Estimados lectores, como siempre, es un enorme gusto saludarles. El día de hoy les traigo una columna de reflexión sobre un tema que me ha acongojado varios días, en medio del exceso de información y de noticias que lo rodean: los resultados de la prueba PISA 2025. Vale la pena sentarnos, revisarlos con calma y preguntarnos qué nos toca hacer, como sociedad, frente a ellos.
Lo que dicen los números
Esta semana la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) publicó dichos resultados —PISA es el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes, que cada tres años evalúa a jóvenes de 15 años en ciencias, matemáticas y comprensión lectora en más de 90 países—, y las cifras para México, aunque no sorprenden del todo, merecen que nos detengamos en ellas. No para señalar culpables, sino para preguntarnos qué nos toca hacer a cada uno.
México se ubicó en el lugar 37 de 38 países de la OCDE evaluados, con un promedio de 403 puntos frente a los 469 del promedio general: su resultado más bajo en veinte años. En Comprensión Lectora, la brecha frente al promedio de la OCDE es de 47 puntos. Solo el 0.3% de nuestros estudiantes alcanza un nivel alto de comprensión —frente al 6% de la OCDE y el 22% de los países mejor evaluados—, mientras que la mitad apenas logra entender el sentido literal de un texto, sin llegar a interpretarlo o cuestionarlo. La propia nota de la OCDE sobre México reconoce cierta resiliencia en lectura frente a la caída generalizada en otros países; no es un consuelo, pero sí una pista de que no partimos de cero.
Un dato que debería inquietarnos como comunidad educativa: 47% de los estudiantes mexicanos usa inteligencia artificial semanalmente para apoyar su aprendizaje, y 59% la usa en sus tareas —cifras casi idénticas al promedio de la OCDE. La pregunta no es si la IA llegó para quedarse —ya lo hizo—, sino si estamos formando estudiantes capaces de usarla con criterio, o simplemente más eficientes para producir sin comprender.
Por qué la comprensión lectora es el asunto de fondo
No hay vía más sólida para comprender un tema que la lectura misma. La Real Academia Española define leer como “pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados.” Nótese que la propia definición ya exige comprensión, no solo decodificación: leer, en su sentido más elemental, ya implica entender.
Andrade y Utria (2021) señalan que la comprensión lectora es una competencia fundamental para aprender y pensar, con tal valor formativo que forma parte de evaluaciones académicas nacionales e internacionales —como la propia PISA—. La lectura no solo permite acceder al conocimiento disciplinar: constituye un medio esencial para construirlo (Solé, 2012).
Comprender un texto implica construir significado a partir de objetivos claros, hacer inferencias y activar conocimientos previos (Nuttall, 1996; Solé, 1997). Kabalen y Sánchez (1995) distinguen niveles de lectura —literal, inferencial y analógico— que convergen en una capacidad superior: el juicio crítico. Y esa capacidad, como advierten Kintsch y Rawson (2005), exige integrar la información del texto con lo que ya sabemos, para construir un significado propio, no solo repetir el ajeno.
Quien no comprende lo que lee no ha desarrollado plenamente esa competencia, por más rápido que lea o por más herramientas que use para resumir. Y ahí está, me parece, el corazón del problema que PISA vuelve a exhibir: no es que nuestros jóvenes no lean, es que buena parte de ellos no está comprendiendo lo que lee con la profundidad que la vida —académica y personal— les va a exigir.
Leer para interpretar el mundo, leer para soñar, leer para escribir
He tenido la fortuna, en estos meses, de acompañar de cerca un proyecto de estrategia integral de lectura, que confirma algo que quiero compartirles: un lector, tarde o temprano, se vuelve escritor. Cuando alguien se acerca a un texto breve —un cuento corto, un capítulo, una columna como esta— y descubre que ahí hay algo que lo interpela, casi siempre sigue un segundo paso: las ganas de contar algo propio. Leer y escribir no son actividades separadas; son un mismo gesto en dos direcciones.
Esa es, en el fondo, la perspectiva sapiencial que deberíamos perseguir como sociedad: no leer solo para acumular información, sino para acercarnos, con honestidad, a las preguntas fundamentales de la existencia y al amor por la verdad. En tiempos de infoxicación, de algoritmos que deciden por nosotros qué leer y qué no, la lectura —lenta, deliberada, exigente— es también un acto de libertad.
¿Qué hacemos con esto?
Veo un debate constante sobre a quién corresponde resolver esto: si al gobierno, a las escuelas, a las políticas públicas. El gobierno tiene su parte, y en efecto la está —o no la está— cumpliendo. Pero la lectura no puede depositarse únicamente ahí. Nace en casa, en la familia, en la decisión personal de cada quien antes que en cualquier política pública.
Y la buena noticia es que nunca habíamos tenido tantas puertas de entrada. Libros digitales, Kindles, booktubers y booktokers que recomiendan historias en video, cuentos cortos que caben en una tarde, periódicos al alcance del teléfono. Vivimos rodeados de incentivos para leer; lo que a veces falta es la decisión de tomarlos. No hace falta empezar con un libro entero: basta una hoja, un capítulo, un cuento corto. De ahí, a otro. Y a otro más grande.
Como instituciones educativas y sociedad, tenemos un compromiso ineludible con esto. Pero el compromiso más importante es el de cada quien. Leamos nosotros primero. Invitemos a leer a nuestros padres, a nuestros hijos, a quien tengamos cerca. Acerquémonos a las bibliotecas, a las ferias del libro, a las librerías de nuestra ciudad.
Los resultados de PISA no son una sentencia; son una invitación. Ganémosle la batalla a la no lectura. Leamos, soñemos, y —tarde o temprano— atrevámonos también a escribir.
No se olviden de buscar, en cada rincón, ese rayo de luz que los motive y los invite a soñar en grande. Hasta la próxima, lectores.
*Fuente: OECD (2026), PISA 2025 Results (Volume I): Future-Ready Students, PISA, OECD Publishing, Paris.
*Jorge Alejandro Peña Landeros / Director de Biblioteca / Universidad Panamericana (UP)