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¿Privilegios o derechos?

Hay una idea cada vez más común en distintas partes del mundo: la izquierda y la derecha tradicionales han muerto. Curiosamente, esta idea suele venir de la ultraderecha, que durante muchas décadas no podía esgrimir libremente sus argumentos racistas, clasistas y machistas sin que fueran cuestionados por un gran consenso en ambos lados del arco político.

No es que se hubiera acabado el racismo, el clasismo y el machismo, sino que estaba mal visto o incluso sancionado legalmente. Por ello, pensábamos que la ultraderecha estaba moralmente derrotada, pero parece que solo estaba esperando el momento adecuado de volver a sacar sus banderas.

Es posible que las líneas entre derecha e izquierda se hayan desdibujado en algunos casos. O más bien que algunos quieran que las y los votantes compremos esa historia. Sin embargo, es fácil desenmascarar ese discurso si tomamos en cuenta un concepto que desde el feminismo es fundamental comprender: el privilegio.

Cuando hablamos de igualdad y libertad, podemos comprenderla en términos capitalistas, es decir, centrada en el reparto de los recursos económicos, pero, además, podemos analizarlo desde una óptica feminista y acordarnos de que es el privilegio el que define en buena medida nuestros sueldos, nuestras posibilidades y las violencias que sufrimos.

Ser privilegiado implica tener una característica que te pone por encima de otras personas: por ejemplo, en México 73 por ciento de los millonarios nacieron siendo ricos. Así, si naces siendo rico tendrás muchas posibilidades de seguir siéndolo. Por otra parte, 78 por ciento de las personas en los quintiles más bajos no logran salir de la pobreza por ingresos, por lo que si naces siendo pobre es muy probable que sigas en la misma condición. Además del privilegio de clase, hay otros muy evidentes como ser blanco y, por supuesto, ser hombre.

Las desigualdades -al igual que los privilegios- se interseccionan y potencian. Cada característica se relaciona entre sí para establecer un lugar de la persona en el espacio social. Lo curioso es que la ultraderecha ha encontrado la manera de explotar el miedo a la pérdida de los privilegios, por pequeños que sean. En particular, ha encontrado un filón dirigido a los varones de las clases medias y trabajadores: no serás rico, pero antes al menos eras el rey de la casa.

En la propaganda de los neoconservadores se establece al feminismo y las políticas de igualdad como los grandes responsables del malestar de los varones y de su pérdida de privilegios. En sus argumentos, lo que amenaza su bienestar no son las élites privilegiadas, sino las mujeres liberadas y los hombres pobres racializados que quieren “invadir” sus países.

Y así, quienes siempre han dominado el mundo están ganando el poder con votos que, curiosamente, provienen de hombres pobres, blancos y racializados. Y, cada vez más, también de mujeres, a quienes se les ha convencido de que eran más felices siendo sumisas amas de casa. En esta propaganda se enfatiza en arrasar con las políticas de género, de igualdad, de diversidad, y eliminar todo lo que defienda ayudas sociales o becas a los grupos que no parten de ese privilegio.

Es, por tanto, un asunto de si las políticas públicas deben equilibrar la desigualdad, identificando a los grupos privilegiados y haciendo que esos privilegios (que no derechos) sean cada vez menores, o si esas políticas deben proteger los privilegios, disfrazándolos de derechos, y llamar a eso “libertad”.

Al poner el foco ahí, en llamar al privilegio por su nombre, identificamos claramente en qué se diferencian las políticas de izquierdas y de derechas, aunque muchos votantes, y partidos, parezcan creer ahora que todo es lo mismo.

*Por Concepción Sánchez Domínguez-Guilarte y Mariana Espeleta Olivera, académicas del Centro Universitario por la Dignidad y la Justicia del ITESO

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