En la marcha ciudadana del 11 de octubre, un domingo a las 11 de la mañana, había un ambiente festivo y familiar. Muchas personas, de muchas edades y condiciones, decían “basta ya” al progresivo deterioro del servicio de agua que pone en riesgo la salud de las personas. El gobernador del estado, Pablo Lemus, había anunciado que giró instrucciones para que la marcha fuera “ordenada y segura”.
Sin embargo, como ya es sabido por la población en general, gracias a que hoy en día todo el mundo lleva consigo la capacidad de grabar los acontecimientos ocurridos, al llegar a Casa Jalisco comenzaron a registrarse provocaciones hacia los manifestantes, que derivaron en jaloneos de las vallas y posteriormente en la retención extremadamente violenta de personas dentro de la misma casa de los jaliscienses.
Lo que era una fiesta, con la emoción que supone ejercer nuestra ciudadanía y nuestros derechos, se convirtió en un día negro para Jalisco, una mancha en el expediente de las autoridades, y tristemente también para los bomberos, el cuerpo más respetado y estimado por los ciudadanos, que de forma inédita y vergonzosa se vio en la penosa posición de atacar a la gente que se congregó a manifestarse.
Una de las cosas que llamaron la atención es que mientras que los policías antimotines que resguardaban las vallas estaban completamente equipados, a las mujeres policías del Estado, que igualmente estaban en primera línea, se les observó sin equipo táctico: sin casco, sin escudo y con miedo en el rostro. En el discurso que posteriormente daría el Gobernador para justificar las represiones, dirá que un grupo de choque atacó a las mujeres policías. Lejos de la verdad, uno de los ciudadanos que fue detenido, Iván, aparece en los vídeos pidiendo al comandante de los antimotines que relevara a una joven policía aterrada. Minutos después, Iván es prendido por el cuello y engullido entre los toletes.
Adentro del calabozo improvisado en Casa Jalisco, los retenidos estuvieron en un limbo jurídico y vital. Nadie sabía con certeza donde estaban ni cuál era su estado de salud. Afuera llovían los gases lacrimógenos e irónicamente -demasiado irónicamente- chorros de agua limpia a presión, para dispersar a la multitud que exigía la devolución de los retenidos. Aquí, las experiencias de las mujeres politizadas que han sido protagonistas de innumerables marchas en los últimos años fue vital.
Muchas de ellas ayudaron a conducir a las familias para desalojar el área, calmando a las personas para que no corrieran -lo más peligroso que puede pasar en una masa multitudinaria- mientras que en los videos observamos a valientísimas jóvenes interponiendo sus cuerpos entre los antimotines y sus víctimas objetivo. Algunas incluso intentando abrir los escudos para recuperar a aquellas personas que eran arrastradas por los suelos de pavimento.
Profesores, estudiantes, artistas, padres de familia, jóvenes activistas, personas de todo tipo y hasta Samuel, un repartidor de plataforma cuya detención observamos todos desde diferentes ángulos de cámara, estaban mientras tanto enfrentando severas agresiones físicas. Una compañera compartía en las redes que le quitaron sus zapatos para pisarle los pies ¿Se imagina cómo funciona la mente de alguien que detiene a una mujer y, junto con otros hombres, todos con botas, le quita los zapatos para pisarla hasta causarle fracturas? Piénselo un segundo. No es un exceso en el calor del momento: es un mensaje escrito sobre el cuerpo de una mujer ya sometida.
Tras horas incomunicados en la Fiscalía, durante las liberaciones a cuentagotas de las y los detenidos, podemos ver costras, vendajes, yesos, moretones, hinchazón, pérdida de dientes, sillas de ruedas. No es exceso en el uso de fuerza en el momento de la detención: son tratos crueles y torturas, el auxilio médico que se les prestó fue el mínimo indispensable. Entre las personas detenidas, no parece estar ningún miembro de algún grupo de choque. La ciudadanía los vamos conociendo por nombre, por edad y ocupación.
Los detenidos son personas ordinarias como nosotras, son nuestras compañeras de clase, vecinas, amigos o estudiantes, no son porros organizados para incitar desmanes. Cuando la represión no cae sobre quien revienta la marcha sino sobre quien marcha, deja de ser contención y se vuelve castigo: a todas, a todos. Una lección para que nos quedemos en casa, bañándonos en agua sucia.
*Por Concepción Sánchez Domínguez-Guilarte y Mariana Espeleta Olivera, académicas del Centro Universitario por la Dignidad y la Justicia del ITESO