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Gatos y mujeres

Gatos. Ningún animal tiene una relación simbólica tan estrecha con las mujeres como los pequeños felinos. En Occidente, cuando pensamos en mujeres y gatos, vienen a la mente las brujas. En la Edad Media, la tenencia de gatos era generalizada en Europa, y sus servicios como depredadores de ratas, muy apreciados.

El Papa Gregorio IX emitió una bula en 1233 que asociaba a los mininos negros con el diablo. Poco a poco el gato fue convirtiéndose en un ser sospechoso. Era útil y tolerado, pero poco apreciado. Cuando la Santa Inquisición se estableció, la asociación entre mujeres, gatos y Satanás estaba consolidada en las creencias populares.

De acuerdo con estas supersticiones, especialmente en la tradición anglosajona, los gatos servían a las brujas y se les llamaba “familiares”, dándoles carácter de sirvientes espirituales asignados por el demonio. Otras creencias señalaban que las mujeres se transformaban en gatos para vigilar y hacer maldades a sus vecinos. Aunque la propia Inquisición española desestimó estas ideas como supercherías, la asociación entre brujas y gatos perduró hasta nuestros días.

Esta asociación también se traslada a la figura contemporánea de “la loca de los gatos” que, al igual que las brujas, están representadas por mujeres mayores o de mediana edad, solteras (o viudas) sin hijos. El estereotipo nos habla de las fobias y el castigo social que se mantiene señalando a las mujeres independientes, sin vigilancia masculina y fuera de norma, con una amenaza para el status quo, y por ende como sujetas abyectas de las cuales corresponde mofarse.

Está bien documentada cómo la figura de “la bruja” se fue sustituyendo en la modernidad por la figura de “la loca”, para representar a las mujeres insumisas. De hecho, en el S.XIX y principios del XX, proliferaron “sanatorios” -más bien cárceles- que se llenaron de mujeres diagnosticadas con “histeria” a las que se les sometía a terribles tratamientos como forma de control social.

En la era victoriana, coincidente con el pico de los sanatorios y la histeria, los gatos gozaron de una luz más favorable, pues se consideraban mascotas adecuadas para las niñas y señoritas. La misma reina Victoria tenía gatos de angora, lo que contribuyó a que esta costumbre fuera adoptada por otras damas de las casas reales europeas, desatando el furor de las mujeres burguesas por los felinos.

Estudios recientes han descubierto que entre los felinos existe preferencia por las mujeres. Equipos de investigación de Viena, Japón, Turquía y Budapest han logrado establecer que, en términos generales, los gatos suelen mostrar inclinación por las mujeres y establecen relaciones más estrechas y recíprocas con sus tutoras. La razón tiene que ver con las capacidades de comunicación verbal y no verbal de las mujeres, y no tanto con el sexo en sí.

Según estos estudios, los gatos prefieren las voces agudas a las voces graves, pero sobre todo aprecian el contacto físico suave y el hecho de que sus gestos y señales corporales sean correctamente interpretados. Estas no son características exclusivamente femeninas, pero sí corresponden con cualidades de género adquiridas culturalmente por las mujeres.

A pesar de lo anterior, de acuerdo con el estudio de Mars “Global pet parent study”, que abarca 20 países y recaba más de 20 mil respuestas, hay más tutores que tutoras de gatos en el mundo (52/48). Pero ellos no son locos. Por el contrario, tener un gato hace que se les perciba como más empáticos y cariñosos, según otra encuesta de la misma empresa. No estamos, por tanto, ante un cambio civilizatorio ni ante el surgimiento del “loco de los gatos”. Así, las mujeres maduras, solteras y con felinos siguen abrazando el lema, antes usado para condenarlas: “Gatos y vino, será tu destino”. Suena bien.

*Mariana Espeleta y Concepción Sánchez Domínguez-Guilarte, académicas del Centro Universitario por la Dignidad y la Justicia del ITESO.

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