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Lord camarita

Cerca de las 8 de la mañana, unas mujeres en la calle esperan el autobús escolar que llevará a sus hijos a la escuela. Alguna se estaciona estorbando parcialmente un paso. Sin previo aviso, un hombre con actitud agresiva se acerca y comienza a grabarla sin decirle nada, sin expresar aquello que le molesta, apuntándola directamente al rostro, al automóvil.

Finalmente, el hombre le dice a la mujer que se quite de ahí, que lo deje pasar, de forma hostil, sin dejar de grabarla todo el tiempo. Sin un “buenos días, disculpe, ¿podría retirarse de aquí?”. O ya no digamos tanta amabilidad, simplemente: “por favor, no se estacione en este lugar”. No. Sin hablar. Y con una cámara de por medio. Como si esa mujer fuera una delincuente a la que hay que grabar como prueba judicial. O un funcionario incumpliendo su misión.

¿Cuándo nos convertimos en Lord Cámara? Alguien que considera que no se puede hablar, que hay que grabar y exhibir. Que las personas no van a reaccionar bien ante un diálogo, que se requiere presionar y violentar grabando a ciudadanas que no están haciendo nada en especial. El hombre graba como forma de amenaza, para que ella sepa que está dispuesto a exhibirla, ¿por qué tanta agresividad? Cuando son hombres quienes realizan estas prácticas frente a una mujer sola, opera una forma de violencia particular que está atravesada por el género, la vulnerabilidad y el temor que las mujeres sentimos ante una confrontación que pudiera escalar.

Grabar a una persona en la calle también es una forma de acoso. La ley permite, efectivamente, grabar a quien está en un espacio público, con algunos matices como el caso de menores, pero, ojo aquí, no se otorga el derecho a difundirlo por ningún medio, ni a poner esas grabaciones en redes sociales o en cualquier otro lugar si no media una autorización de quien ha sido grabado.

A menudo, las grabaciones se suben a redes sociales donde la exhibición y la burla se confunden con una denuncia fundada. Si se atestigua un abuso de poder, una amenaza, una riña o un accidente, quizá un video puede aportar como forma de comprender y entender lo que sucede, tal vez como testimonio ante la autoridad o ante la opinión pública.

Sin embargo, cada vez es más frecuente ver videos donde se graban mujeres en las playas o en las calles. Mientras en las redes se comenta sobre sus cuerpos, o se ejerce la humillación pública a través de burlas, y estereotipos ofensivos. Una vez que se sube un video en internet o una foto de alguien, se expone a la persona a un montón de peligros sin ningún tipo de responsabilidad y sin su autorización.

Hemos generado una sociedad tan conectada que parece convencida de que cualquier pequeño problema con la vecina requiera de un video que medie, porque somos incapaces de hablar con esa persona directamente, de decir amablemente lo que necesitamos, lo que queremos o lo que pensamos que no está funcionando bien. Se prefiere usar una cámara que asusta: “te voy a exhibir”, en lugar de dirimir un conflicto con el diálogo, apostando por la capacidad de interlocución en el marco de las relaciones humanas. Quizá esa persona lo entienda y lo atienda. Sin necesidad de amenazar, de grabar y violentar su intimidad.

Nos acostumbramos a ver a “lords” y “ladies” en las redes, pero algunas de ellas son personas normales que quizás tuvieron un mal día o cuyo video fue grabado en un contexto que no conocemos. A veces, también se han evidenciado casos injustos, tratos desagradables e incluso delitos, pero eso es otra cosa. La próxima vez que vayas a grabar a alguien preguntante: ¿quién es el “Lord” aquí? La cámara puede ser un recurso, pero no el medio para gestionar conflictos.

*Por Mariana Espeleta Olivera y Concepción Sánchez Domínguez-Guilarte, académicas del Centro Universitario por la Dignidad y la Justicia del ITESO

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