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El auge tequilero impulsó la expansión hacia regiones sin vocación productiva, desplazando cultivos básicos y vegetación endémica.

La expansión del agave en Jalisco genera crisis ambiental y económica

. Imagen: INAH-Dirección del Patrimonio Mundial Adalberto Ríos Szalay

La acelerada expansión del agave en Jalisco ha transformado el paisaje agrícola y ambiental del estado. De acuerdo con el Anuario Estadístico de la Producción Agrícola de la Sader, la superficie destinada a este cultivo aumentó 92 por ciento entre 2019 y 2025. Investigadores del ITESO, encabezados por Maximiano Bautista Andalón, documentan que el crecimiento se dio a costa de otros granos básicos y de ecosistemas como la selva seca, además de sobrepasar las áreas autorizadas por la Semadet.

El auge tequilero durante la pandemia elevó el precio del agave hasta 32 pesos por kilo en 2022, lo que motivó la expansión desordenada de parcelas. Sin embargo, la sobreproducción provocó que en 2024 el precio cayera a 2.5 pesos por kilo, afectando a productores y dejando cultivos abandonados.

Zonas de sacrificio y pérdida ambiental

Las imágenes satelitales del programa europeo Copernicus muestran cómo las nuevas plantaciones avanzaron hacia zonas de conservación y cuerpos de agua como la Laguna de Cajititlán y el Lago de Chapala, donde el uso de pesticidas y la erosión del suelo agravan las crisis sociohídricas. Bautista advierte que la producción ha generado “zonas de sacrificio”, donde se pierden procesos agrícolas tradicionales y se deterioran hábitats de especies como venados, linces y coyotes.

En la Región Ciénega, parcelas antes destinadas a maíz, trigo y sorgo fueron reemplazadas por agave, mientras que en la Región Valles, el paisaje agavero tradicional se ha visto desbordado por la extensión desmesurada. El caso de la Barranca de Achio en Amatitán es representativo: ahí los cultivos sobrepasan el área de elegibilidad establecida por Semadet.

Crisis recurrente y mercado saturado

El especialista recuerda que Jalisco ya enfrentó una crisis similar en el año 2000, cuando la oferta de agave maduro saturó el mercado. “Después de una gran escasez viene una ola enorme de producción y otra vez satura el mercado”, señala Bautista. La falta de planeación y la búsqueda de ganancias inmediatas han llevado a repetir un ciclo de abundancia y caída que perjudica tanto a productores como al entorno natural.

Herramientas para la sustentabilidad

Si bien Bautista considera que señalar la crisis es relevante, apunta que la observación satelital es una herramienta para caracterizar mejor el territorio. De este modo, ayuda a monitorear que la industria no alcance las zonas de conservación prioritaria —como el Bosque La Primavera—, a identificar las tierras que necesitan descanso y a reconocer aquellas con verdadera capacidad productiva para el agave.

El análisis geoespacial desarrollado por el ITESO sirve como insumo en el Proyecto de Aplicación Profesional (PAP) Laboratorio de Análisis de Datos, donde estudiantes entrenan modelos de clasificación espectral y desarrollan líneas de analítica de negocios. La intención es que disciplinas como finanzas, negocios e ingenierías integren criterios ambientales en su lectura del territorio.

La expansión del agave también ha generado tensiones sociales en comunidades rurales. Muchos pequeños productores que apostaron por el cultivo se enfrentan ahora a deudas y pérdidas, pues el precio de venta no cubre los costos de producción ni de traslado a las plantas tequileras. Esta situación ha provocado migración laboral y abandono de parcelas, con impactos directos en la economía local.

Otro aspecto crítico es la pérdida de prácticas agrícolas tradicionales. El desplazamiento de granos básicos como maíz y sorgo no solo afecta la seguridad alimentaria regional, sino que también erosiona conocimientos campesinos transmitidos por generaciones. La homogeneización del paisaje agrícola amenaza la diversidad cultural vinculada al campo jalisciense.

Finalmente, los investigadores advierten que la expansión descontrolada del agave compromete la imagen internacional del tequila como producto emblemático de México. La presión ambiental y social podría afectar la sostenibilidad de la denominación de origen, un riesgo que pondría en entredicho la reputación de la bebida en mercados globales. (Con información del ITESO)

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