetivo de visibilizar su papel, así como los obstáculos, riesgos y consecuencias que enfrentan durante las labores de búsqueda.
La iniciativa reconoce que la desaparición de una persona tiene consecuencias que van más allá de quien es privado de su libertad o cuyo paradero se desconoce. En numerosos contextos, son madres, esposas, hijas y hermanas quienes asumen la búsqueda, realizan trámites, acuden ante autoridades, reúnen información, acompañan investigaciones y mantienen viva la exigencia de conocer el destino de sus familiares.
La resolución también llama a los Estados y a otros actores a conmemorar la fecha mediante actividades que reconozcan el trabajo de estas mujeres y las consecuencias que han enfrentado. La adopción de la fecha tuvo especial relevancia para Siria, donde la guerra, las detenciones y las desapariciones forzadas han dejado a miles de familias sin información sobre sus seres queridos.
Sin embargo, el reconocimiento internacional no resuelve por sí mismo la crisis de desapariciones. La Red Siria de Derechos Humanos advirtió que la nueva fecha debe traducirse en acciones concretas para localizar a las personas desaparecidas, preservar evidencias, identificar restos, garantizar información a las familias y avanzar en investigaciones y responsabilidades.
En México, donde la búsqueda de personas desaparecidas también ha recaído de manera importante en familiares organizados en colectivos, la figura de las mujeres buscadoras ha comenzado a ocupar un lugar cada vez más visible no sólo en el debate público, sino también en la literatura, la crónica y la poesía.
Libros para acercarse a la búsqueda y la desaparición
Uno de los títulos que permite aproximarse de manera directa a esta realidad es Cuando la justicia desampara, del periodista Azam Ahmed, publicado por Planeta. El libro reconstruye la historia de Miriam Rodríguez, madre de Karen, quien fue secuestrada y asesinada por integrantes de Los Zetas en 2014.
Tras el asesinato de su hija, Miriam emprendió por cuenta propia la búsqueda de los responsables: siguió pistas, investigó redes sociales y recorrió ranchos abandonados hasta conseguir que varios de los implicados fueran encarcelados. Ahmed construye a partir de esta historia un retrato de San Fernando, Tamaulipas, pero también de un país en el que las familias terminan realizando tareas que deberían corresponder a las instituciones.
El libro, de 400 páginas, combina investigación periodística, reconstrucción de hechos y una narrativa cercana al thriller para contar la historia de Miriam, pero también para mostrar las dimensiones de una violencia que atraviesa a comunidades enteras. La obra aborda las fosas clandestinas, la corrupción institucional, el reclutamiento criminal y las familias que continúan buscando a sus desaparecidos incluso cuando las instituciones han dejado de ofrecer respuestas.
Desde la ficción, Brenda Navarro aborda la desaparición de un niño en Casas vacías, novela publicada por Sexto Piso. La historia parte de un hecho aparentemente cotidiano: un niño desaparece en un parque mientras su madre está distraída. A partir de ahí, Navarro construye la historia de dos mujeres vinculadas por el mismo niño, una que lo pierde y otra que se lo lleva para criarlo como propio.
La novela desplaza la desaparición del terreno exclusivamente criminal hacia el ámbito de la maternidad, la precariedad, la culpa, la desigualdad y el cuidado. La ausencia de Daniel —quien posteriormente será llamado Leonel— se convierte en un vacío que atraviesa las vidas de ambas mujeres. La editorial ha señalado que la obra confronta las ideas convencionales sobre la maternidad y explora las violencias familiares, la soledad y el amor.
Otro acercamiento, esta vez desde el ensayo y la antropología, aparece en El extravío de los signos, de Natalia Mendoza. Publicado por Periférica en 2026, el libro analiza las formas en que México ha intentado nombrar y comprender una violencia que, para la autora, desborda las categorías tradicionales de criminalidad y guerra.
Una parte importante de los ensayos transcurre en el desierto de Sonora, territorio marcado por distintas formas de violencia. Mendoza se detiene en la necesidad de interpretar huellas, indicios y señales, una tarea que adquiere un significado especialmente doloroso para los familiares de personas desaparecidas, obligados a investigar y buscar continuamente ante la ausencia de respuestas.
El libro conecta esa búsqueda contemporánea con referencias literarias y mitológicas, entre ellas Tiresias y Antígona, para reflexionar sobre los cuerpos que no han podido ser encontrados, enterrados o reconocidos y sobre la importancia social del duelo. Mendoza plantea que la búsqueda no es únicamente una tarea individual de las familias, sino también un problema político y colectivo. La primera versión del ensayo obtuvo en 2020 el Premio INBAL José Revueltas de Ensayo.
La poesía ofrece otra manera de aproximarse al dolor de la pérdida. En Donde una vez tus ojos ahora crecen orquídeas, de Rocío G. Benítez, publicado por la Universidad Autónoma de Nuevo León en 2021, la autora parte de la experiencia de la pérdida violenta de una hija para construir un libro atravesado por la maternidad, la violencia contra las mujeres, el duelo y la memoria.
El libro no pretende reconstruir una investigación criminal, sino convertir el dolor en lenguaje. La editorial universitaria señala que la voz poética transita entre la ternura, la confesión, el desgarramiento y la desesperación, mientras que los elementos relacionados con el feminicidio son transformados mediante la imaginación poética.
En uno de sus poemas, la violencia aparece vinculada con la tierra, los cuerpos y la memoria heredada entre generaciones. La autora recupera la voz de una abuela, de una madre y finalmente de la propia poeta, creando una cadena femenina de transmisión del horror y del recuerdo.
Los cuatro libros permiten acercarse a una misma problemática desde registros distintos: la investigación periodística de una madre que busca justicia; la ficción sobre una familia atravesada por la desaparición; el ensayo que analiza las herramientas con las que una sociedad intenta comprender la violencia; y la poesía que convierte la pérdida en memoria.
La nueva fecha proclamada por Naciones Unidas coloca así en el calendario internacional una labor que, durante años, ha permanecido principalmente en manos de las propias familias: buscar, preguntar, investigar, caminar territorios, identificar indicios y exigir respuestas.
El 19 de diciembre será, a partir de ahora, una fecha para reconocer a esas mujeres. Pero también para recordar que detrás de cada persona desaparecida existe una historia familiar y que, mientras no exista certeza sobre su paradero, la búsqueda continúa.