No nací, ni soy, ni vivo en una colonia común. No hay una privada con cámaras, portones automáticos y caseta de seguridad, un “coto”, como le decimos aquí en Guadalajara. Yo soy de un lugar mágico, casi surrealista, que para mí es una auténtica máquina del tiempo: entre más pasan los años, más me impresiona la grandeza y la soberanía que tuve la fortuna de heredar.
Qué les puedo decir, estimados lectores: Soy de barrio, me considero de barrio, el barrio está en mis venas. Sé que algunos podrán leer esto y pensar que hay algo despectivo en ello. Para mí no lo es. Para mí es motivo de orgullo, de felicidad, y es lo que me hace recordar a mis ancestros y la dinámica que ellos construyeron para nosotros.
La Real Academia Española nos da una definición correcta, aunque escueta, de lo que es un barrio: “Cada una de las partes o subdivisiones en que se dividen las ciudades, pueblos o municipios”. Pero un barrio es mucho más que su espacio físico: es una comunidad viva, donde los vecinos comparten historia, costumbres, comercio local y un fuerte sentido de identidad y pertenencia. Y, aun así, me atrevo a decir que la definición más amplia y más clara de lo que es un barrio es la de uno mismo, porque un barrio se escribe con la propia historia de quien lo habita.
Y es que los barrios tienen características que los vuelven verdaderamente especiales. Tienen una gran historia, la de los ancestros, la de las mismas familias, la misma gente, las mismas comunidades sosteniéndose generación tras generación. Son comunidades que se protegen entre sí, que se acompañan en lo bueno —en los festejos, en las fiestas patronales, en los convites— y que también, por qué no decirlo, se acompañan en lo malo: cuando alguien tiene una necesidad, cuando alguien fallece, ahí está el barrio entero para sostener a la familia. Esa es, quizás, la característica más noble de todas: nadie enfrenta solo ni la alegría, ni el dolor.
Qué recuerdos tan bellos me trae escribir esto. Hay algo que me marcó desde muy chico viviendo en un barrio, y que hoy pongo en práctica en cualquier lugar del mundo en el que me encuentre: el saludar. Recuerdo salir de casa de mi abuela, en el Barrio de Tlaxcala, en San Luis Potosí, para ir a misa, y el simple hecho de recorrer las calles se convertía en un ritual: buenos días, buenas tardes, buenas noches, a cada vecino, a cada rostro conocido, aunque no supiéramos siempre el nombre exacto.
Por las mañanas, los barrios huelen a pan recién horneado, a tierra mojada, a la frescura de la gente barriendo sus calles antes de que salga el sol. Huelen al revoco de las casonas y vecindades antiguas, a esas paredes que han visto pasar generaciones enteras. Huelen a huevos frescos, a queso, a maíz cociéndose desde temprano, a atole de masa y a champurrado humeante en cualquier esquina. Y por las tardes, por qué no decirlo, huelen a mole, con toda la fortuna de vivir cerca de las casas donde se guardan esas recetas que se heredan de abuela a madre y de madre a hija.
Los fines de semana los barrios cambian de aroma: a la frescura de siempre se le suma, aquí y allá, un toque de cerveza, pero sobre todo el olor entrañable del menudo —mi platillo favorito, lo confieso—, de la barbacoa recién destapada y de los consomés que se sirven en la puerta de la casa de la vecina de siempre. Y llega el domingo, y con él la misa: ahí está todo el barrio junto, todos conocen al párroco, todos saben un poco de la vida del otro. Eso son los barrios: gente que se reconoce, que se pregunta cómo estás y de verdad espera la respuesta.
Por eso lo digo con toda claridad: los barrios no deberían sonar nunca a algo despectivo. Son, en realidad, una dinámica de grandeza que se repite en el mundo entero. Pensemos en los barrios entrañables de Madrid, como La Latina, Chueca y Chamberí; en los de la Ciudad de México, como San Ángel, Mixcoac, Coyoacán, Roma o la Condesa; o aquí mismo, en Guadalajara, donde tenemos a Analco, el barrio más antiguo de la ciudad, a Santa Tere con su mercado dominical que tanto disfruto visitar, y a mi segundo barrio del corazón, Mezquitán, con su cercano y hermoso Santuario de Guadalupe y sus calles que aún respiran la huella de Fray Antonio Alcalde.
Y, por supuesto, no puedo dejar de mencionar a los barrios que siempre vivirán en mi corazón: los siete barrios originarios de San Luis Potosí —Santiago, San Sebastián, San Miguelito, El Montecillo, Tequisquiapan y San Juan de Guadalupe—, cada uno con su propia historia, su propio santo patrono y su propia manera de celebrar la vida. Pero hay uno que ocupa un lugar aparte, un lugar especial en mi corazón: el Barrio de Tlaxcala, el más antiguo de todos, el que me vio nacer y crecer, y el que en días recientes me ha permitido volver a vivir una de sus fiestas más grandes.
Ahí, precisamente, Tlaxcala se fundó en 1592: eso son ya 434 años de fiesta ininterrumpida. Primero la fiesta a Nuestra Señora de los Remedios, levantada por manos indígenas; después, hasta nuestros días, la fiesta a la Virgen de la Asunción. Que se haya elegido a María como motivo de celebración me parece algo extraordinario, porque genera toda una dinámica: un convite que anuncia la espera; un primero de agosto en el que baja la imagen y se siente como si el cielo se abriera y bajara la mismísima Virgen a caminar entre nosotros; quince días de entrada de cera, con bateas cargadas de velas para ofrendar en la iglesia, marmotas de carrizo y papel maché, carros alegóricos, castillos de pólvora y cohetes, mientras cada jornada arranca desde antes del alba con el rosario de aurora y se prolonga por la tarde en una verbena popular con una gastronomía que, sin exagerar, ya merecería estrella Michelin: enchiladas, tostadas borrachas y colonche, esa bebida ancestral hecha de tunas cardonas rojas.
El 15 de agosto, día grande, hay mariachi desde las seis de la mañana y durante toda la jornada, y por la noche se le suman la banda norteña, el huapango y la cumbia, hasta culminar en el castillo de pólvora. Pero una fiesta tan grande como la de la Asunción no puede terminar en un solo día: sigue hasta la octava, el 22 de agosto, cuando la imagen vuelve a subir a lo más alto del altar, en representación del cielo.
Eso son los barrios. Siéntete orgulloso de decir que eres de barrio, de la dinámica que representas, y cuando escuches que alguien más lo es, escúchalo: detrás de esa frase hay una gran historia. Necesitamos comunicarnos, necesitamos saber del otro, conocer su historia, su memoria viva, sus raíces, la semilla que está plantando y hacia dónde va. Vivamos los barrios de México al máximo, y que en cada uno de ellos encontremos ese rayo de luz que ilumina la vida.
Reivindiquemos, entonces, la palabra barrio. Reconozcamos en nuestras propias calles esa arquitectura invisible hecha de saludos, de campanas, de olores a comida compartida, arquitectura y de historias que se cuentan de generación en generación. Porque, al final, los barrios no son solamente un lugar donde vivimos: son un lugar que nos vive a nosotros.
Queridos lectores, hasta aquí mi reflexión de hoy. Los invito a nombrar con orgullo el barrio del que son, a caminarlo con otros ojos y a sumarse a sus fiestas, que son —como toda herencia viva— un regalo que no debemos dejar de cultivar.
Gracias, y hasta la próxima entrega.
*Jorge Alejandro Peña Landeros / Director de Biblioteca / Universidad Panamericana (UP)