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Llega el Día de Muertos

El aire comienza a sentirse más frío y seco, y trae consigo un murmullo que anuncia la llegada del otoño. Con él nos adentramos en una de las épocas más simbólicas y entrañables del año en México.

Es maravilloso contemplar cómo las calles de nuestro país se visten de colores: el naranja del cempasúchil, cuyo aroma nos envuelve y parece guiarnos; los tonos cálidos de las naranjas y las mandarinas; el morado de la flor de terciopelo y el fucsia de los crisantemos. A esta extraordinaria paleta se suman los amarillos, verdes, azules, morados y rosas del papel picado que ondea sobre nuestras cabezas.

Se despliega así un universo de texturas, aromas, colores y sonidos que despierta nuestros sentidos. Percibimos el olor del camote, la calabaza en tacha y los cítricos; admiramos los banderines y las artesanías de Tonalá, siempre sorprendentes por su belleza; y escuchamos esa música que forma parte de nuestra identidad, desde La Llorona, en la voz inolvidable de Chavela Vargas, hasta las canciones infantiles como “Las Calaveras / Chumbala Cachumbala” o Recuérdame, la entrañable canción de la película Coco, de Disney y Pixar. Todo parece anunciar la llegada de una de nuestras celebraciones más extraordinarias: El Día de Muertos.

Esta festividad, de profundas raíces prehispánicas y enriquecida por la tradición cristiana, forma parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad reconocido por la UNESCO. Y no es para menos: México entero se transforma.

En la isla de Janitzio, en el lago de Pátzcuaro, Michoacán, la noche del 1 de noviembre adquiere un carácter profundamente espiritual, entre velas encendidas, tumbas adornadas con cempasúchil, ofrendas y cantos.

En la Ciudad de México, lugares como Mixquic, Xochimilco y el Centro Histórico se llenan de altares, aromas y colores. Por su parte, Aguascalientes celebra su tradicional Festival de Calaveras, en homenaje a José Guadalupe Posada, creador de la célebre Calavera Garbancera, antecedente de la Catrina.

En mi querido San Luis Potosí, la Huasteca celebra el Xantolo, una manifestación cultural inigualable en la que las familias levantan arcos de flores, adornan sus hogares y honran la memoria de sus difuntos con música, danzas y alimentos tradicionales, como el zacahuil, ese enorme tamal relleno de carne que se cocina durante horas y se comparte en comunidad.

Guadalajara tampoco se queda atrás. Desde hace algunos años, Calaverandia, en el Parque Ávila Camacho, ofrece una experiencia que bien podría describirse como el Disneyland del Día de Muertos, con espectáculos inmersivos, iluminación y pirotecnia.

A ello se suman los altares monumentales del Centro Histórico, las celebraciones de Día de Muertos en Tlaquepaque y los recorridos nocturnos por el Panteón de Belén. Vale la pena conocer y participar en estas expresiones culturales, porque disfrutarlas, valorarlas y transmitirlas también es una manera de contribuir a su preservación.

Día de Muertos

Aunque pueda parecer una invitación recurrente en estas fechas, hoy quiero animarlos a colocar su propio altar de muertos. No se necesita demasiado: basta con la intención de recordar y honrar a quienes amamos. Existen distintas formas de construirlo y, en algunas tradiciones, se organiza en tres niveles que simbolizan el cielo, la tierra y el purgatorio. En un lugar especial se coloca la fotografía de nuestro ser querido y, según las creencias familiares, una cruz.

El agua se ofrece para aliviar la sed de las almas después de su largo viaje, mientras que la sal simboliza la purificación. Las velas y veladoras iluminan el camino; el copal y el incienso purifican el ambiente, y el cempasúchil, con su intenso color y aroma, señala la ruta de regreso a casa.

El papel picado representa el viento y nos recuerda la fragilidad de la existencia. El pan de muerto, las calaveritas de azúcar y los dulces aportan ese carácter festivo tan propio de nuestra cultura.

Finalmente, se colocan los alimentos y las bebidas favoritas de quienes recordamos, porque pocas formas de expresar el amor son tan entrañables como recibir a alguien con aquello que más disfrutaba en vida.

Hace unos días reflexionaba sobre la diferencia entre costumbre y tradición. La costumbre es aquello que hacemos de manera habitual; la tradición, vinculada etimológicamente con el latín tradere, que significa «entregar» o «transmitir», es aquello que recibimos, preservamos y decidimos legar a las siguientes generaciones.

El Día de Muertos puede comenzar como una sencilla costumbre que recuperamos hoy, con los recursos que tenemos a nuestro alcance, y convertirse, con el paso del tiempo, en una tradición familiar que trascienda generaciones. Porque así es como perduran las cosas verdaderamente valiosas: cuando alguien decide mantenerlas vivas y compartirlas, como una abuela a su nieto, o una madre a su hijo.

Este año, como en los anteriores, colocaré mi altar. Y aquí surge uno de esos debates contemporáneos que acompañan la temporada: ¿altares minimalistas, de colores neutros y composiciones discretas, o altares maximalistas, desbordantes de color y detalles? Mi respuesta es clara: maximalistas. Me gustan llenos de colores, aromas, recuerdos, sentimientos y emociones.

Aunque, por supuesto, más allá de cualquier preferencia estética, lo verdaderamente importante es su significado. Porque un altar no es simplemente un elemento decorativo: es una expresión de amor, memoria y, para quienes compartimos la fe cristiana, también de esperanza en la vida eterna. Es una forma de recordar que la muerte no tiene la última palabra y que el vínculo con nuestros seres queridos permanece en aquello que somos, hacemos y transmitimos.

Quizá ahí radique una de las mayores riquezas del Día de Muertos: en nuestra extraordinaria capacidad de transformar la ausencia en presencia, la nostalgia en gratitud y el recuerdo en una celebración de la vida.

Vivamos, disfrutemos y hagamos nuestra esta tradición. Coloquemos una flor, encendamos una vela, compartamos una historia y pronunciemos nuevamente los nombres de quienes tanto amamos. Porque mientras su memoria permanezca entre nosotros, algo de ellos seguirá iluminando nuestro camino.

Para mí el realizar mi ofrenda o altar de muertos enciende ese rayo de luz en mi corazón, y sé que lo hará en los suyos. Gracias por acompañarme en este espacio de lectura. Sigamos contando historias.

Hasta la próxima.

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